Medellín – símbolo de transformación e innovación

Tenía ganas de visitar Medellín desde que en la universidad me enseñaron sobre el gobierno de Sergio Fajardo y sus campañas de educación. En un país infestado de drogas, violencia y dolor, una transformación desde la raíz y la cultura suplicaba urgencia. Tuve la oportunidad de escuchar al ex alcalde de Medellín y, posteriormente, ex gobernador de Antioquia, en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara en 2010, y su creencia de “lo más bello para los más pobres” me cautivó.

Así que llegué a Medellín con mucha expectativa e ilusión. Una parte de mí no sólo admira su transformación de capital de narcotráfico a ciudad de innovación y crecimiento por ser un ejemplo de superación, sino por ser un ejemplo que ojalá México pueda seguir y hasta mejorar.

Aterrizamos de noche y la ciudad nos recibió centellando desde el fondo del valle que la acoge. El camino del aeropuerto a la masa urbana te envuelve en sus curvas y te da tiempo para absorber su paisaje arbolado, su gente tomando aguardiente en los miradores, la calidez de las palabras del taxista orgulloso de su tierra y listo para presumírtela.

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Así con esa placidez, con ese gozo y con esa expectativa transcurrió nuestra estancia en Medellín y sus alrededores. Y tal como lo hice en la entrada anterior, hoy les quiero contar mis siete experiencias favoritas para que se emocionen y se animen a conocer.

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1. Su gente – Los “paisas”, como les dicen a los habitantes del noroeste de Colombia, y sobre todo al pueblo antioqueño, se caracterizan por su genuina amabilidad. Solidarios, agradables y con un sentido de orgullo y pertenencia que da envidia, los habitantes de Medellín te reciben con sonrisas, anécdotas y consejos sobre cómo moverte por su tierra y dónde comer mejor. Si vas en el metro, por ejemplo, y te encuentras inseguro sobre qué parada te deja más cerca de la Plaza Botero, no dudes en preguntarle a otro viajante. Es más, sin duda más de uno escuchará y tendrás en segundos a dos o tres paisas queriéndote ayudar. Confía, la ciudad es segura, y la sencillez de su gente to lo confirmará.

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Tradicional Bandeja Paisa

2. Plaza Botero y Museo de Antioquia – Nuestro primer día en la segunda ciudad más grande de Colombia lo dedicamos a recorrer sus sitios más turísticos e históricos. Iniciamos con la Plaza Botero y el Museo de Antioquia. La Plaza es la antesala de lo que te espera en el recinto: una arbolada donde habitan las gigantes y redondas figuras del artista mundialmente afamado y puños de vendedores que ofrecen Bon Ice y sombreros típicos. Recorrer la plaza y admirar a Adán y a Eva, al Hombre a Caballo y a La Mujer Reclinada, al Gato y a La Mano (pachona), permite descubrir no sólo la sensualidad de las curvas, sino los demás edificios que comparten la plaza con el museo, como el Palacio de la Cultura Rafael Uribe.

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Vale muchísimo la pena entrar al Museo de Antioquia. El mismo Fernando Botero ha contribuido a su valor, pues ha donado las suficientes (¡muchísimas!) piezas para poblar la Sala Internacional y la sala que lleva su mismo nombre. Bosquejos, ilustraciones, dibujos, pinturas, esculturas, tanto material te permite apreciar la evolución de Botero y su arte, que no sólo se trata de gente “gorda”.

3. San Javier – Comuna 13 – Ir a la Comuna 13 sin duda fue una de mis partes favoritas de nuestro viaje. Aquí late la transformación de Medellín, su recuperación del espacio público y su esfuerzo por acercar a la gente de las orillas, a los más marginados, a la cultura, a la educación y al movimiento de la ciudad. Hace un par de años, esta Comuna clavada en la montaña, albergaba el ambiente más violento de la ciudad. De hecho, en 2011, la revista Insight Crime escribió que con la banda criminal Los Urabeños siempre cerca del territorio controlado por la mafia, no había señal de paz en el horizonte:

“Comuna 13 is the most violent neighborhood in the embattled city of Medellin. And with the powerful Urabeños criminal gang edging in on territory long controlled by the city’s feared mafia, there is little sign of peace on the horizon”.

¡En 2011! Esto quiere decir que en menos de una década este barrio ha pasado de 243 muertos (en 2010) a casi ninguno en 2016 (según el guía que nos explicó). Y todo se debe a las ganas de ganar paz y, a la construcción de los seis pisos de escaleras eléctricas que permiten una conexión antes imposible con el centro de la urbe. Estas escaleras han sido merecedoras de análisis y estudios, de planes para réplicas en países como Brasil y, más importante, de motivo de orgullo y catalizador de la paz para la población de la Comuna. Las escaleras viven como ejemplo de cómo un medio de transporte público puede unir clases y fomentar la paz.

Para llegar a la Comuna 13, Ren y yo tomamos el Metro hasta San Javier. De ahí tomamos un camión (autobús) que nos llevó hasta arriba de los seis pisos de escaleras. Desde que vas en el bus comienzas a tomar conciencia de lo que te rodea: cesan los edificios de ladrillo y comienzan los techos de lámina, terminan los Lexus e inician los coches despintados con más de 15 años. Pero de la misma manera, cuando llegas hasta arriba, dejas de ver paredes con anuncios de la mejor masa para arepas y se despliegan, con toda su honra, los murales de pavoreales, mujeres mulatas y niños abrazados. ¡La experiencia es increíble! Llegar a la cima y encontrarte con un guía que con emoción te platique la transformación que él mismo vivió; bajar cada piso de escaleras entendiendo su papel en su metamorfosis; admirar el arte urbano que cuenta la historia del barrio y su gente y su evolución. ¡Realmente lo recomiendo! Y sí, seguramente no es lo más turístico de la ciudad, y sí, quizá a mucha gente le seguirá dando miedo, pero no se engañen, porque la Comuna sí provoca una reflexión profunda y abre los ojos a una Medellín transcendente y pacífica.

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3. Guatapé – A dos horas al este de Medellín, late un pueblo que probablemente necesitaría su propia entrada en mi blog. Guatapé, su hermosa laguna, su famosa piedra del Peñol y sus zócalos vibrantes invitan a cualquier residente o turista a una visita. Teníamos la opción de pedirle a un taxi que nos llevara y nos guiara todo el día por la zona o la de contratar un tour. Por ser dos personas nos salía mejor (más económico y además estaba también muy recomendado) tomar el tour, y eso hicimos. Nos recogieron a las 7:30 en el punto de encuentro (el Parque Lleras). En una van con otras siete u ocho personas nos dirigimos a la primera parada: un desayunador en la carretera donde probamos las arepas con quesito fresco y chocolate caliente en agua. Rico, pero no muy sustancioso, recomiendo llevar unas manzanas para el resto del recorrido.

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Te demoras dos horas en llegar a Guatapé, pero se alarga la ida porque vas parando en otros dos pueblitos turísticos: Marinilla (en lo personal no me impresionó, pero igual ya fui y ya le puse palomita) y en El Peñol (un pueblo que fue construido para reubicar a la gente que vivía en lo que ahora contiene la presa de Guatapé). Este segundo pueblo vale más la pena, porque además ahí cerca hay una réplica del antiguo pueblo del Peñol y así puedes comparar dónde vivían antes (un lugar con una iglesia muy bonita y una plaza preciosa) y dónde viven ahora (el nuevo pueblo es mucho más gris, y su iglesia está construida de material de albañilería buscando imitar la gran piedra de El Peñol… o sea, no tan lindo).

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Réplica del viejo pueblo El Peñol

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Finalmente te transportan a la famosa Piedra del Peñol, ¡una formación monolítica de más de 2 mil metros de altura! Ahí tienes la opción de quedarte abajo y curiosear o subir los 740 escalones que concluyen en un mirador. ¡Sin duda la mejor opción es subir y sólo te toma unos 15 minutos! ¡La vista es espectacular! Y, por lo menos para mí, muy diferente a lo que acostumbro ver (siempre he visto lagunas inmensas y sin interrupciones de brazos y ramas de tierra, que es lo que aquí se puede admirar).

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Una vez que hayas inhalado y saboreado todo el paisaje (y obvio tomado miles de fotos), desciendes por otro set de escaleras y emprendes el camino ahora sí al pueblo de zócalos, Guatapé. En el camino hicimos aún otra parada a comer el pescado frito tradicional de la zona y a subirnos a un tipo ferry que nos dio un recorrido panorámico por la laguna.

El pequeño pueblo tiene un encanto muy particular: todas las calles y todas sus fachadas se adornan de zócalos que representan a la familia que habita la casa, a la comunidad, o a las tradiciones de todo el pueblo. Es bonito caminar y observar los diferentes diseños y combinaciones, llegar a la Plazoleta de los Zócalos y tomarte un espresso en Café La Viña mientras absorbes tanto color, tantas figuras, el pescado plateado montado en un pedestal.

4. Carmen – Si después de mucho caminar y recorrer las calles de Medellín o sus pueblos tienen antojo de una cena ES PEC TA CU LAR, ¡vayan a Carmen! Ren y yo degustamos ahí la mejor comida del viaje: un tiradito con cítricos, hueva de pescado y aceite de chiles, y unos sandwichitos de cerdo estilo koreano como entradas. Langosta con noodles al curry picante y lechón laqueado en hoisín, como segundos. Y copas de cabernet y merlot para redondear una noche fantástica. Eso sí, ¡reserven!, porque se llena.

5. Parque Arví – En las alturas de Medellín, después de un bonito paseo en Metrocable, arribas al Parque Ecoturístico Arví. Una zona montañosa, protegida y perfecta para escapar un rato del bullicio de la ciudad. Si tienen tiempo en sus itinerarios, vale la pena darse la vuelta y tomar un tour de caminata para que te expliquen sobre la flora, la fauna, y los proyectos de conservación que ahí se trabajan. Además, tienen un mercadito donde venden productos orgánicos y caseros, y siempre es interesante ver y probar.

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6. Metrocable y Metro – ¿Cómo va a ser que el Metro está enlistada como una atracción turística? Bueno, si eres como yo, y te interesan las campañas de educación y cultura de una sociedad, poner atención cuando viajes en el Metro te va a encantar. Seguramente en su visita a Medellín usarán el Sistema Metro más de una vez para transportarse. Y para hacer su trayecto interesante basta con escuchar la voz que te recuerda las paradas y los comportamientos dignos de “Nuestra cultura Metro”. La voz no sólo se limita a decir: “Parque Berrío”, sino que dice: “Parque Berrío. Estación cercana con Plaza Botero, Palacio de la Cultura”, etc. Otro ejemplo. La voz no sólo se limita a decir: “No empujes y cuida tus cosas”, la voz dice: “Sabemos que estás cansado de trabajar durante el día y quieres llegar a tu destino, pero por favor respeta y no empujes…” ¡Qué importantes diferencias! El Metro une, el Metro educa, el Metro crea comunidad. Además, en las estaciones hay puntos de préstamos de libros gratuitos, exhibiciones de arte, entre otros proyectos que fomentan la cultura.

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7. Parque Lleras – El mejor lugar para tomar unas copas (y hospedarte) es en El Poblado, la zona que circunda al Parque Lleras. Con una vida nocturna enérgica y la mayor variedad de bares y restaurantes, esta es la opción para una noche de fiesta o una cenita romántica. Por eso también sugiero hospedarse en esta zona, pues todas las noches podrás comer o bailar a un ritmo distinto.

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Zona natural en El Poblado

Sé que este post es un poco más largo de lo usual, pero es que Medellín cumplió y superó mis expectativas y quiero invitarlos a que también ustedes se dejen sorprender por esta hermosa y valiente ciudad, por su gente, por sus paisajes, por su transformación. Hay mucho más que hacer que lo que yo aquí sugiero, como ir al Museo de Arte Moderno de Medellín, pasear por el Jardín Botánico, comer una típica Bandeja Paisa y bobear y comprar en todas las tiendas que ofrecen lo último del diseño y la moda en Colombia. Espero les sirva esta guía que yo les armé, ¡espero sus comentarios y disfruten!

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En el Museo de Arte Moderno de Medellín

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¡10 tips para enamorarte de Cartagena!

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No sé si mi Instagram me habrá delatado, pero me enamoré de Cartagena. Y es que ya había escuchado hablar de ella, pero los relatos, ¡las fotos!, nada le hace justicia. Artemisa, mi gran y talentosa, amiga viajó para Expo Moda en Colombia con el fantástico equipo de Gabriela Sánchez y cuando regresó a Guadalajara parecía que no tenía ojos ni cabeza para ningún otro lugar que Cartagena de Indias y su ciudad amurallada.

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Artemisa feliz en Cartagena

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Así comenzó el cosquilleo, las ganas de verla, de hacer que explotaran todos sus colores. Y cuando decidimos Ren y yo que no mudábamos para Panamá, empezamos a buscar vuelos para algún lugar que ayudara a festejar que por fin volvíamos a tomar un rumbo. Para nuestra sorpresa y fortuna, volar a Medellín sale muy barato, y de Medellín a Cartagena, ¡mucho más! Así que nos fuimos, y a pesar de que nuestro viaje inició en la gran ciudad innovadora, mi amor por Cartagena es tal que he decidido comenzar por aquí.

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Cartagena de Indias se ubica en la costa norte de Colombia, en el Departamento de Bolívar; y, buenas noticias: es zona caribeña. Y aunque es la quinta zona urbana más grande del país, yo voy a concentrarme en el Centro Histórico, la Ciudad Amurallada. Así que sin más, les dejo un listado de mis nueve actividades favoritas (y que obvio recomiendo a cualquier futuro viajero) en este hermosísimo lugar.

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1. Hospédense adentro de la Ciudad Amurallada – Nosotros llegamos de noche y tomamos un taxi para llegar al Hotel Boutique Casa de Los Reyes, en el área de San Diego. Por haber llegado el 26 de septiembre, día de la firma del Plebiscito de Paz con las FARC, el chofer no pudo accesar al Centro Histórico y tuvo que dejarnos medianamente cerca de nuestro destino (aunque debo advertir que en general hay zonas de la Ciudad Amurallada que son de ingreso complicado para los taxistas). Pero no importó, porque con sus paredes de piedra ya iluminadas y sus edificios coloniales esperando llenos de porte, la zona nos dio un recibimiento majestuoso y tibio.

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Ya adentro, nos metimos por un callejón y, poco a poco, el sonido de nuestras maletas en el empedrado fue opacado por unas guitarras, el barullo, y el tintineo de las copas de tanta gente vestida de blanco que brindaba sin penas ni arrepentimientos.

Dentro de la Ciudad Amurallada late el corazón de Cartagena. Hospedarse aquí significa vivir más de cerca sus bares y restaurantes, sus señoras cargando canastas de plátanos y aguacates en la cabeza, su tradición. Y allá afuera, lejos de la muralla, se difumina el brillo de la cultura mulata, de sus iglesias antiguas y sus patios frescos para dar pie a una ciudad como cualquier otra, incluso aunque esté frente al mar.

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2. Descúbrela caminando – Si quieres poder observar todas las fachadas, balcones, macetas; si quieres disfrutar de algún patio arbolado que por alguna ventana se dejó asomar; si quieres descubrir parques sombreados e iglesias pequeñas y probar una arepa con huevo mientras recorres una calle estrecha, no hay mejor transporte que tus propias piernas. Aunque haga calor (¡mucho calor!), aunque esté húmedo (¡muy húmedo) y te encuentres ensopado (y asoleado), ¡camina! ¡No te arrepentirás!

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3. La Cevichería – Seguramente después de caminar tendrán hambre y una insaciable sed de cerveza y, como siempre, ¡les tengo una gran recomendación! En el barrio de San Diego, hay una esquina siempre alegre y rebozante: La Cevichería. Famosa por sus tiraditos estilo peruano, sus chaufas de mariscos y el ambiente relajado, hasta Anthony Bourdain la visitó. Iniciamos con una Miscelánea de Ceviches para refrescarnos y probar un poquito de todo. De pescado, pulpo y camarón, llegaron tres platitos con preparaciones diferentes, ¡delicioso!

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Seguimos con más mariscos: Ren con un ceviche estilo peruano muy bien servido y sabroso, y yo con un platillo ¡es-pec-ta-cu-lar! ¡De verdad exquisito! Un arroz vietnamita que todavía me provoca babeos y antojos implacables. Con calamar, camarón, pulpo y mejillones añadiendo a los sabores del curry de coco, el jengibre, la canela y la menta, este manjar fue sin dudas mi comida favorita del fin de semana.

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4. Recorre la muralla de noche – Cartagena cobra un encanto especial cuando cede el sol y comienza a soplar el viento. Y antes de que anochezca, es preciso salir (ya con la cara lavada o hasta recién bañada) a bordear la ciudad sobre su muralla. Caminen hasta una orilla, suban al muro de piedra y hagan lo propio: ¡descubran! ¡Exploren! ¡Encuentren un nicho donde admirar la puesta de sol y dejen que la música del Barrio de Getsemaní los seduzca a la rumba! Un plan súper romántico, pero placentero para los amigos o toda la familia, es requisito ineludible dejarse sorprender desde lo alto de la ciudad.

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5. Vino y cerveza en Café del Mar – En su recorrido por la muralla se toparán sí o sí con el Café del Mar. Pidan una mesa, siéntense y ordenen unos tragos. Vean el sol caer. Escuchen la música. Brinden. Sientan la brisa. Disfruten. Si van con alguien especial, bésenlo.

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6. Música y bailes típicos en la plazoleta cerca a Catedral – Aprender sobre la cultura de un lugar es parte valiosísima de mis viajes. Y para mí, la música y los bailes típicos de un pueblo siempre han representado una manera de conectarme a sus raíces y emociones. Por eso me encantó toparme, una tarde mientras caminábamos, con un grupo de jóvenes vestidos en trajes típicos que dislocaban sus caderas al ritmo de tambores y dyembés. Y no se preocupen, que si no encuentran esta plazoleta (hay muchas) de la que hablo, los grupos de danzantes van recorriendo las calles de la ciudad en busca de foros y espacios públicos donde puedan presentarse (y recoger en un sombrero una moneda o dos).

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7. Islas del Rosario – Bajo la recomendación de un par de conocidas colombianas, Ren y yo contratamos un tour para ir a las Islas del Rosario. El Panzón y yo no somos mucho de tours, pero dado a que este venía muy recomendado, lo tomamos. Son 30 islas las que comprenden el archipiélago que nada en aguas cristalinas y entre corales. De Cartagena a Playa Blanca hicimos 40 minutos en una van. Y de Playa Blanca al archipiélago, 30 minutos en una panga de alta velocidad. Entre más te adentras al mar, más azules y verdes observas en el agua. Lo único constante es su transparencia. Si eres fanático del mar y sus criaturas, el tour vale mucho la pena. Tienes la opción de bajarte una hora en la pequeña Isla San Martín de Pajarales y conocer su Oceanario (un acuario) o dedicar la misma hora a snorkelear y convivir con las decenas de especies que ahí habitan. Nosotros optamos por observar la vida al natural y lo disfrutamos muchísimo. ¡Sí ves peces, ja! ¡No es una estafa!

Cuando termina la hora los regresan a Playa Blanca, donde les sirven una comida típica de pescado frito y arroz con patacones y donde tienes oportunidad de asolearte y meterte otra vez al mar.

8. Fuerte de San Felipe – Afuera de la Ciudad Amurallada, aunque no lejos, se yergue el Fuerte de San Felipe. Desde su construcción en 1657, durante la colonia española, el castillo jugó un papel fundamental en su defensa contra los ingleses. Mi única recomendación: no vayan a las 12 del mediodía.

9. Shopping, shopping, shopping  Siendo Cartagena un lugar que atrae a tanto turismo nacional e internacional, sus calles están repletas de tiendas y boutiques con lo mejor de la moda y el diseño colombiano. ¡Aprovechen! Aunque no compren nada (casi imposible, je), tómense la oportunidad de descubrir las propuestas de estilo e innovación de un país que ha pasado por dictaduras, guerras, drogas y un merecido proceso de diálogo para la paz. Mis tiendas favoritas: Arte Colombiano y St. Dom. En la primera, una mezcla del arte tradicional del país y diseños modernos. En la segunda, una curaduría de marcas y nuevos diseñadores colombianos que proponen cortes atrevidos en trajes de baño, tejidos coloridos en zapatos, y estampados irreales en vestidos de fiesta.

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La verdad es que no hay mucho pierde con Cartagena: caminen por donde caminen los deslumbrará. Yo les platico mis partes favoritas de nuestro viaje a espera de que tomen inspiración y se animen a recorrer sus calles, restaurantes, bares, hotelitos y nichos; a probar sus ceviches y aguardientes y a disfrutar de un fin de semana sin par.

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Viaje exprés a la CDMX: sorpresas y sugerencias de los que saben más

Hace poco tiempo tuve que ir a la Ciudad de México de emergencia. De esas veces que de un día para otro compras un vuelo para irte tempranito al día siguiente y regresar 24 horas después. Y bueno, quiero decirles (aunque quizá ya se lo imaginan) que Ren y yo jamás desperdiciamos una oportunidad para conocer, comer y tomar. Así que, también de un día para otro, iniciamos nuestra investigación y nuestras encuestas en redes sociales (¡seguro más de alguno de ustedes hasta respondió a mi pregunta) para llegar sabiendo dónde desayunar, comer y cenar. Deben saber que yo tenía más de 10 años sin visitar la capital, por lo que necesitaba una guía (amigos, familiares) diestra y de expertos que me orientaran.

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A las 5:00 am llegamos al aeropuerto y, como no llevábamos más que una maletita de mano, ni tuvimos que documentar. ¡Eso sí, las filas para pasar por revisión y seguridad no tenían fin! Les paso el tip: si tienen que viajar por algo a esas horas, ¡no subestimen los vuelos de madrugada, son súper populares!

Llegamos a las 7:30 am al Distrito Federal y con el tráfico, realmente hicimos nuestro check-in en el hotel hasta las 8:40. Nos hospedamos cerca del Ángel de la Independencia porque nuestro motivo del viaje se acotaba a a la zona y, con esa misma mentalidad (y algo de restricción en nuestros tiempos), emprendimos nuestro camino a El Cardenal. Cuando pregunté por Facebook cuál era el mejor restaurante para desayunar por la zona, ese se llevó la votación por las patas.

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Caminamos algunas cuadras hasta que lo encontramos: amplio, con luz calientita entrando por los ventanales, lleno de señores en desayunos laborales y señoras festejando algún cumpleaños; muy tradicional y, desde la primera interacción, anunciando que contaban con excelentes meseros.

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Pedí mi café negro, una conchita y un jugo de tuna. René, agua natural. El capitán de meseros muy amablemente nos explicó todos los tipos de huevos y los platillos capitalinos tradicionales que desconocíamos. A sugerencia de un garrotero pedí un omelette de huitlacoche, gratinado y en salsa de tomate. El Panzón pidió un platillo sustancioso, los Huevos Montados, así, puestos sobre un par de gordas con salsas diferentes y queso cotija, y nadando en frijoles de la olla. ¡No sé quién se chupó más los dedos! Pero el desayuno no terminó ahí. Mientras pasábamos bocados de nuestros huevos y café, yo veía que los meseros iban y venían con unas canastas de pan y lo que parecían platitos llenos de nata. Traté de ignorarlos (¡ya tengo un par de meses queriendo cuidar el tamaño creciente de mis nalgas!), pero el señor de la mesa de enfrente a la nuestra se las comía tan sabroso: embarrando el bolillo contra lo cremoso del lácteo, limpiándose el bigote con sus dedos regordos… ¡No me resistí! En dos minutos un joven muy atento me sirvió el manjar y yo, en dos segundos más, ya estaba espolvoreando azúcar sobre el primer pedacito.

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Saliendo con las barrigas felices caminamos a redescubrir el Zócalo. Con una feria tipo tianguis en medio de la plaza, no pude apreciar sus dimensiones extensísimas, pero sí entramos a La Catedral, la admiramos un rato, y luego terminamos de recorrer el Palacio Nacional y el resto de las oficinas de gobierno. Alegres pasamos también por Bellas Artes, donde un tumulto de entusiastas y medios esperaban la probable llegada de los restos del muy querido Juan Gabriel.

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De ahí en más el día transcurrió sin mayor eventualidad. Asistimos a las citas, esperamos en el hotel, y para eso de las 8:15 pm nos encontrábamos en El Péndulo de La Roma, haciendo tiempo (y comprando libros) para la hora de cenar con Ceci mi amiga y Diego su novio.

A la mañana siguiente no teníamos ni un pendiente más que tomar un avión. Y como eso sucedería hasta la tarde, planeamos nuestra mañana para nuevamente desayunar rico y culminar el día en el Castillo de Chapultepec. Otro lugar muy mencionado en mi encuesta en Facebook fue Lardo, y como además se encuentra en La Condesa y a pocos pasos del Castillo, concluimos que era la mejor opción.

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¡Y qué desayuno! A diferencia de El Cardenal, en Lardo encontramos esa propuesta gastronómica de la que tanto se presume (¡y que tanto quería encontrar!) en el Distrito Federal. El lugar es informal y acogedor, lleno de plantas, con una barra extensa, una cocina abierta y el aroma de pan recién horneado y café recién preparado desprendiéndose en cada rincón. Según entiendo, Lardo es proyecto de Elena Reygadas, misma quien hornea pan delicioso en Rosetta y que lo repite en sus hornos en el restaurante del cual les hablo.

Como ya la dieta había quedado olvidada en algún portal, pedí un café y un pan danés, ¡pero doble! Y digo doble porque era como un ocho, en una oreja crema pastelera y en la otra mermelada casera de frambuesa, ¡de verdad espectacular y de repetir y de antojar!

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Para seguir ordené un latté y revisé el menú con deleite. ¡A veces hay tantas opciones tentadoras y cuesta tanto elegir! Finalmente me convenció el estofado de tomate, albahaca, calabacitas, zanahoria y parmesano con un huevo estrellado. ¿Han probado la lasaña de berenjenas o la moussaka griega? Pues este platillo me hizo pensar en una mezcla de lo anterior, sólo que con un huevo y una textura suave aunque sorpresiva. ¡Me fascinó! ¡Hasta Ren, que es cero fan de las calabazas, lo encontró espectacular! Y sobre todo me encantó que es un desayuno súper diferente a lo que estamos acostumbrado, pero no por eso se sintió o supo menos cálido u hogareño. Me lo comí con el gusto de recordar algún plato que tu mamá te hizo durante años y que tú simplemente no has logrado recrear.

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Por su parte, René pidió unos chilaquiles verdes, pero también tienen un twist: trozos de aguacate y un bodoque de queso burrata que a todos los paladares suele enamorar. Y claro, el Panzón le agregó un huevo.

De verdad Lardo queda recomendadísimo, y yo ya tengo ganas de regresar y probar sus tapas, vinos y cenas.

El resto de nuestra estancia en la Ciudad de México lo pasamos en un lugar que yo llevo muy cerquita del corazón: el Castillo de Chapultepec. Cuando niña iba por lo menos una vez al año al DF porque mi Tito (mi abuelo materno) nos llevaba a mí y a todas mis primas. Era un viaje especial, en verano, en carro, donde la convivencia familiar y la visita al Papalote Museo del Niño y al Disney On Ice era primordial. La última vez que fui al Castillo fue con mi Tito. Entonces podía caminar y subir escaleras sin problema, podía comer churrascos y tomar ron con cocas sin que se le cerrara la garganta, y podía abrazarme y decirme “¡mi niña adorada” porque seguía en este mundo oliendo a Azzaro y retocándose el copete con su peine de carey.

Recorrimos todos los rincones del Castillo, sus balcones con pisos de ajedrez, sus carrozas y carruajes, sus salas de lectura, su museo, su arte, sus murales; sus retratos de Allende, Hidalgo y los Niños Héroes; sus jardines, cocina y cuartos de baño. Al inicio no sabía si el corazón se me hacía chico o se me engrandecía, quizá los dos. Lo que sí es que conseguí un sosiego que desde hace mucho le hacía falta a una parte de mi alma y confirmé que para siempre ese lugar será especial.

Así terminó nuestra visita exprés al DF, con la barriga y el corazón plenos y con muchas ganas de regresar. ¡Compártanme sus restaurantes y lugares favoritos en la capital! ¡Quiero visitar muy pronto!

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