Te extrañamos, Max

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El sábado pasado (27 de febrero) mi familia y yo perdimos a un miembro irremplazable. Hace casi 15 años había llegado a nuestras vidas para regalarnos un cariño, una alegría y una ternura que pocas veces habíamos experimentado y que siempre agradeceremos y recordaremos con el corazón.

Desde su muerte, la casa permanece en un silencio solemne que sólo se interrumpe para preguntarnos: “¿qué tal tu día?”, “¿qué vamos a comer?”, “¿recuerdan cuando se atoró en las aspas de la bicicleta?”, “¿les parece si ponemos una maceta de pensamientos sobre su cuerpo?”, “¿qué tal el trabajo?”, y, “¿cómo van?”.

Cada quien lleva su luto y pena de manera distinta. Mi papá, él hace chistes extraños, inicia conversaciones triviales, se mantiene frío y doctoral. Mi mamá, mi mamá lloró confundida al inicio, hizo muchas preguntas, buscó entender cómo cuando nos fuimos de viaje lo dejamos tan bien, y cuando llegamos lo encontramos tan mal. Ya con unos días de por medio, el agravio de mi madre se ha traducido en un impulso natural por sacudirnos la tristeza, que a veces podría confundirse con un regaño o una frustración. Mi hermana está devastada: después de dos días por fin se quitó la piyama y se levantó de la cama, pero aún no logra terminar una comida sin romper en llanto, sin mencionarlo con voz achicharrada, sin voltear a ver el plato y encontrar sus besos y travesuras en lugar de sus chayotes. ¿Y yo? Yo poco puedo hablar del tema sin que mis ojos se conviertan en las cubetas de agua tibia con las que solíamos bañarlo, o en los charcos que, en un día de junio, le quitaron el calor.

Perder a Max no ha sido cosa ligera. Nos pesa cada que entramos a la casa y no nos recibe con llantos alegres. Nos duele cuando subimos a descansar y no dormita -siempre con la cabeza colgando de su cojín- con nosotros. Nos golpea cuando llega el domingo y no corre hacia la puerta a la expectativa de su paseo a desayunar. Su partida nos atraganta cuando nos topamos con su collar o su suéter espacial recién comprado, cuando descubrimos fotos viejas o lo escuchamos en videos, ¿y yo?, yo he puesto una pausa indefinida a mi costumbre de salir a la terraza, buscarlo, abrazarlo y acostarme con él en el sol después de comer.

Que sepa todo el mundo que lo amamos con locura y que, aunque la tristeza nos rodea por ratos, siempre lo añoraremos con un amor fiel y una alegría infinita, pues él nos enseñó a entregar un cariño incondicional, a despejar los rencores aún después de las llamadas de atención, y a valorar a cada parte de nuestra familia, sin importar su tamaño, su edad o su raza. ¡Gracias por todo, Maxi! ¡Te vamos a extrañar!

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