#BringItOnChicago2014 – La historia de mi maratón

Esta es la historia de mi maratón.

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El origen

El año pasado, después de un entrenamiento dónde me sentí fuerte, rápida y, para qué les miento, invencible, corrí con mi mamá y le dije: “mamá, ¿y si el año que entra corro el maratón de Chicago?”. A lo que me respondió: “si te entrenas, te llevo”. Entre que a la señora cualquier excusa para viajar le parece válida y yo, que me cucan los retos y los desafíos, parecía que el plan sólo requeriría de una inscripción para ponerse en marcha.

Ahí les va un poco de contexto: corro desde hace tres años y comencé porque mi familia política constantemente me animaba a acompañarla en carreras. Yo odié correr la mayor parte de mi vida. De verdad. No permitía que ni mis primas, ni mis cuñadas, ni mis ganas de bajar de peso me arrastraran a trotar un kilómetro. Para mí correr era el símbolo de mi asfixia, mi debilidad, mi empujón al colapso, a sentirme fuera de control, pero creo que si hay algo que me disgusta más que poner a mi cuerpo bajo esos síntomas, es decir: no, porque no puedo o, no porque no sé. Así que, tras varias ocasiones en que me negué a registrarme a un 5 u 8K, comencé a sentir muchísima vergüenza, muchísima decepción y, de pronto, muchísimo coraje. Tenía que dejar de decirles que no. Así que al día siguiente me desperté, fui al gimnasio, me subí a la caminadora y troté. Troté durante 35 minutos; mis primas pasaban frente a la caminadora con los ojos confundidos: ¡quién te viera! Yo miraba el cronómetro y a mis piernas en el espejo: ¡quién me viera!

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Así comencé a correr, con ganas de probarles a todos que la próxima vez que me invitaran no sólo no iba a huir, sino que iría y lo haría bien.

No quiero abrumarlos con todos los retos y satisfacciones que este deporte me ha otorgado, pero sí considero importante que entiendan cómo fue que empecé a entregarme a la afición. De vuelta a mi prioridad, entonces, el maratón de Chicago.

La suerte

Tras conseguir la certeza de que si me dedicaba a entrenar mi madre iniciaría los trámites para que toda mi familia me apoyara en la cúspide de mi locura, investigué dónde, cómo y cuándo podría registrarme al maratón. Me topé con que este año se rifaría la entrada; Chicago es anfitrión de uno de los seis Marathon Majorso sea, uno de los seis maratones más importantes del mundo (junto con Tokio, Berlín, Londres, Boston y Nueva York) y, por lo mismo, uno de los más cotizados. Según datos oficiales, ¡este maratón tiene capacidad para 45 mil corredores!

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Me inscribí el 19 de marzo y recibiría confirmación del sorteo hasta el 14 de abril, sin embargo, el 28 de marzo, día de mi cumpleaños, mis padres me sorprendieron con la noticia de que mi regalo era el viaje para ir a competir. ¡Aún no tenía número y ya tenía vuelos y hotel! Gracias a la vida, el 14 de abril recibí un correo que confirmaba mi selección: ya no me podía rajar.

No son 42.195 km; son 1,034 + 42.195 km

Mi equipo

Mi equipo

Entreno con el equipo del Club Atlas Colomos y la mayoría de mis compañeros también comenzaban su preparación para correr otros maratones. Así pues, aunque los entrenamientos no eran los mismos, mi coach, Gabriel Silva (que también iría a Chicago), logró compaginar la mayoría de las rutinas y distancias.

Correr un maratón no significa amanecer inspirada un día y salir a correr durante cuatro horas seguidas. No, correr un maratón es un deporte extremo; entrenas durante 20 semanas para construir un cuerpo nuevo: uno con pantorrillas que aguanten repeticiones de cuestas cardiacas, con rodillas que te empujen durante metros y metros y metros de escaleras, con tobillos incansables ante los trotes diarios, con pies que se enamoren del concreto y de los charcos, con columna que soporte distancias insólitas, con cabeza resistente a las sábanas calientitas, al ácido láctico, a las fiestas en viernes, a las ganas de rendirte; y con un corazón siempre alerta, que vigile las ganas, el sueño y la pasión.

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Yo quise llevar un registro de mi proceso, de mis logros y mis frustraciones, de las vistas que cada semana este deporte me dio la oportunidad de disfrutar. Así, inicié en mi Instagram un hashtag, #BringItOnChicago2014, para compartir cada semana una foto y un resumen de mis entrenamientos y distancias. Sumé 25 fotografías a lo largo del proceso (en realidad fueron muchas más, pero sólo trepé 25 a la red), una mínima por semana, en otras ocasiones más. Recuerdo cada distancia y cada semana por diferentes motivos: la primera semana porque corrí el desafiante medio maratón del Club Privado San Javier; las semanas 2 a 4 porque bufé en cuestas y escaleras hasta llegar a soñarlas; la semana 5 porque me enfermé de una gripa que me impidió correr mi distancia y me hizo darme cuenta de que al inicio el cuerpo se debilita ante tanta carga de trabajo; la semana 6 porque corrí mis primeros 25 km, que además fueron en La Primavera y me hicieron sentir agotamiento, desesperación e inseguridad de mis capacidades; la semana 9 porque descubrí que mi cuerpo estaba cambiando y no de la forma en que yo había planeado, pesaba más que nunca y mis pantorrillas eran mucho más grandes; la semana 10 porque a pesar de haber trabajado un día antes hasta las 2:20 de la mañana, me desperté a las 5:50 am y mantuve mi ritmo durante 25 km bajo una lluvia pesada y unos relámpagos furiosos, y me levanté para terminar el entrenamiento después de azotar, con mucho dolor y la rodilla morada, contra el pavimento en el kilómetro 23.

Semana 13

Semana 13

En la semana 13 corrí la máxima prueba antes del maratón: 35 kilómetros. Me tocó enfrentarme a la distancia en una ruta complicada, con subidas empinadas y pendientes prolongadas. Llegué perfecta hasta el kilómetro 30, cuando la cabeza comenzó a gritarme que me detuviera, que ya había sido suficiente, que cortara el camino y regresara al club. Pero no me detuve, y con el apoyo de mi equipo concluí la distancia con las piernas temblorosas, pero con el corazón y los ojos hinchados y llenos de lágrimas. Ya estaba del otro lado. La idea es que si corres 35 kilómetros, los últimos siete, el día del maratón, te saldrán del alma. Mi equipo me abrazó, me felicitó, me hicieron sentir que estaba lista para graduarme.

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La semana 15 corrí el Medio Maratón Atlas Colomos y rompí mi marca personal en esta distancia gracias a que un amigo me jaló durante toda la carrera. Sentí alegría, seguridad, lista para el evento que cada día se acercaba más. Las semanas 16 y 17 fueron complicadas para mí. En mi última gran distancia, 30 km, tuve un bloqueo: sentí náusea, fatiga, sufrí desde el kilómetro 16. Terminé el reto con mucho desanimo, caminando y trotando y volviendo a caminar. Mi profe me acompañó todo el trayecto y en el kilómetro 25 me preguntó: ¿cómo te sientes? Y respondí: ¡harta! ¡De la chingada! ¡Me urge terminar, ya no quiero correr! Gracias a sus ánimos llegué al club, done la mayoría de mis compañeros ya estiraban; me recibieron y aseguraron que sólo había sido un mal día, que no tenía nada que ver con mi fuerza o capacidad. Sin embargo, en cuanto se fueron y me sentí segura de que nadie me veía le llamé a Ren y lloré y lloré y lloré.

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Traje los ánimos apachurrados y una sensación de derrota hasta ocho días antes del maratón. En mi último entrenamiento de distancia volví a sentirme fuerte, volví a sentirme satisfecha, volví a disfrutar la corrida. Era la última, la despedida, sólo me quedaba una semana más. A escasos días de salir a completar la hazaña me percataba de que quedaban 20 semanas de entrenamiento y más de 1,034 kilómetros detrás de mí. ¡Es una locura! Entrenamos más de mil kilómetros para lograr correr 42.195 de un tirón.

Correr no es un deporte solitario

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Pero no corremos solos. Se tiene la creencia de que correr es un deporte solitario, pero a lo largo de los últimos años, y sobre todo después de estas 20 semanas de trabajo duro, me doy cuenta de que es todo lo contrario. Sí, los retos son los que tú te impones. Sí, no compites contra alguien más. Sí, entras en estados reflexivos. Pero aun cuando sales a trotar solo vas acompañado de tu equipo, de tu entrenador, de todas las miles y miles de personas que salen a correr a diario, de tu familia, de tus amigos, de tu novio, de tu esposa, de todos aquellos involucrados en tu crecimiento y en tu vida ajena al maratón. Cuando corres bien te urge encontrar a otro corredor que comparta tu felicidad. Cuando corres mal tu equipo te levanta. Además, la gente a tu alrededor también se ve afectada: les cuentas tus rutinas, les explicas tus ritmos promedios y metas, te acompañan a los viajes, se levantan temprano para echarte porras en las carreras, se aguantan tus llantos cuando sientes que no puedes más.

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Durante mi entrenamiento para el maratón comprendí que nunca corro sola. Que siempre tengo un equipo, que ya también es mi familia, que siempre me cuidará la espalda y me acompañará en los retos, me levantará cuando me tropiece con alcantarillas y necesitará mi aliento así como yo necesito del suyo. Caí en la cuenta de que a pesar de que dejaría a mi grupo en Guadalajara, correría en Chicago siempre muy cuidada y acompañada por ellos.

El maratón

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La semana previa al maratón sentí todas las lesiones, dolores y angustias posibles. Me ardía la garganta, tenía los cuádriceps tiesos, los tendones de los pies no me dejaban caminar. Y a pesar de que mis padres y mi hermana, René y todos mis compañeros del club me dijeron que estaba loca, hubo un día en que hasta se me ocurrió que me estaba enfermando de salmonella. La neta es que me calmé hasta que aterricé en Chicago (viajé a la ciudad de los vientos con mis padres, mi hermana y Ren). Ver la ciudad llena de corredores trotando desde días antes en playeras con insignias de sus respectivos países, ir a la expo a recoger mi número, ver a los turistas con los tenis puestos, todo se volvía real en la ciudad de mi debut. Un día antes caminé poco y cené mucho, como es debido. En la noche ajusté mi número a la playera, alisté mis cosas y me fui a dormir.

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El 12 de octubre me recibió a las 6:00 am, el canal del clima pronosticaba 10 ºC y sol durante todo el recorrido. Y así fue. Caminé con mi familia hasta la entrada a los corrales, tomamos fotos, me despedí de ellos y entré en el G sin más reparo, todavía tenía que estirar. No fue hasta ese momento, que comencé mis ejercicios de calentamiento y me sentí rodeada de corredores con la misma meta que yo, que mi cuerpo se calmó. Dejé de sentir la punzada en la rodilla, resolví que ya no me ardía la garganta, ¡hasta el frío se me quitó! Miré al cielo y advertí que las lágrimas luchaban por llegar a mis ojos. Respiré muy hondo y encontré la determinación que me faltaba para salir a conquistar el maratón: disfrutarlo y ser feliz; ésta era mi fiesta, mi premio por tantos kilómetros de disciplina y dedicación.

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Sonreí los 42.195 kilómetros, no les miento. Nunca sentí dolor, ni agotamiento, ni choqué contra “la pared”, ni quise rendirme, ni me importó que había olvidado cambiar de millas a kilómetros mi Garmin y que después se le acabó la pila; por el contrario, supe mantener mi ritmo, no acelerarme, me di chance de celebrar. Gocé cada una de mis zancadas, cada encuentro con paisanos runners, cada momento de realización de que ya llevaba cinco, ya llevaba 10, ya llevaba 21, 30, 35, 40 y sólo faltaban 195 metros más para concluir el maratón. Mi familia -mi porra personal- me siguió a lo largo del recorrido y me gritaban mientras levantaban carteles de colores de “¡Vamos, Mony!” y agitaba un cencerro. Además, viví lo que muchos conocidos me había prometido: el ambiente. Si había 45 mil corredores, ¡imagínense la cantidad de personas animando! A lo largo del recorrido pude escuchar grupos de oldies, batucada, banda, coros de góspel, ¡en el barrio mexicano hasta la banda sacaron!

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Maratonista

Pocas veces he sentido la felicidad, la satisfacción que me dio ver “FINISH” a lo lejos y entregarme al último sprint para cruzar la meta. Con decirles que ni llorar pude. Me dejé abrazar por extraños que me envolvían en plásticos rompevientos, me dejé tomar fotos que sabía que, por caras, no iba a comprar; sonreí -y sigo sonriendo- a todos, pero sobre todo a mí misma. ¡Cómo había dudado tanto de mi capacidad! Completé mi maratón entera, alegre, sin perder control de mi cuerpo ¡y con un tiempo menos a cuatro horas!

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Una semana después, que me siento, todavía con las piernas molidas, y escribo mi experiencia, revivo las cuatro horas de fiesta, el momento en que crucé la meta, la milla que caminé para reencontrarme con mi familia, los abrazos y besos que me dieron y no puedo evitar llorar. Mi cuerpo, que tantas inseguridades y flaquezas me ha dado; mi cabeza, que tantas veces he cuestionado; ¡me convirtieron en maratonista! Ahora entiendo que desde que comencé a correr no buscaba probarme ante los demás, buscaba una reconciliación conmigo, hacer las paces, encontrar algo que no me hiciera ver bien, sino me hiciera sentir bien. ¡Ya corrí mi primer maratón! Y sí, escribo primero porque nunca quiero dejar de sentirme así: en paz, satisfecha, lista para enfrentar cualquier otro reto, cualquier conflicto o dificultad. Y además, con muchas ganas de compartir mi alegría, de contagiarla y de invitarlos a todos a que encuentren algo  que les pueda brindar lo que correr me ha regalado.

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17 thoughts on “#BringItOnChicago2014 – La historia de mi maratón

  1. ¡Mony! Primero que nada quiero felicitarte por tan grande logro, porque eso es, un logro GRANDE. Grande como tú y como tus ganas de hacer de esto una realidad, de llevarlo de una idea a un hecho, y de un hecho a un sueño de muchos más por cumplir. No pude evitar que la voz se me entrecortara mientras compartía tu historia con mi hermana, ni que mis ojos se llenaran de lagrimas (de alegría, eh). Siempre es inspirador conocer gente triunfadora y que impulsa a los demás a ser mejores seres humanos. Eso has hecho en mi, y te lo agradezco enormemente.
    Te lo he dicho antes, tienes una luz muy especial.
    Sigue brillando, Mony.
    Un fuerte abrazo.

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    • Alex, ¡me haces llorar! De por sí estoy sensible, jaja… Qué bonito tu comentario y qué bonito que compartas mi experiencia. Nada me hace más feliz que lo que yo vivo y cuento sirva a los demás. Yo soy una persona que se aburre con facilidad, y cuando me aburro me siento inútil. Y cuando me siento inútil me entristezco. Así que necesito retos para mantenerme motivada y feliz… Y sobre la luz, pues qué bueno que tú la ves, para que me digas que existe cuando sólo vea oscuridad. Un abrazo.

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  2. Que increible narración! A pesar de que yo estuve contigo (de lejos o de cerca) durante el viaje, siento como si lo hubiera revivido y me llena de mucha alegría y mucho orgullo! Siempre supe que podrías, eres lo más tenaz que hay! Te amo!

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  3. Fue un placer trabajar contigo, eres una niña muy disciplinada que motiva a dar mas de uno como entrenador, tu atinadamente lo comentas, entrenaste con un gran grupo de amigos corredores, una gran familia rojinegra, gracias por permitirme ser tu guía en estas 20 semanas.

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  4. Me encantó leer cada palabra!! Tus frases serán mis notas de despertador para aventar las sábanas y empezar mi día con un reto que me quite el sueño. Muchas felicidades y sigue inspirando con ejemplo, palabras y fotos !!!

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  5. Felicidades maratónista! Ya lo hiciste y como siempre lo hiciste muy bien! Muy orgullosa de ti me siento!
    Me encantó como siempre tu entrada al blog, narraste cada paso que diste, cada emoción que sentiste, me hiciste vibrar, ponerme chinita de emoción y hasta llorar. Estoy segura de qué muchos que lo leyeron hasta se van a animar a correr.
    Un besote!

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  6. Pingback: Recuentos del 2014 y propósitos para el 2015 | Ojos Mexicanos

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