Los Laureles: lonches de pastor, taquitos de cochinita y mulitas llenas de crema

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A veces, entre tantas nuevas propuestas gastronómicas, se me olvida platicarles sobre los lugares que desde hace años y años se han ganado mi corazón. Y no hablo de restaurantes de alcurnia que siempre continúan vigentes, sino de los restaurantes que con comida casera o sencilla, pero increíblemente deliciosa, se han convertido en mis consentidos.

Y Los Laureles es el ejemplo perfecto. Con su establecimiento sencillo (¡aunque están pasando por un favorable cambio de imagen!) y su menú a base de antojitos, taquitos y demás inventos deliciosos con pastor como ingrediente fundamental, Los Laureles se ha ganado el corazón de los tapatíos desde 1973.

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Para mí, Los Laureles nunca falla, y me es tan sabroso que ni me dilato tomando fotos, voy directito a los totopos con salsa de guacamole y robo tiras de zanahoria del plato con ensalada de col. Además, hay algo sobre Los Laureles que siempre logra hacerme sentir en casa, y no en mi casa actual, sino en mi casa como de hace 15 años, cuando yo tenía nueve y me gustaba jugar a los encantados y al turista. No sé si será el piso, o si será que siempre me recibe el mismo amable mesero, o que cada vez que visito hay un mantel con una aguja, un cepillo, un anillo y un champiñón queriendo ser encontrados y coloreados.

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Aunque siempre reviso el menú, mi decisión está hecha desde que me entero que comeremos ahí: un lonche de pastor con queso, al cual le agrego mucha ensalada de zanahoria y col, salsa de guacamole y salsa picosita roja. ¡Un manjar mexicano irrepetible! Como el pan del lonche no es demasiado grande, generalmente me queda espacio para comer un antojito más, y es ahí donde, de día a día, podrá variar mi elección. ¿Qué recomiendo? Los pingüinitos: seis sopesitos -chiquititos, también conocidos como aspirinitas- surtidos (pastor, cochinita y frijolitos), perfecto para compartir como entraditas.

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Sin son amantes de la cochinita, no pueden perderse los panuchos: típicos de Yucatán, la tortilla va refrita y rellena de frijoles, arriba la carne y el complemento que prefieras, yo sugiero cebollita morada con gotas de habanero, ¡uff! De estos también pueden pedir la orden o sólo la pieza, dependiendo de su apetito y el de sus acompañantes.

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Y si el huequito que les queda después de su lonche (que también hay de asada, bisteck, bajada, mixtos) es mucho más amplio, ¡no duden en pedir la mulita! La Mulita es una tortilla de maíz que encima lleva carne al pastor y queso, luego se tapa con otra tortilla de maíz, y como corona: una montaña de frijoles y crema fresca, además de la salsa de su elección, ¡riquísima y bastante llenadora!

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Finalmente, siempre están los taquitos que son seguros. Aprovechen que en Los Laureles los hay de cochinita pibil, que luego no suelen encontrarse comúnmente en taquerías. Lo de asada, de pollo, bisteck y pastor también son de ley. Y todo acompañado de un agua de horchata o de una cervecita bien fría, ¡mucho mejor!

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¿Y de postre? ¡Qué tal una tradicional jericalla! O una paleta de hielo. Así que ya saben. Si aún no saben a dónde ir a comer o cenar este fin de semana -o cualquier día, en ese caso- no duden en ir a Los Laureles, no los decepcionará.

Domicilio:
Av. México 2605

Horario:
Lunes a domingo: 13:00 a 23 horas

Te extrañamos, Max

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El sábado pasado (27 de febrero) mi familia y yo perdimos a un miembro irremplazable. Hace casi 15 años había llegado a nuestras vidas para regalarnos un cariño, una alegría y una ternura que pocas veces habíamos experimentado y que siempre agradeceremos y recordaremos con el corazón.

Desde su muerte, la casa permanece en un silencio solemne que sólo se interrumpe para preguntarnos: “¿qué tal tu día?”, “¿qué vamos a comer?”, “¿recuerdan cuando se atoró en las aspas de la bicicleta?”, “¿les parece si ponemos una maceta de pensamientos sobre su cuerpo?”, “¿qué tal el trabajo?”, y, “¿cómo van?”.

Cada quien lleva su luto y pena de manera distinta. Mi papá, él hace chistes extraños, inicia conversaciones triviales, se mantiene frío y doctoral. Mi mamá, mi mamá lloró confundida al inicio, hizo muchas preguntas, buscó entender cómo cuando nos fuimos de viaje lo dejamos tan bien, y cuando llegamos lo encontramos tan mal. Ya con unos días de por medio, el agravio de mi madre se ha traducido en un impulso natural por sacudirnos la tristeza, que a veces podría confundirse con un regaño o una frustración. Mi hermana está devastada: después de dos días por fin se quitó la piyama y se levantó de la cama, pero aún no logra terminar una comida sin romper en llanto, sin mencionarlo con voz achicharrada, sin voltear a ver el plato y encontrar sus besos y travesuras en lugar de sus chayotes. ¿Y yo? Yo poco puedo hablar del tema sin que mis ojos se conviertan en las cubetas de agua tibia con las que solíamos bañarlo, o en los charcos que, en un día de junio, le quitaron el calor.

Perder a Max no ha sido cosa ligera. Nos pesa cada que entramos a la casa y no nos recibe con llantos alegres. Nos duele cuando subimos a descansar y no dormita -siempre con la cabeza colgando de su cojín- con nosotros. Nos golpea cuando llega el domingo y no corre hacia la puerta a la expectativa de su paseo a desayunar. Su partida nos atraganta cuando nos topamos con su collar o su suéter espacial recién comprado, cuando descubrimos fotos viejas o lo escuchamos en videos, ¿y yo?, yo he puesto una pausa indefinida a mi costumbre de salir a la terraza, buscarlo, abrazarlo y acostarme con él en el sol después de comer.

Que sepa todo el mundo que lo amamos con locura y que, aunque la tristeza nos rodea por ratos, siempre lo añoraremos con un amor fiel y una alegría infinita, pues él nos enseñó a entregar un cariño incondicional, a despejar los rencores aún después de las llamadas de atención, y a valorar a cada parte de nuestra familia, sin importar su tamaño, su edad o su raza. ¡Gracias por todo, Maxi! ¡Te vamos a extrañar!

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