Sorpresas e impresiones de Panamá (I)

Ya con dos meses viviendo en la ciudad de Panamá, creo que va siendo hora de que les platique un poco sobre cómo está la onda. Ya saben, ¿cómo es la ciudad? ¿El clima? ¿La gente? ¿La comida? Obvio con tan poco tiempo no soy una experta en esta urbe y su ritmo, pero con cada día que pasa voy aprendiendo algo nuevo y entendiendo más la dinámica con la que se desarrolla.

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Les voy a ser muy franca. Yo no sabía mucho de Panamá antes de mudarme. Quizá lo que se escucha en conversaciones rápidas y generalizadas o los propios juicios que me ingenié por su mera localización geográfica: un país tropical, en desarrollo, latinoamericano, con un canal que funge como las puertas del mundo. Sin embargo, desde que llegué me he dado a la tarea de salir a explorar, de platicar con la gente local y de leer blogs y artículos de expatriados y gringos retirados en este ciudad (literal hay una guía). Y la verdad es que me he llevado muchas sorpresas, unas positivas y otras no tanto. Pero por eso hoy les quiero compartir sobre esas primeras impresiones que obtuve al llegar y lo que poco a poco a revelado y descubierto.

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Cinta Costera en Panamá

1. Edificios, edificios, edificios – Cuando llegué no sabía realmente qué esperar en cuanto a la arquitectura y construcción en sí de la ciudad, lo que sí es que no esperaba toparme con la cantidad de rascacielos que de esta tierra se dispara. Desde que sales del aeropuerto de Tocumen y comienzas tu recorrido a la zona urbana, docenas de edificios empiezan a asomarse y a delinear la costa que delimita la zona. Se me figura como un mini Miami. Y aunque la ciudad no deja de ser chica (de la urbe principal a Costa del Este son sólo 10 kilómetros), la cantidad de torres no deja de engañar al ojo y de impresionar por su hermosura (¡sobre todo de noche!) a cualquier visitante. Según entiendo, desde hace 16 años que Panamá recuperó el control del canal (antes a manos de Estados Unidos), la ciudad vio un boom inmobiliario y un desarrollo dramático, tanto que ahora es “La ciudad de los rascacielos de América Latina”. Y como la ciudad estaba imposibilitada para crecer al norte y hacia las cuencas del canal, sus opciones eran: hacia el este o hacia arriba. Nosotros, como dato curioso, ¡vivimos en el piso 60 de una de las 10 torres más altas de la ciudad!

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La vista desde nuestro departamento

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Foto de Mauricio Toussaint

2. Panamá es una ciudad pequeña – Con poco menos de un millón y medio de habitantes en toda el área metropolitana, Panamá es realmente una ciudad chiquita. En Guadalajara, por ejemplo, estamos casi llegando a los cinco millones, ¡es más de tres veces más grande! En cuestión de extensión, el área metropolitana de la ciudad de Panamá es similar a la de Guadalajara, sin embargo, la mayor parte de este territorio es rural y el núcleo urbano es mucho más pequeño y cuenta con sólo 400 mil habitantes.

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Desfile por la Independencia de Panamá

3. El Casco Viejo – Que quede claro que no todo es rascacielos en Panamá. Una de mis zonas favoritas de la ciudad es el Casco Viejo, y ahí no abundan más que construcciones coloniales e históricas que mantienen la tradición de la antigua ciudad. O, realmente, de la segunda antigua ciudad de Panamá, y es que, la primera fundada en 1519, sólo duró 152 años, pues en 1671 el Gobernador Juan Pérez de Guzmán, optó por quemarla antes de que la atacaran el pirata Henry Morgan y su tripulación. En 1673 se inauguró la nueva ciudad, construida en una península totalmente aislada por el mar y un sistema de murallas, es esto lo que ahora se conoce como Casco Viejo. La zona se encuentra en restauración, así que muchos edificios están colmados de andamios y material de construcción, sin embargo, muchos ya yerguen terminados, pintados y orgullosos de alojar hoteles boutique y bares y restaurantes de mucho diseño y cocinas gourmet. ¡Vale mucho la pena!

4. Amplia y deliciosa oferta gastronómica – Algo que me encanta de Panamá es su oferta gastronómica. Ya saben que mis fines de semana giran en torno a restaurantes y mercaditos donde pueda probar, comer, tomar y disfrutar a gusto. ¡Y Panamá nos ha colmado de riquísimos momentos culinarios! Siendo sincera, la comida tradicional panameña no ha sido mi hit: pollo frito estilo kentucky, arroz con pollo desmenuzado, pescado frito con patacones… para mí nada especial. Pero hay un “pero” y es uno grande. Y es que por ser una ciudad súper internacional y cosmopolita (por el canal y por ser un paraíso fiscal, la cantidad de extranjeros y foráneos que visitan o de plano viven en Panamá es muy significativa), los buenos restaurantes proliferan y atraen a comensales hambrientos. Thai, japonés, peruano, italiano, chino, vietnamita, india, española, ¡no hay ninguna cocina que falte! Además, he notado que los restaurantes tienen mucho detalle en su decoración, así que una buena comida en un espacio súper bonito nunca será escasa.

5. El tranque – Así le llaman los locales a los traficales y embotellamientos de miedo que se crean en la ciudad a horas pico. ¿Se preguntarán cómo es que en una ciudad tan pequeña hay tanto congestionamiento vial? Quizá la densidad de la población, la falta de vías alternas y un sistema de transporte público aún deficiente son los motivos principales. Lo que sí les puedo decir es que aquí se tiene que manejar con paciencia. Lo bueno es que están trabajando en este problema y acaban de inaugurar un metro muy moderno y hay otra línea que se encuentra en construcción.

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6. Rápido y furioso se queda corto – No es broma, los primeros días (o el primer mes) regresaba a casa estresada de estar en la calle haciendo pendientes. Y es que agarrar la camioneta me daba hasta miedo. Con una cultura vial de “quítense que ahí les voy” y de “primero yo”, manejar es un reto y una aventura todos los días. Aquí es mejor no esperar a que te den el paso -aunque sí hay personas que de pronto te sorprenden- y lanzarte a la kamikaze a ese retorno que estás a dos de pasar.

7. Claxon sin mesura – Y para terminar con el tema de las calles y la cultura vial, algo que me sorprendió mucho al llegar a Panamá es lo mucho que usan el claxon. En algunos lugares, como Estados Unidos, por ejemplo, es contra la ley usar el claxon a menos de que sea para prevenir un accidente. Pues aquí no. Aquí te pitan si vas caminando, si te cruzas o cambias de carril, si te quieren dar el paso, si vas caminando, si un taxi quiere hacerte ver que está libre y te ofrece sus servicios… Para lo que sea y a la hora que sea, el claxon es una herramienta fundamental para todo quien maneje en esta ciudad.

8. Tres aeropuertos – Sí, aunque les comenté hace rato que Panamá es una ciudad pequeña, tiene tres y medio aeropuertos. El más grande e internacional es Tocumen, a donde llegan todos los vuelos de Europa, Asia, México y Estados Unidos. También tienen el Aeropuerto Panamá Pacífico, a dónde llegan vuelos de bajo costo desde Colombia. En tercer lugar se encuentra el Albrook Marcos A. Gelabert International Airport, que solía ser una estación de la fuerza aérea. De este aeropuerto puedes viajar a otras ciudades de Panamá, Costa Rica y Colombia por AirPanama, aerolínea de bajo costo.

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9. La gente –  Muchos amigos me han preguntado que cómo es la gente por acá. Y lo primero que les respondo es que para empezar la “gente” en Panamá no se compone de sólo panameños. No, Panamá, es casa para personas de todo el mundo, y al ser una ciudad chica, la diversidad es muy notoria. Yo cada que me subo a un Uber de plano le pregunto al chofer si él o ella sí es panameño, ¡es más fácil que sea de Colombia o Venezuela! En nuestro edificio también, por ejemplo, nos topamos en el elevador con personas de España, Japón, Costa Rica, Estados Unidos, vivimos en un lugar súper multicultural. Sobre los panameños, puedo decir que son personas amables, expresivas, ruidosas y muy orgullosas de su ciudad.

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10. Moneda dolarizada – Aunque la moneda oficial de Panamá es el Balboa (el nombre viene del explorador español Vasco Nuño de Balboa, que descubrió el Pacífico en 1513 en su travesía por el istmo de Panamá), su economía, desde 1904, es una dolarizada. Esto significa que un Balboa es igual a un dólar y que sus billetes en circulación son de hecho dólares. Lo que sí tienen son monedas: de un Balboa, de medio Balboa… a mí sólo me ha tocado ver de esas, por lo demás, sigo usando quarters, dimes, nickels y pennies.

Hay muchas cosas más que les quiero platicar sobre Panamá y las sorpresas que me he llevado, así que creo que escribiré una parte dos de esta entrada para no saturarlos en esta ocasión. Me interesa mucho saber quién de ustedes conoce esta ciudad y que me cuenten de sus impresiones y experiencias. ¡No duden en platicarme y comentarme, y hasta visitar!

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Reflexión postelectoral…

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De la página del New York Times

Descontento, miedo, incredulidad, miedo, sobresalto, miedo, indignación, miedo, decepción, terror… Así el ambiente generalizado entre mis grupos de amigos, en mis redes sociales, en mi familia, en titulares de periódicos y sus contenidos… Y de alguna manera -¿rebelde, ridícula?- dentro de mí agoniza un atisbo de esperanza de que existen procesos de apelaciones para los resultados electorales; de que a lo mejor este payaso naranja sin experiencia política nos jugó una broma y realmente tiene en su cabeza y en su corazón una genuina intención de mejorar su país y el mundo; o, mejor aún, de que sigo dormida y en cinco minutitos más que despierte la elección de la gente habrá sido otra.

Pero no.

Me asusta el despliegue insospechado de odio que existe en el mundo, la contundente evidencia de su misoginia, la falta de amor. Pero creo que me asusta más que ante este testimonio de aversión y fobia, que ante este triunfo de la segregación, el sexismo y la discriminación, sigamos quietos y, peor, ¡apáticos! Inertes en un momento en que las entrañas de la solidaridad deben estar despertando -preguntándose: ¿qué sigue? ¿cómo avanzamos? ¿cómo ayudamos? ¿dónde nos reunimos?-, revolviéndose, vomitando, alertando a sus amigos y compatriotas para preparar un frente de apoyo a los ciudadanos que lo necesiten, ¡para todo el país! ¡Para que no se disemine más el rencor, más la marginación, más el horror al otro, al diferente, al desconocido, al colorido, al femenino!

Que este golpe sirva de impulso. Que no se quede sólo en expresiones de derrotas virtuales, en memes, en estados de indignación que sólo las personas de nuestra limitada burbuja leen. Que nos movilice. Que nos saque a l porrazo, tomar un segundo aire y avanzar. De verdad que no se trata sólo de un país. Esta es una llamada para el mundo entero y sería no sólo cagante, sino una pendejada, dejarla pasar.

Les comparto también unos links con más material sobre el tema:

An American Tragedy de The New Yorker

What Do We Tell The Children? – Huffington Post

El discurso de Trump al ganar en el New York Times

Our Unknown Country de Paul Krugman en el New York Times

Una tragedia para México de Jorge Zepeda Patterson en El País

Un loco a cargo del manicomio de John Carlin en El País

Brunch en San Diego: mis lugares favoritos

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Tengo muchas ganas de platicarles sobre mi vida en Panamá, pero siento que me he saltado muchas etapas y además todavía no tengo suficientes fotos sobre mi vida en Centroamérica, así que he decidido esperarme un poquito y mejor compartirles sobre uno de mis pasatiempos favoritos en una ciudad que me encanta: ¡San Diego!

Antes de mudarme para acá, tuve la oportunidad de residir en lo que se me antoja como una extensa vacación californiana. Durante tres meses me desperté para trotar en el extenso y hermoso Balboa Park, compré mis tomates -orgánicos- en Trader Joe’s y tomé copas de rosé mientras admiraba puestas de sol espectaculares desde nuestro balcón. ¡Hay tanto que quiero contarles sobre mi estancia en el sur de California! Pero todo a su tiempo…

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Balboa Park

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Rosé en el balcón

¿Total, qué les quiero platicar? Sobre un pedacito del fin de semana que seguro ya saben que disfruto con locura: una actividad exquisita no sólo por los aromas y sabores, sino por la hora del día en que se realiza, sin madrugadas ni prisas ni desvelos: ¡el brunch!

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Admito que soy una persona mañanera. Me gusta levantarme temprano, ver el sol nacer mientras corro, tomarme el primer café a las 8 a.m., bañarme y estar lista para seguir con mi día antes de las 10. Por eso me costó un poco de trabajo encariñarme con el brunch: no me gustaba la sensación de culpa de llegar al restaurante a las 11 del día y probar bocado hasta las 12. Pero una vez que aprendes a levantarte un poquito más tarde, a bañarte con calma y a esperar con una taza de café a que tu esposo salga de la regadera para cambiarse y partir, el brunch se presenta como la comida perfecta del fin de semana.

Y aprovechando que San Diego es una ciudad muy visitada por tapatíos y mexicanos en general, quiero recomendarles tres restaurantes que ofrecen un brunch delicioso.

1. The Cottage en La Jolla Es obligatoria mi parada en The Cottage con cada visita que hago a San Diego. Ya sea sola con René, con mi familia, con visitas o con quien sea que tenga antojo de los mejores huevos benedictinos que he probado en mi vida. Literal. Esa es la especialidad de la casa y los preparan de cinco formas distintas: con lomo canadiense; con polenta y pesto; con pechuga de pavo y aguacate (California Eggs Benedict); con tocino canadiense, espinacas, champiñones y balsámico (Eggs La Jolla); o con cangrejo crocante. Mis favoritos son los California y los Eggs La Jolla y sólo pensar en ellos me pone a soñar que ahorita estoy ahí, saboreándolos todos y dándole sorbitos a un café, un bloody mary o una mimosa.

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En algunas otras ocasiones opto por ordenar el Fried Egg Sandwich, ¡que me encanta! Con pan sourdough doradito, gruyere, tocino crujiente, arúgula, cebolla, alioli de limón amarillo, jitomate y unas gotitas de salsa Cholula, este platillo me parece una transición perfecta entre desayuno y lunch. Claro que hay mil opciones más: huevos al gusto, omelettes, pancakes con limón y ricotta (¡esponjosos y riquísimos!), granola hecha en casa, ensaladas, tuna melts y hasta chilaquiles, yo sólo les hago hincapié en mis favoritos para que se animen a probar.

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Y guardé lo mejor de este lugar para el final. Y es que cada visita mía tiene tres partes: la primera es el café y el pan dulce mientras espero la mesa (¡siempre hay fila así que vayan mentalizados!); la segunda es el abundante desayuno, el jugo de frutas, el café, la mimosa; y el tercero y a veces más difícil de conseguir pues se necesita de la solidaridad de tus acompañantes: ¡el postre! Sí, leyeron bien, hay un platillo que no perdono como postre cada que visito: el Stuffed French Toast con extra topping de fresas, berries y plátanos. Este no es cualquier pan francés, es una delicia de los dioses gastronómicos: tres piezas de pan brioche con mantequilla, rellenas de compota de fresa y queso mascarpone, espolvoreadas de azúcar glass, fruta y miel… ¡Fuera de este mundo de verdad!

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Mis recomendaciones son que cada quien pida su plato principal y al final compartan el pan francés, que vayan con tiempo, con mucha hambre (para mí es el premio perfecto después de una carrera o larga corrida) y que después de todo, disfruten de un hermoso día caminando por La Jolla, por la playa soleada, por la bahía repleta de focas. Tendrán un sábado o domingo para recordar.

2. Snooze En el corazón de Hillcrest (el barrio gay de San Diego) hay un lugar de abundantes desayunos y suma popularidad. En honor a su nombre, este lugar te dará el placer de esos cinco minutitos más de sueño cuando suena tu alarma. Con un café helado recién hecho y una vibra juvenil y alegre, Snooze te espera con su propia interpretación del tradicional desayuno americano.

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¿Qué ordenar? Si son fanáticos del hash brown (papas ralladas y sofritas) les recomiendo el Snooze Spuds Deluxe: una orden de hash brown cubierta con queso cheddar gratinado, cebollines y un par de huevos estrellados. Una mezcla original, calientita y cremosa para empezar el día con el corazón y la barriga contentos. Otra opción sabrosa es un Sammie (sandwich) de corned beef, queso suizo y aderezo mil islas o, uno de mis gustos culposos, un Grilled Cheese con sopa de tomate, ¡deli!

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Sea lo que pidan, aquí también deberán dejar espacio para el postre, porque el OMG! French Toast realmente te dejará sorprendido. Un pan francés con mascarpone, crema de vainilla, caramelo salteado, fresas frescas y coco tostado es el final perfecto para una mañana con amigos.

3. Great Maple Seguramente han escuchado de las donas de maple espolvoreadas de trozos de tocino crujiente, ¡pues en Great Maple las preparan a diario y son espectaculares! Y si esa no es razón suficiente para visitar el restaurante, el resto de su menú creativo y moderno lo será. Prueben los Popovers (unos tipo muffins con un par de huevos poché encima y salsa holandesa) con flores de calabaza fritas rellenas de queso de cabra, con champiñones, tomates rostizados y una vinagreta de fresa. O si prefieren algo dulce, dense un lujo con los pancakes de fruity pebbles o los de peanut butter y plátanos fritos o los de chocolate y tocino, ¡no se arrepentirán!

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La comida es parte esencial de un buen viaje, así que no se olviden de estas tres recomendaciones la próxima vez que estén por San Diego y sus alrededores. Hay muchos otros lugares que deben probar, pero empiecen por estos y verán que quedarán súper satisfechos.