Mi esperado reencuentro con Londres

Mi tour por Europa terminó de la mejor manera: en una ciudad increíble, con comida deliciosa y hasta una función de teatro que me sacó lágrimas de la risa. ¡Y es que en Londres no hay cómo pasársela mal!

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Con tanto tiempo sin volver a esta icónica ciudad y platicándoles que la primera y única vez que había ido antes me la pasé bastante enferma, les confieso que me emocionaba muchísimo el reencuentro y el reconocimiento con esta urbe. Y más que traer altas expectativas, me sentía lista para darle a mi affair con Londres otra oportunidad. ¿Y saben qué? ¡Quedé fascinada! Creo que por fin entendí porque tanta gente se enamora de esta ciudad: sus pubs, cafés, arquitectura, museos y glamour incuestionable la colocan entre las favoritas de los amantes de los viajes y la gastronomía.

¿Y en qué se me fueron tres -insuficientes- días en esta capital? A continuación, todos los detalles.

Día 1

Como llegamos muertos de hambre, (luego de habernos levantado súper temprano para volar de Ginebra), lo primero que hicimos una vez que nos instalamos en nuestro hotel, fue salir a buscar comida. Y Yelp nos llevó a Boro Bistro, un pub con concepto de tapas repleto de velas sostenida por la cera de las que alumbraron antes y música y meseros buena onda. Con una hamburguesa, un queso brie con tomates deshidratados, una taza de mejillones, un sandwich de jamón y queso y un par de pintas bien frías, brindamos por nuestra primera tarde en una Londres llena de sol.

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Con energías recargadas salimos a explorar. Caminamos por el Borough Market (donde tomamos una nota mental de una taquería a la que nos vimos obligados a regresar) y observamos un barrio trendy, lleno de jóvenes y movimiento alegre; seguimos a lo largo del Río Támesis  y recordé mis clases de Literatura Inglesa al pasar por el Shakespeare’s Globe, subimos y cruzamos por el Millenium Bridge, dejando atrás a uno de mis museos favoritos (el Tate Modern, con quien tendría una cita después); y vimos teñirse el cielo de rosa conforme nos acercábamos a la hermosísima St. Paul’s Cathedral. Nuestro recorrido inicial fue hermoso, pero queríamos más. Así que después de una parada por un café que nos calentara las barrigas, seguimos nuestra caminata por Fleet Street, que nos llevó a admirar las Cortes de Justicia, a escuchar las estruendosas campanadas de la Iglesia de San Clemente, a notar cómo las calles se iban llenando cada vez más de teatros de y de personas y hasta la Plaza de Trafalgar, donde la gente se sentaba a orillas de la fuente a tomar y comer y descansar las pancartas que durante la Marcha de las Mujeres estuvieron agitando.

Además de tomar fotografías y absorber el álgido movimiento de una noche de sábado, aproveché para meterme a un par de tiendas para bobear las rebajas que para mí son un súper must. Finalmente no compré nada, pero salí con un huequito que solo una bandeja de niguiris me podría saciar. Así que nos dirigimos de regreso hacia Picadilly, donde, justo entrando al barrio chino, nos esperaba un changarro japonés auténtico, delicioso y económico. Y aunque mi sushi estuvo riquísimo, no pude evitar sentirme tentada por los sorbos de sopa caliente que daba la mayoría de los comensales en el restaurante, así que hice otra nota mental y esperé el momento oportuno.

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Día 2

Como buena turista (¡qué tiene de malo ir a las atracciones más populares de vez en vez, son populares por algo!), le pedí a René que nos levantáramos tempranito para ir a ver el cambio de guarda en el Palacio de Buckingham. No llegamos tan temprano como para conseguir los mejores lugares, pero con media hora antes del famoso evento, nos hicimos de un espacio más o menos decente para alcanzar a ver a los uniformados desfilar. Y aunque creo que ya con eso le puse palomita y dudaría en volverlo a hacer, la verdad es que el Palacio en sí merece una visita, pues su fachada es imponente y la caminata desde ahí hacia cualquier lado promete paisajes hermosos.

¡Una vez más Londres nos consintió con un cielo lleno de sol! Y con tanta suerte, no podíamos desaprovecharlo, así que nuestra visita siguió con un recorrido a través de Green Park -en efecto súper verde a pesar del frío-, por debajo del Wellington Arch, y a lo largo de Knighstbridge y Brompton y sus tiendas de lujo, hasta llegar a la joya del recorrido: Harrods. ¿Qué es Harrods? Tan sólo una de las tiendas departamentales de lujo más famosas del mundo, y es que es un paraíso para los compradores que buscan prendas, zapatos, joyas y hasta comida de diseñador. Desafortunadamente, mi cerebro le ganó a mi corazón y no compré nada (¡de verdad que ganas no me faltaron!), pero el paseo por sus pasillos valió totalmente la pena.

Salimos de Harrods con hambre y René sabía exactamente a dónde quería ir. Al salir de la prepa, parte de su año sabático lo pasó en Londres trabajando en pub, y sí, tenía antojo de remembranza. Por supuesto caminamos hacia el pub, ¡y qué bueno!, porque de no haberlo hecho así no hubiésemos jugado a que compraríamos un departamento en Chelsea, ni disfrutado de un mediodía precioso en Hyde Park, viendo a la gente pasear a sus perros y alimentar a los cisnes, ni soñado con el día en el que escuchemos un concierto en el Royal Albert Hall.

Finalmente llegamos a The Devonshire Arms, el pub que hace nueve años (y antes de la remodelación) vio a Ren mezclar tragos y limpiar mesas. Por ser domingo el menú se reducía a los famosos “Sunday Roast”, así que nuestra decisión de plato fuerte fue fácil. De entrada ordenamos unos callos de hacha con chorizo que ahorita quisiera repetir. Todo con una copita de vino y estábamos listos para continuar con la visita.

Caminamos rapidito al metro porque yo quería llegar a Westminster para tomar fotos con luz bonita y suficiente. De verdad es padrísimo salir de la estación del metro y que te reciba el imponente Parlamento y su simbólico Big Ben. Su diseño y estructura impactan hasta el que camina por ahí cotidianamente, y por supuesto que yo no soy la excepción.

Luego de tomar muchas -¡muchísimas!- fotos, caminamos hacia el London Eye (por mantenimiento cerrado), tomados de la mano, ambientados por el cielo teñido de colores suaves y por la música de artistas independientes buscando una propina.

Teníamos tiempo que quemar antes de llegar a nuestra reservación en Busaba Thai Soho, así que aprovechamos para caminar por Picadilly y sus teatros y por China Town y sus callecitas decoradas con cientos de lámparas de papel con motivo del año nuevo chino.

Cuando por fin dio hora para cenar, entramos a Busaba Thai muy emocionados y listos para pedir todo lo que se nos antojara del menú. Y es que no sé si sepan, pero Ren y yo somos fanáticos de la comida thai. Y aunque sí comimos un pad thai rico y una sopa de noodles llena de sabor, la verdad es que me esperaba un poquito más del lugar. Pero bueno, quizá nuestra próxima visita en Londres encontremos otro thai que nos quite el aliento (y la figura). ¿Y el postre? Mientras caminábamos por China Town vi un lugarcito japonés que vendía taiyakis, los súper de moda conos de nieve con forma de pescado y soft serve de vainilla o té verde. ¡Y no me aguanté! ¡Tenía que comprobar de qué se trataba esta euforia! Así que salimos de Busaba y cumplí mi capricho de un taiyaki de té verde, y aunque el cono no fue tan exageradamente bueno como me lo hicieron creer miles de fotos en Instagram, el helado de té verde fue el dulce perfecto para cerrar la noche.

Día 3

El sol decidió esconderse en mi tercer y último día de mi estancia en Londres. Pero bueno, así tuve la oportunidad de vivir un día típico: gris, mojado, frío, pero no por eso menos divertido. Y con un día así, fue una suerte que guardáramos nuestra visita al Tate para el final. Pero antes de empaparnos de las obras de Pollock, de las Guerrilla Girls y hasta de la mexicana Teresa Margolles, hicimos una parada en Borough Market para desayunar.

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Bobeamos primero toda la oferta: los stands de quesos y carnes frías, los puestos de comida árabe, las humeantes cafeteras, y terminamos en un puestito de una especie de lonche de carnitas con hierbas finas y chips crocantes de piel de puerco. ¡Súper rico y necesario para entrar en calor! Pero ahí no terminó la onda… como ya les mencioné, le habíamos echado un ojo a una taquería y el antojo pudo más que nosotros. Y ya ven cómo siempre que prueban tacos fuera de México terminan decepcionados, pues por primera vez quedé gratamente sorprendida: ¡qué tacos al pastor tan sabrosos! Además, todos los meseros hablan español (castellano, pero algo es algo, ja) y las salsitas también están ricas. Si alguna vez andan por el vecindario El Pastor Tacos es un rincón que vale la pena.

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Ahora sí, al Tate. Soy fanática del arte, cero experta, pero me gusta aprender, leer y observar arte y libros y películas que giren en torno al tema. Y desde que fui la primera vez al Tate Modern, me enamoré. Para mí es uno de los museos más bonitos, amigables y didácticos que conozco: sus paredes son altas, blancas y limpias, y la iluminación permite que veas los cuadros y las esculturas con sus colores reales, sin atenuarse u opacarse por los focos amarillos que a veces las instituciones deciden colocar. Además, la curaduría es excepcional y súper accesible: cuidadosamente acomodado por temas, preguntas o movimientos, el Tate te lleva de la mano para que puedas disfrutar del arte, de sus mensajes y tus interpretaciones, de sus conexiones e influencias y de tus emociones e incomodidades. En definitiva, el Tate es parada obligada con cada visita a esta ciudad.

Cuando salimos al Tate ya se nos había hecho un poco tarde para ir a caminar por Notting Hill, que era parte de nuestro itinerario original. Así que terminamos cambiando un poco las cosas y aprovechamos para cumplir uno de mis ñoños sueños: ¡ir a la plataforma 9 3/4 en King’s Cross! Harry Potter es mi amor eterno y fingir ser una bruja y poder cruzar para alcanzar el Hogwart’s Express me llenó la piel de escalofríos y el corazón de un par de lágrimas.

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La siguiente y casi última parada fue la cena. ¿Y a dónde creen que regresamos? ¡Sí! ¡A Misato! ¡El restaurante japonés que me sació el antojo de niguiris un par de días atrás! ¡Qué onda con la fuerza de mis antojos! Total, volvimos, y como era temprano no hicimos más que cinco minutos de fila. Nos sentaron en una mesa compartida con otra pareja y ordenamos, ahora sí, una sopa de noodles rica en sabores y aterciopelada a la lengua, ¡un manjar! Ren ordenó una carne con salsa y arroz, y otra vez compartimos un set de niguiris y sushi. Cuando regrese a Londres, no dudaré en visitar otra vez.

Y ahora sí, la última parada en Londres y de nuestro viaje no pudo haber sido más perfecta: ¡una obra de teatro! Y no cualquier obra, sino The Book of Mormon, el musical que ha causado furor en Broadway y donde sea que se presente. Yo no tenía mucha idea de qué iba a ver, pero Ren no podía contener su emoción y felicidad. Y cuando me senté en el teatro y comenzó el primer acto entendí por qué: un musical lleno de chistes y crítica inteligente hacia los mormones y sus creencias, con guiños sutiles hacia la locura que es su fundación, sin extrañamente dejarte con la sensación de que estos compadres hasta te terminaron cayendo bien. Súper recomendada.

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Así terminó mi viaje, uno de muchas alegrías, comida y experiencias y ciudades nuevas. ¡No puedo esperar al que sigue! Ya tenemos los vuelos comprados y hasta restaurantes reservados y les aseguro que también estará increíble. ¿Ustedes tienen planes de viajes próximos? ¿Cuándo y a dónde? ¡Platíquenme, me encanta leerlos!

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Familia, chocolates y mi recorrido por Ginebra

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Día 1

Suiza me abrió por primera vez sus puertas cuando aterricé en Ginebra. Con aire helado y promesas de chocolates inolvidables desde el aeropuerto, la que alguna vez fue hogar para Borges, me daba señales de que los siguientes tres días le alcanzarían para engancharme.

Con René sujeto a citas, bancos y oficinas, mi estadía en Ginebra se perfilaba más larga y solitaria. Pero, al revés, por coincidencias que la vida nos otorga, mi estancia se convirtió en un encuentro familiar, de tíos y primas y hasta conmigo misma.

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Mi primera mañana transcurrió tranquila: un matcha latté y un croissaint en La Vouivre me regresaron el calor, pero también el sueño y el cansancio que los días anteriores no me había permitido sentir. Así que decidí tomarme la mañana para descansar en nuestro hotel (Kipling Manotel) y reponerme del jet lag y las horas de sueño perdidas. Eso sí, me aseguré de que tuviéramos una cena especial y digna de la hermosa ciudad que me daba la bienvenida.

¿Y dónde y qué cenamos? Luego de una investigación profusa (nos tomamos este asunto de la comida con mucha seriedad), opté por reservar una mesa en Les Armures. Según el New York Times, Trip Advisor, Yelp, entre otras publicaciones, este restaurante ubicado en el centro histórico de la ciudad nos serviría uno de los mejores -si no es que el mejor- fondue del cantón. ¡Y nuestra experiencia fue sensacional! De inicio, el lugar de techos bajos y vigas de madera y el olor robusto del queso, te trasladan a una Suiza más tradicional y menos citadina, ¡tienen hasta una armadura para vigilar que tu velada sea íntima y perfecta!

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Compartimos nuestra primera cita con la gastronomía helvética con un amigo y colega de René, y con la compañía extra no podíamos sino aprovechar para pedir más comida y probar de todo. La botella de vino, la canasta de pan y unos pepinillos llegaron a nuestra mesa para abrirnos el apetito.

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Pero los verdaderos manjares no llegaron mucho después: un tartar de res, un plato de carnes frías, un carpaccio de salmón con alcaparras y aceite de trufa, un trozo de raclette recién rasurado, papas ralladas estilo hash y un tazón de fondue moitié-moitié (mitad vacherin, mitad gruyere) elevaron nuestra noche.

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Y aunque mucha gente podrá decir que la cocina suiza tiene poco de espectacular, quiero constatar que nuestra cena fue sensacional y memorable. Yo, desde hacía mucho, quería probar un verdadero fondue suizo, y cada vez que sumergía un cuadrito de pan a ese tazón rebosante, agradecí no haber dejado la oportunidad pasar. Los sabores, el ambiente, el mesero tan amable, ¡la compañía!, crearon una noche que siempre voy a recordar. ¡Ah! ¡Se me olvidaba! ¡Claro que cerramos con postre: un creme brulee espectacular!

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Día 2

Mi segundo día en Ginebra fue mi favorito y por una sencilla razón: ¡tuve un encuentro con mi familia! Mi tía Angélica, mi prima Anna y Rodolfo (novio de la primera mencionada) viajaron de su hogar a dos horas para visitarme y conocer la ciudad conmigo. ¡El mejor regalo! Y es que para mí que vivo lejos de mis seres más amados, estos encuentros, aunque sean breves, guardan un valor inconmensurable.

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Pasaron por mí a las 11 de la mañana y nuestra primera parada fue el Palacio de las Naciones, el centro administrativo y la segunda base de oficinas más importante de las Organización de las Naciones Unidas (ONU). Y aunque no logramos entrar, observar las banderas ondear desde afuera ya transmite una vibra solemne e importante.

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Caminamos después al Museo de la Cruz Roja. ¡Qué! Sí, un museo de la Cruz Roja, y contra toda expectativa negativa que puedan tener -y que confieso yo también tuve- el museo me tapó la boca y me dejó una huella. Primeramente, el despliegue tecnológico que atestiguas durante todo el recorrido es suficiente para apantallarte y hacerte entender lo que un país puede lograr con educación y recursos: audioguías automatizadas, proyecciones holográficas y testigos virtuales que recitan sus testimonios con el toque de tu mano sobre su mano, son solo algunas de las sorpresas que me llevé en sus salas.

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Y segundo, y sin duda más importante, con tan solo una hora dentro de sus paredes, entendí que la Cruz Roja no es solamente un lugar al que llevan a personas en situaciones vulnerables para que los atienda un médico (¡disculpen mi burda ignorancia!), sino un organismo entregado a la lucha y los esfuerzos necesarios para garantizar dignidad humana a todos los ciudadanos del mundo. Extender ayuda en situaciones de emergencia, apoyar en campos de refugiados, mediar con los prisioneros de guerra, son algunos de sus frentes de batalla.

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Luego del museo y de recargar energías y calorías necesarias para enfrentar el frío en La Romántica (una pizza cada quién y una botella de vino logró el cometido), salimos a recorrer y descubrir el centro histórico de Ginebra.

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La Catedral de San Pedro fue la parada obligada y no nos decepcionó, pues además de contar con la Capilla Maccabee y sus hermosas pinturas góticas, tuvimos la oportunidad de subir a las torres a admirar la vista y, de pasada y sorpresivamente, la estructura interna del inmueble. El panorama es hermoso: con el lago despeinado por el viento, los tejados de ladrillo y Mont Blanc salpicado de nieve por el otro lado, el lugar es digno de un abrazo acurrucado como los de Angélica y Rodolfo, de una fotografía y de ignorar el frío por más de algunos minutos.

Con los ojos felices de tanta belleza, bajamos mi familia y yo y salimos a caminar en dirección al lago. Queríamos admirar con más detalle su belleza y postrarnos ante el famoso Jet d’Eau, la fuente que tanto exaltan sus residentes. Y aunque por motivos que aún desconozco el chorro de agua se encontraba apagado, la caminata me ganó un momento de risas y plática sustanciosa con mi prima, algo que ningún jet de agua puede superar.

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Así nos dirigimos a un café para tomar un postre y tratar de contactar a René, quien seguía trabajando. Cuando por fin dimos con él una hora después, aprovechamos para caminar a lo largo del lago y admirar (y también soñar y bromear) las vitrinas de las tiendas, llenas de joyería fina y relojes que probablemente nunca podremos comprar. Ginebra es cuna de la relojería y la precisión, así que este recorrido frente a las ventanas de Bucharer, Piaget y Brietling es inexcusable.

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Con el pretexto de la caminata y con las ganas de extender un poquito más la convivencia antes de su regreso, Ruedi (de cariño para Rodolfo), nos invitó a tomar una copa y a cenar. De verdad que yo no tenía hambre, pero todo sea por tenerlos cerquita un ratito más. Nos metimos entonces a un restaurante italiano con un bar subterráneo. Y con una última copita de vino y platos de pasta compartidos, nos dimos nuestros abrazos y besos de despedida, que aunque un poco tristes, genuinamente agradecidos y satisfechos por las atenciones y la alegre compañía.

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Día 3

Mi tercer y último día fue más solitario e introspectivo, pero me las ingenié para recorrer lo que me faltaba de la ciudad y tener un par de gustos gastronómicos. ¿Por dónde caminé? Primero crucé por el puente Mont Blanc para llegar al Reloj Floral, luego continué hacia el corazón del centro histórico y sus calles sinuosas y empedradas; seguí hacia el Parc de Bastions y hasta el Muro de los Reformadores y luego me regresé para comer en Café Papón.

Mi lunch fue digno de mención: con una crema de calabaza y aroma de trufa acompañada de un panecito con un riquísimo foie gras, me aseguré de llenar la barriga sin robarle del apetito que necesitaría para la cena.

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Ya con las bases bien cubiertas, emprendí una búsqueda especial y forzosa que todos deben hacer cuando visiten Ginebra. Y es que ninguna visita a esta bella ciudad está verdaderamente completa hasta que no degustas, pruebas y gastas unos buenos francos en chocolates. ¡Y es que el chocolate suizo! Yo me di un gustito en dos casas chocolateras: Laderach y Auer, ¡y quiero decirles que el gasto vale cien por ciento la pena! Bombones, tablas, trufas, rellenos… ¡hay para todos los gustos sin restarle a la calidad de sus productos! Ya de regreso en Panamá, sigo complaciéndome con un cubito de cielo al día.

Mi visita en Ginebra tuvo su conclusión en L’Entrecote Couronne. Otra vez acompañados de un amigo, despedimos la ciudad de la misma manera que la saludamos: con buen vino, buena carne y y una sensación de camaradería.

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Visita veloz en Ámsterdam

¡Hola a todos otra vez! ¿Cómo ha ido esta semana? ¿Muchos viajes? ¿Planes? ¿Vuelos comprados? Yo hoy quiero seguir con el relato de mi último viaje a Europa. Y es que, como ya les había contado, el paseo no terminó con el fin de semana romántico en París.

Luego de disfrutar todos los pain au chocolat y sentir el corazón latir con cada vista de la Torre Eiffel, tomamos nuestras maletas y nos fuimos en tren hasta Ámsterdam. ¿Por qué Ámsterdam? Primeramente, porque una de mis cuñadas vive allá con su futuro esposo y queríamos celebrar su cumpleaños con ella. Y en segundo lugar, y no menos importante, porque la ciudad más conocida de Holanda guarda entre sus canales y miles de bicicletas, una magia de pueblito pequeñito que se fusiona con el vanguardismo y la tecnología de una gran ciudad.

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Nuestra visita fue demasiado breve, pero la desquitamos bien. Con poco más de 24 horas (sin contar horas de sueño), conseguimos cenar comida Nepalí, recorrer sus hermosos canales, visitar una de las pinacotecas más importantes del mundo y cenar en el único restaurante teppanyaki en Europa con una estrella Michelín.

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Una vez que llegamos del tren al departamento de mi cuñada (¡con una hermosa vista a un canal!), salimos todos (también coincidimos por allá con mi suegro y su novia) a cenar a Sherpa. Un restaurante pequeñito, de sabores nepalís y tibetanos, fue la opción perfecta para entrar en calor y en un ambiente familiar y súper relajado. Cenamos abundante y rico: curry de pollo, curry de cordero, vegetales, espinacas a la crema, unas bolitas tipo dumplings llamadas Momo, sopa de lentejas, stir fried noodles con verduras, pan naan y un postre que parecía un arroz con leche con coco y mango también muy sabroso.

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Con las barrigas llenas y ya entrados en calor, tomamos un taxi de regreso a casa, pues hacía demasiado frío como para caminar.

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Amanecimos al día siguiente con un Ámsterdam soleado, aunque no por eso menos helado. Desayunamos huevitos en el depa, tomamos café y disfrutamos ver los patos chapoteando en el agua. Ya listos todos, a media mañana, salimos a caminar. Ya conocía yo la ciudad, pero la cantidad de ciclistas y bicis estacionadas y en movimiento no dejó de impresionarme. Aún con el frío (aún con lluvia, triques cargando, perros, tacones, viento), los holandeses son fieles a su medio de transporte favorito y debes ser precavido y caminar por las banquetas o los lugares dispuestos para peatones sino quieres terminar arrollado.

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Confieso que el frío nos ganó un par de veces, por lo que tuvimos que encontrar un par de refugios que nos regresara el calor. La primera vez entramos a la Iglesia de San Nicolás, una iglesia neobarroca y neorrenacentista donde dan misas en inglés.

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Salimos a explorar otra vez, y en nuestro recorrido entramos al famoso Red Light District. Vimos las fachadas con los focos rojos (algunos encendidos otros no), pasamos por el Museo del Sexo, miramos las mujeres en las vitrinas y continuamos con nuestro tour, pasando también por muchos coffee shops, tiendas y restaurantes.

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Cuando el frío nos volvió a vencer entramos a tomar un café en un local de carácter universitario. Y una vez más, cuando habíamos recuperado el valor para salir a la calle, nos dirigimos ahora sí sin paradas al Rijksmuseum, uno de los museos más importantes de Europa. Dentro del edificio, que fue construido a finales del siglo XIX con la intención precisa de que fuera un gran museo, se guardan obras importantísimas como La Ronda de Noche de Rembrandt y La Lechera de Johannes Vermeer.

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Para terminar la visita con broche de oro y sobre todo, para festejar a Michelle por su cumpleaños, mi suegro nos invitó a Sazanka. Del chef Masanori Tomikawa, nace la idea de un restaurante que conjugue una alta calidad de ingredientes y la amabilidad y precisión de la cocina japonesa. Así, nos sentamos todos frente a la parrilla y consideramos el menú en lo que nos abrían la primera botella de vino (Mas La Plana).

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La opción era clara: pedir un menú fijo en lugar de a la carta para poder probar de todo un poco y vivir una verdadera experiencia teppanyaki de calidad. Yo elegí el Sazanka Clásico y superó mis expectativas desde el primer tiempo. El Wagyu Beef estilo tataki, llegó lleno de color en un plato de cerámica. La carne, marmoleada y delgadita, era la propia evidencia de su contenido graso y calidad. Sinceramente yo creo que no he comido un tataki más delicioso que este. Y apenas comenzaba la noche.

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Se cocinaron frente a nuestros ojos cortes de pescado del día en claras a punto de turrón y sal; lajas de magret de pato con hongos japoneses, carne angus con vegetales de la temporada y un delicioso arroz frito con pepinillos y ensalada. Ya descorchada la segunda botella de vino y con sonrisas de parte de todos nosotros por el festín, llegó la hora de cerrar la noche con el postre: una crepa con helado de sésamo, fruta fresca de la estación y deliciosos hilos de chocolate para coronar.

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De verdad es que la comida no tiene que ser complicada para ser gourmet o deliciosa, y nuestra cena en Sazanka es testimonio de que contar con ingredientes de altísima calidad asegura una experiencia completamente nueva y digna de que saliven todos tus sentidos.

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Así terminó nuestra parada veloz por Ámsterdam. Y aunque nos hubiese gustado prolongar la visita, el deber nos empujó hacia la próxima ciudad. ¿Adivinen cuál es el siguiente punto del itinerario? Les doy una pista: chocolates.

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