Días de Navidad mexicana

Como muchos de ustedes que me siguen y me leen ya sabrán, me tomé los últimos días del año para ir a visitar a mi familia y amigos a mi México querido. Y es que para mí no hay mejor lugar para pasar la Navidad que donde están tus personas favoritas. Así que después de una semana de posadas y amigos y tacos y todos los antojitos que se cruzaran por mi estómago, tomamos carretera a Vallarta, uno de mis sitios preferidos en el mundo.

Ya les he mencionado antes que para mí los últimos días del año son de reflexión profunda: repaso con minucia mis logros y fallas del año que se queda atrás, escribo, lloro un poquito, me río, me aprieto el corazón. Pero también los gozo. Y más mientras estoy en compañía de mis papás y de mi hermana, de mi Panzón que nunca me deja sola, de mi abuela y mis tíos y mis primas y mis tías, y hasta de Django, que aunque llegó a la Casa 7 cuando yo ya había partido, me ha permitido chiquearlo y amarlo como si viviera en su mismo hogar.

Hoy quiero compartirles algunos de los momentos más lindos de esta Navidad (en el siguiente post les platicaré más a detalle sobre el resto de estos quince días de arena, sal, palmeras y amor).

¡Ah! ¡Antes de las fotos! Quiero darles un poquito del ambiente navideño que se vive en mi familia. Desde que yo recuerdo, he pasado cada tercer año la Navidad con los Abaroa. Cuando éramos chiquitos, las festividades solían llevarse a cabo en Manzanillo, un lugar que para siempre tendrá un huequito muy especial en mi corazón. Llegábamos todas las primas, y un único primo, a casa de mis Titos (mis abuelos) vestidos con los atuendos de pastorcitos que nos había cosido mi abuela. ¡Era tan emocionante! Y así, la noche del 24 se nos iba comiendo dulces y galletas, pidiendo la tradicional Posada con velitas en las manos (unos afuera en el jardín, los otros respondiendo desde la casa), insistiendo en que ya era hora del tan ansiado intercambio, haciendo el intercambio, cenando pierna casera hecha por mi abuela y buñuelos, tronando cohetes a la orilla de la playa, y abrazándonos en la función de fuegos artificiales a las 12 en punto.

Hoy, las navidades con los Abaroa ya no son en Manzanillo, ni cantamos posada, ni tronamos cohetes a la orilla del mar. Sí, son diferentes, pero igual de especiales y divertidas: con la misma emoción de saber quién te dará un regalo en el intercambio, con nuevos miembros familiares, con juegos retadores y divertidos, con copas y copas de vinos, y con los mismos abrazos sentidos y apretados a las 12 en punto. Así que, sin más, les dejo aquí las fotografías; espero las disfruten y logren absorberles la alegría que me otorgaron y siguen regalando a mí.

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