Recorro el 2016

Pareciera que cada 365 días (o 366 de vez en vez) me siento frente a la computadora o un cuaderno o simplemente en el carro mientras cruzamos alguna calle transitada en nuestro recorrido a alguna fiesta, cena o discoteca, y reflexiono sobre el año que dejo atrás. Pienso en los libros que leí (este año fueron pocos, confieso), en los restaurantes que visité, en las amistades que gané y aquellas que nutrí -o también dejé morir-, en los regalos que envolví y en aquellos que me sorprendieron. Pienso en los viajes: en amanecer entre copos de nieve y la sensación de la escarcha bajo los esquís; en la sal de Playa del Carmen y las aguas iridiscentes de Bacalar; en el clink clink de los casinos y el baby doll que escogí con mi mamá y mi abuela. Pienso en los paseos por las montañas de California, en tantos vientos acariciados con la ventana del coche abajo, y en el recorrido por Coronado que hice en bicicleta con mi familia después de que desempacara la mitad de mi vida en un clóset insuficiente. Pienso en Cancún: en atravesar un camino de jungla con los pies destrozados de tanto bailar una noche antes y llegar al cuarto de palapa y mosaico donde amaneceríamos y dormiríamos desbordantes de amor. Pienso en Venecia, en la costa italiana, en el castillo que Maximiliano erigió en Trieste y en los templos rotos de Corfu. Pienso en el mar, en el azul mañanero y su profundidad durante las horas de amarnos. Pienso en Dubrovnik, en los techos rojos y la ropa colgada al sol, que junto con cada ladrillo de aquella muralla orgullosa cuidaron de nuestros besos y carreritas. Pienso en aquel ocaso, aquel que sobre los viñedos de La Toscana me ensanchaba el pecho, haciéndole un hueco más grande al corazón que tenía prisa por escapar. Pienso en Cinque Terre y los bolillos con jitomate y jamón que nos comimos mientras admirábamos los reflejos de océano y luz en cada casita de color. También pienso en la carretera que nos llevó a Lago di Como, en la champaña que descorchamos y nos tomamos en el balcón; pienso en Milán y en nuestro paseo en góndola en nuestro último día en los canales del Veneto. Pienso en San Diego, en cargar mi playera de México hasta la punta de Rock House Mountain y agitarla como diciendo “¡aquí sigo y tú en mi corazón!”. Pienso en la playa, en la costa escarpada de La Jolla, en  la extensión gris de Los Ángeles, en los taquitos Providencia que en un regreso volví a comer. Pienso en el sol de Tijuana, en los tacos de langosta de Puerto Nuevo y en la gripa que me quiso dar después. Pienso en mi México: en nuestro regreso a casa porque nos quedamos sin una, en la escapada que nos dimos a Tapalpa y y las vacas y los toros que por un ratito nos compartieron su lugar. Pienso en San Miguel de Allende: en sus tiendas y restaurantes frescos, en la silla de mimbre que en una galería fingí querer comprar; pienso en sus monos de papel maché, en la novia afuera de la iglesia, y en sus callejones y miradores que nos velaron mientras regresábamos borrachos y a carcajadas después de tanto caminar. Pienso en el castillo que volví a visitar pensando en mi abuelo. Pienso en Panamá. En sus rascacielos interminables y la vista que desde el 60 tengo al mar. Pienso en los archipiélagos: en aguas calmas y estrellas de mar que conocí por primera vez con mi mamá, que no entendía por qué los kiwis me costarían 60 pesos de ese momento en adelante. Pienso en Colombia, en descubrir un Medellín verde y amable y en hacer lo posible por acabar con una bandeja paisa que tanto disgusto me terminó por dar. Pienso en trepar y sudar 740 escalones para admirar la tierra partida en islotes, las aguas verdes -espesas desde de lo alto-, las nubes frondosas. Pienso en Cartagena: en el sopor envolviente, en los patios de los restaurantes, en la panga que nos llevó a Rosario, en el aguardiente en garrafa y en el aguardiente en tetrapack. Pienso en los muchachos de los tambores, en los disloques de cadera excitantes en el centro de la plaza. Pienso en caminar por sushi sola una noche y en el bikini y la bolsa que me regalaste. Pienso en regresar. Pienso en Casco Viejo: en la pasta con trufa que disfrutamos y la botella de vino que nos impidió pasar del restaurante al bar; en la boutique de chocolates donde me tomé un café y en la terraza que nos invitó a cenar. Pienso en Bocas del Toro: en convertir mi intuición de que cada playa es un paraíso en certeza mientras te observaba lanzar un palo de un lado a otro del cayo como si fueras un niño que sólo quisiera jugar. Y finalmente pienso en Vallarta -de donde escribo ahorita entre lágrimas y llena de humildad. Mi Vallarta tan azul y hermosa como siempre: en sus playas escondidas y verdes que mi hermana me revela, en sus atardeceres rosas, en las tortugas amorosas, en las caminatas por la arena, en Django revolcado por las olas -pero nunca soltando el frisbee de su boca-, en abrazar a mis papás, y en las ballenas que cada diciembre vienen a bailar, a ayudarme a recordar y revivir el año para que llena de agradecimiento, y siempre con un toque de melancolía, no tenga miedo de soltar.

Viaje exprés a la CDMX: sorpresas y sugerencias de los que saben más

Hace poco tiempo tuve que ir a la Ciudad de México de emergencia. De esas veces que de un día para otro compras un vuelo para irte tempranito al día siguiente y regresar 24 horas después. Y bueno, quiero decirles (aunque quizá ya se lo imaginan) que Ren y yo jamás desperdiciamos una oportunidad para conocer, comer y tomar. Así que, también de un día para otro, iniciamos nuestra investigación y nuestras encuestas en redes sociales (¡seguro más de alguno de ustedes hasta respondió a mi pregunta) para llegar sabiendo dónde desayunar, comer y cenar. Deben saber que yo tenía más de 10 años sin visitar la capital, por lo que necesitaba una guía (amigos, familiares) diestra y de expertos que me orientaran.

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A las 5:00 am llegamos al aeropuerto y, como no llevábamos más que una maletita de mano, ni tuvimos que documentar. ¡Eso sí, las filas para pasar por revisión y seguridad no tenían fin! Les paso el tip: si tienen que viajar por algo a esas horas, ¡no subestimen los vuelos de madrugada, son súper populares!

Llegamos a las 7:30 am al Distrito Federal y con el tráfico, realmente hicimos nuestro check-in en el hotel hasta las 8:40. Nos hospedamos cerca del Ángel de la Independencia porque nuestro motivo del viaje se acotaba a a la zona y, con esa misma mentalidad (y algo de restricción en nuestros tiempos), emprendimos nuestro camino a El Cardenal. Cuando pregunté por Facebook cuál era el mejor restaurante para desayunar por la zona, ese se llevó la votación por las patas.

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Caminamos algunas cuadras hasta que lo encontramos: amplio, con luz calientita entrando por los ventanales, lleno de señores en desayunos laborales y señoras festejando algún cumpleaños; muy tradicional y, desde la primera interacción, anunciando que contaban con excelentes meseros.

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Pedí mi café negro, una conchita y un jugo de tuna. René, agua natural. El capitán de meseros muy amablemente nos explicó todos los tipos de huevos y los platillos capitalinos tradicionales que desconocíamos. A sugerencia de un garrotero pedí un omelette de huitlacoche, gratinado y en salsa de tomate. El Panzón pidió un platillo sustancioso, los Huevos Montados, así, puestos sobre un par de gordas con salsas diferentes y queso cotija, y nadando en frijoles de la olla. ¡No sé quién se chupó más los dedos! Pero el desayuno no terminó ahí. Mientras pasábamos bocados de nuestros huevos y café, yo veía que los meseros iban y venían con unas canastas de pan y lo que parecían platitos llenos de nata. Traté de ignorarlos (¡ya tengo un par de meses queriendo cuidar el tamaño creciente de mis nalgas!), pero el señor de la mesa de enfrente a la nuestra se las comía tan sabroso: embarrando el bolillo contra lo cremoso del lácteo, limpiándose el bigote con sus dedos regordos… ¡No me resistí! En dos minutos un joven muy atento me sirvió el manjar y yo, en dos segundos más, ya estaba espolvoreando azúcar sobre el primer pedacito.

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Saliendo con las barrigas felices caminamos a redescubrir el Zócalo. Con una feria tipo tianguis en medio de la plaza, no pude apreciar sus dimensiones extensísimas, pero sí entramos a La Catedral, la admiramos un rato, y luego terminamos de recorrer el Palacio Nacional y el resto de las oficinas de gobierno. Alegres pasamos también por Bellas Artes, donde un tumulto de entusiastas y medios esperaban la probable llegada de los restos del muy querido Juan Gabriel.

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De ahí en más el día transcurrió sin mayor eventualidad. Asistimos a las citas, esperamos en el hotel, y para eso de las 8:15 pm nos encontrábamos en El Péndulo de La Roma, haciendo tiempo (y comprando libros) para la hora de cenar con Ceci mi amiga y Diego su novio.

A la mañana siguiente no teníamos ni un pendiente más que tomar un avión. Y como eso sucedería hasta la tarde, planeamos nuestra mañana para nuevamente desayunar rico y culminar el día en el Castillo de Chapultepec. Otro lugar muy mencionado en mi encuesta en Facebook fue Lardo, y como además se encuentra en La Condesa y a pocos pasos del Castillo, concluimos que era la mejor opción.

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¡Y qué desayuno! A diferencia de El Cardenal, en Lardo encontramos esa propuesta gastronómica de la que tanto se presume (¡y que tanto quería encontrar!) en el Distrito Federal. El lugar es informal y acogedor, lleno de plantas, con una barra extensa, una cocina abierta y el aroma de pan recién horneado y café recién preparado desprendiéndose en cada rincón. Según entiendo, Lardo es proyecto de Elena Reygadas, misma quien hornea pan delicioso en Rosetta y que lo repite en sus hornos en el restaurante del cual les hablo.

Como ya la dieta había quedado olvidada en algún portal, pedí un café y un pan danés, ¡pero doble! Y digo doble porque era como un ocho, en una oreja crema pastelera y en la otra mermelada casera de frambuesa, ¡de verdad espectacular y de repetir y de antojar!

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Para seguir ordené un latté y revisé el menú con deleite. ¡A veces hay tantas opciones tentadoras y cuesta tanto elegir! Finalmente me convenció el estofado de tomate, albahaca, calabacitas, zanahoria y parmesano con un huevo estrellado. ¿Han probado la lasaña de berenjenas o la moussaka griega? Pues este platillo me hizo pensar en una mezcla de lo anterior, sólo que con un huevo y una textura suave aunque sorpresiva. ¡Me fascinó! ¡Hasta Ren, que es cero fan de las calabazas, lo encontró espectacular! Y sobre todo me encantó que es un desayuno súper diferente a lo que estamos acostumbrado, pero no por eso se sintió o supo menos cálido u hogareño. Me lo comí con el gusto de recordar algún plato que tu mamá te hizo durante años y que tú simplemente no has logrado recrear.

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Por su parte, René pidió unos chilaquiles verdes, pero también tienen un twist: trozos de aguacate y un bodoque de queso burrata que a todos los paladares suele enamorar. Y claro, el Panzón le agregó un huevo.

De verdad Lardo queda recomendadísimo, y yo ya tengo ganas de regresar y probar sus tapas, vinos y cenas.

El resto de nuestra estancia en la Ciudad de México lo pasamos en un lugar que yo llevo muy cerquita del corazón: el Castillo de Chapultepec. Cuando niña iba por lo menos una vez al año al DF porque mi Tito (mi abuelo materno) nos llevaba a mí y a todas mis primas. Era un viaje especial, en verano, en carro, donde la convivencia familiar y la visita al Papalote Museo del Niño y al Disney On Ice era primordial. La última vez que fui al Castillo fue con mi Tito. Entonces podía caminar y subir escaleras sin problema, podía comer churrascos y tomar ron con cocas sin que se le cerrara la garganta, y podía abrazarme y decirme “¡mi niña adorada” porque seguía en este mundo oliendo a Azzaro y retocándose el copete con su peine de carey.

Recorrimos todos los rincones del Castillo, sus balcones con pisos de ajedrez, sus carrozas y carruajes, sus salas de lectura, su museo, su arte, sus murales; sus retratos de Allende, Hidalgo y los Niños Héroes; sus jardines, cocina y cuartos de baño. Al inicio no sabía si el corazón se me hacía chico o se me engrandecía, quizá los dos. Lo que sí es que conseguí un sosiego que desde hace mucho le hacía falta a una parte de mi alma y confirmé que para siempre ese lugar será especial.

Así terminó nuestra visita exprés al DF, con la barriga y el corazón plenos y con muchas ganas de regresar. ¡Compártanme sus restaurantes y lugares favoritos en la capital! ¡Quiero visitar muy pronto!

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Weekend getaway a San Miguel de Allende

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La última vez que visité San Miguel de Allende, Guanajuato, no podía ni entrar a un bar. Sí, los más de diez años sin recorrer sus callecitas empedradas ni chacharear canastas de flores secas en la Plaza Principal, ya reclamaban una visita. Así que le insistí a René que merecíamos un descanso del estrés que los últimos días nos había sofocado, hicimos las maletas y nos fuimos.

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El paseo nos duró cuatro días: de viernes a lunes. Y aunque creíamos que serían suficientes, descubrimos que la propuesta cultural y gastronómica de San Miguel alcanza para mucho más. Como reservamos nuestro hotel de un día para otro, no conseguimos llegar a Casa de Liz. En su lugar escogimos uno más modesto, pero muy limpio llamado Casa de las Conservas. En el Bed & Breakfast producen sus propias salsas, mermeladas y pan, por lo que al llegar a hacer nuestro check in, las ráfagas de mantequilla y canela nos dedicaron un baile de bienvenida.

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Luego de instalarnos en nuestro cuarto, salimos en búsqueda del Tío Lucas, un restaurante que un tío muy querido, que ya lleva años y años viviendo en Celaya, Guanajuato, con mucha emoción nos recomendó. El lugar me sorprendió: la fachada, muy pintoresca, tiene en la parte superior una fila de macetas de diferentes formas y tamaños con sus plantas verdes y rebosantes. Una vez adentro, se revela un patio muy fresco y alegre, con una concha en una esquina donde un trío desafina plácidamente un “Si nos dejan”.

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Para brindar por nuestra escapada romántica, pido un Merlot y Ren una Corona. Al centro, un queso fundido con chorizo. Echamos un vistazo al menú, los precios son un poco altos, pero no exagerados y estamos decididos a disfrutar. El queso, con tortillas recién hechecitas, es vasto y delicioso, así que de plato fuerte me limité a ordenar una sopa de tortilla, ¡de verdad exquisitísima! El Panzón sí pidió su Tampiqueña que, como debe ser, incluye un par de enchiladas, arroz, frijoles y guacamole con totopos. Terminamos realmente satisfechos y con un soponcio que de plano nos mandó a dormir temprano, no sin antes entrar a un par de boutiques a admirar la ropa hecha a mano con bordados indígenas, pero cortes modernos.

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Nos levantamos al día siguiente y desayunamos en el hotel. Los vasos de fruta con yogur y los huevos rancheros nos revivieron los ojos y ánimos para explorar durante todo el día. Nuestra primera parada fue el Centro Cultural Ignacio Ramírez El Nigromante. El recinto es parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y fue construido inicialmente (1755 inició) como un convento. Y después de ser convento, colegio para señoritas, cuartel de la Revolución y escuela de Bellas Artes, terminó en la ruina y fue entregado al INBA. Como centro cultural se inauguró hasta 1962. Tanta historia se filtra de sus arcos, patios y escalinatas; de sus paredes que albergan lo más reconocido de la escena artística de la región; de sus murales de Siqueiros y Pedro Martínez. ¡Vale mucho la pena entrar y además es gratuito!

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Conocimos después la Iglesia de la Purísima Concepción y luego caminamos hasta Jardín Allende (el parque principal), donde sin faltan seguían vendiendo, como desde hace diez años, adornos de flores secas, globos, dulces, helados y frituras.

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En nuestro recorrido por las callecitas de colores encontramos una boutique/galería enfocada a cosas de interiorismo y hogar. Con un patio iluminado y enriquecido por una pared de agua, llamó mi atención y me insistió a ingresar. Ya adentro me enamoré de una silla tejida de mimbre, como una silla Acapulco, aunque con un twist. Obviamente, el precio y nuestro cambiante paradero impedía que hiciera algo más que admirarla, así que después de ilusionarme un rato y jugar a la casita, salimos y mejor nos dirigimos a encontrar otro lugar que curiosear.

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Dimos con Nudo, una galería que exponía grabados de los famosos papalotes de Francisco Toledo; avistamos tienditas con floreros y vajillas enteras con puntos coloreados; consideramos comprar macetas y jarrones en Trinitate; y seguimos a dos muñecotes de papel maché y a un par de novios que salían de la Parroquia de San Miguel Arcángel, antes de concluir que teníamos hambre y que La Parada era la siguiente parada en nuestro itinerario.

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Con la caminata y el calorcito, los ceviches y tiraditos de La Parada (restaurante de cocina peruana) se nos antojaban más que otra cosa. El lugar, como casi todos en este pueblo Patrimonio de la Humanidad, se mantenía fresco, ligero y lleno de buena vibra. Con un pizco sour y una copa de vino blanco bien, elegimos porciones minis de cada ceviche y tiradito para no quedarnos con las ganas. Además, un Arroz Afrodisiaco, con camarones, calamar y otros mariscos completó nuestra comida. Nos habíamos sentado en la barra (¡el lugar estaba atascado!), pero resultó un acierto, pues platicamos con un par de americanos jubilados que nos recomendaron un lugar para que desayunáramos al día siguiente, y además quedamos a la pasada de la gente que entraba y salía, y entre dicho tumulto dimos con JP Partida y Luis Lozano, ¡súper buenos amigos y mejores wedding planners del mundo!

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Tomar un descanso y lavarnos los dientes y la cara requirió que regresáramos al hotel. Pero una vez cambiados y refrescados, salimos directito al rooftop Luna del Rosewood Hotel a tomar unos drinks y encontrarnos nuevamente con Juan Pablo y Luis. ¡La vista es espectacular y los tragos con mezcal pronto comenzaron a hacer su efecto! En lo que menos pensábamos, ya todos nos estábamos moviendo nuevamente por las calles mágicas de San Miguel y hasta El Pescau, donde siguieron fluyendo los tequilas y también (por razones de salud), los tacos.

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Terminamos la noche en La 21Única, una cantina que nos vio cantar rancheras y banda y que además nos mantuvo intactos durante la lluvia que acaecía afuera.

No les voy a mentir y confesaré que amanecía al día siguiente con una de las peores crudas que he tenido la desfortuna de vivir. Como pudimos, logramos arrastrarnos hasta Café MuRO, aquél que nos habían recomendado en La Parada. ¡Fue un éxito! Acompañamos el café calientito con un pan casero, mermelada y una salsita picante y necesaria. Ren pidió unos chilaquiles rojos muy muy muy sabrosos y yo unos huevos divorciados con guarnición de chilaquiles en salsa de chile pasilla. El servicio además fue muy atento y amable y quedamos encantados y dispuestos a volver.

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El resto de nuestro día transcurrió en más galerías y tiendas, en saborear una nieve de garrafa de fresa y dulce de leche, en entrar a la famosísima e igualmente hermosa Parroquia y en callejonear hasta que llegó la hora de cenar. ¡Y guardamos lo mejor para el final!

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En el Hotel Matilda, Enrique Olvera tiene una de sus joyas: Moxi. Ya en sí el hotel es grandioso: moderno, acogedor, de verdad un sello de diseño y vanguardia en San Miguel que vale la pena conocer. El restaurante está en la terraza del hotel, con vista a un mural que arropa la alberca y a los huéspedes que suben relajados después de una aromaterapia en el SPA. ¡La comida fue exquisita! Pedimos de entradas un tamal de frijol con crema de rancho y ceniza de cebolla, y un fetuccini con tomates cherry, aceite de anchoa, chile de árbol y queso parmesano del cual nada más no me podía saciar. De platos fuertes: un lechón confitado, con rábanos y berros y tortillitas recién hechas, y un New York con chichilo y calabacitas orgánicas. ¡Delicioso! Y de postre: un pay de limón con crumble de cacahuate, helado de yogur y merengue de cítricos que de verdad estuvo espectacular. Sin duda Moxi hace honor a su nombre (significa “antojo” en Otomí) y nos deja babeando y alucinando con el día en que regresemos.

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Así terminamos nuestra escapada a San Miguel de Allende, con la barriga feliz y nuestra mente despejada.  O por lo menos eso creíamos. Porque en nuestro regreso a Guadalajara nos encontramos con una sorpresa: cerca de La Piedad, ¡un campo de girasoles a todo florear! ¡Enloquecí! ¡Paramos el carro en el acotamiento de la carretera y corrimos a ellos a admirarlos, olerlos y tomar fotos. Y ese sí fue el verdadero y hermoso final de nuestro recorrido.

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Fin romántico en Tapalpa, pueblo mágico

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¡Ya tenía mucho tiempo sin escribir! Pero en mi vida se cruzó una boda (¡sigo soñando con ese día!), una luna de miel, una mudanza, un regreso y otra mudanza que parece ser que será un poquito menos temporal. El caso es que estoy feliz de regresar a mi computadora y a este blog que tanto quiero y mediante el cual extraño compartir.

Y para retomar mi disciplina hoy les tengo una entrada sobre un lugar muy bonito y cercano al corazón de los tapatíos: ¡Tapalpa! Les cuento que Ren y yo estábamos un poco aburridos en la ciudad, pero también un poco amarrados a ella, por lo que no podíamos escaparnos por más de una noche. Así que encontramos en Tapalpa la solución perfecta a nuestro hastío. Y la verdad es que la pasamos tan bien que quiero compartirles todos los detalles de nuestra salida espontánea.

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Salimos a carretera tempranito. O por lo menos esa era la intención (yo quería llegar a desayunar al pueblo), pero el sueño nos venció un par de horas más de lo contemplado y terminamos por encaminarnos hasta las 10:00 AM. Aún con la demora, encontramos en Internet un restorancito que sirve desayunos hasta las 12:30, así que nos aventamos con el estómago vacío, pero felices de que al llegar encontraríamos café, pan y crema y quesos frescos que sólo en los pueblos puedes probar (¡son los mejores!).

Nos fuimos por la carretera libre y todo transitó en orden. Con curvas y todo hicimos exactamente dos horas a la entrada del pueblo, y además nos tocó avistar a los aventureros madrugadores planeando en sus parapentes. ¡Es un recorrido muy lindo!

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Llegamos directo a Madre Tierra, el restorán que buscábamos, en la Plaza Principal de Tapalpa. Con mesitas de madera y troncos de árboles como sillas, el lugar nos recibió acogedor y calientito. Tenía tanta hambre que mal entré, pedí mi café negro y un omelette (siempre de puras claras) de cebolla guisada y chorizo con una guarnición de chilaquiles rojos y un bodoquito de frijolitos con queso cotija. Ren ordenó sus chilaquiles rojos con dos huevos estrellados. Fue una sorpresa que trajeran mi café en un matraz, recién goteado de un clever. De pronto pareciera que estos métodos de extracción se reservan para los cafés cool de la ciudad, así que quedé muy complacida. Todavía puedo saborear mi omelette y ver a mi Panzón comiendo vorazmente todo lo que había en su plato.

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Luego de desayunar fuimos a instalarnos en nuestro hotel, ¡y este fue otro gran acierto de nuestro viaje! Nos hospedamos en Villa Cassis Hotel Boutique, un hotelito en lo alto del pueblo, con cuartos muy acogedores, ponche de granada en el recibimiento, plantas frondosas en el pasillo principal, servicio súper amable y una vista hermosa desde la terraza donde te sirven de desayunar.

Ya sin triques regresamos al carro y nos dirigimos a las famosas Piedrotas. Hicimos unos 15 minutos desde el hotel y en el camino disfrutamos del área boscosa que tanto me hace suspirar. La visita fue muy breve porque empezó a llover. Pero tuvimos oportunidad de jugar y tomar fotos de unos toros y unas vacas que completaban el paisaje.

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También aprovechamos la vuelta para visitar la casa que mi cuñada y su esposo construyen en un pueblito aledaño. Nos perdimos un rato entre tanta curva y lluvia, pero por fin llegamos y el supervisor de obra y su perro Ramón nos dieron todo el tour.

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Aún sin hambre y con lluvia, decidimos regresar al hotel, donde pasamos un par de horas resolviendo un crucigrama y donde Ren además tomó una siesta. Los dos ya conocíamos Tapalpa, así que no teníamos prisa de ir a todos lados. Además, es bonito también tomarse el tiempo para relajarse y pasar el día sin apuros. Tapalpa es chico y se presta para descansar.

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Ya despabilados salimos a caminar. En los portales de la Plaza Principal de Tapalpa probamos rompope de vainilla, nuez y piñón, y curioseamos las artesanías de madera y cuero. Como a eso de las 6:00 PM nos dio hambre y entramos a Los Girasoles. Pedimos un platón para dos personas (con frijolitos refritos, panela, guacamole, pollo desmenuzado en salsa, y salsa mexicana) y un tequila para bajarlo todo. Aunque no hacía mucho frío, la lluvia y la sierra siempre proponen una tarde tranquila y tequilera. El platón (deliciosísimo, por cierto) bastó para mí, pero Ren pidió después una carne asada. El rato nos duró dos horas, y es que platicamos tan a gusto y el restorán es tan lindo, que no queríamos precipitarnos y esperamos la noche caer.

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Otra vez en la Plaza, me dio por revivir las travesuras de mi infancia y me acerqué a un puestito a comprar buscapiés y otros cohetes de muchas chispas y poco tronar. Nos reímos con los chiquillos vagos que se acercaban a los petardos justo antes de explotar, tomamos fotos y nos entretuvimos hasta que el barullo en los portales nos antojó otro vino. Nos sentamos en una esquina, sinceramente no recuerdo el nombre del lugar, y nos tomamos una cazuelita y comimos chícharos y cacahuates de un platito en el centro de la mesa.

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Al regresar al hotel tuvimos la fortuna de que nos recibieran con una botella de vino tinto, así que la abrimos y nos tomamos un par de copas más antes de dormir.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, recibimos por una puertita pequeña una bandeja con una jarra de café fresco y galletas de naranja para acompañar. Son detalles así los que engrandecen tu estancia en un hotel. El desayuno (subimos como a las 10:00 AM), igual que las galletas mañaneras, estaba incluido en nuestra reserva (y me parece que en la de cualquiera que se hospede en Villa Cassis). Lo sirven en la terraza, en un segundo piso, con vista al pueblo y a un lago un poco más alejado del paisaje. Nos sirvieron yogur con frutas, jugo y panes con mermeladas caseras. Y como plato principal, un plato de chilaquiles rojos o verdes al gusto. Yo los pedí verdes, y creo que fue la elección más atinada, pues venían con rajas y cebolla guisada, lo que les daba un toque extra de sabor.

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Con la barriga feliz, empacamos, subimos las maletas al carro y regresamos a la Plaza Principal. Entramos a la iglesia (yo no la conocía, o por lo menos no la recordaba) y compramos el rompope y la cajeta para regalar en casa. He de confesar, que se me cruzó un tamal de acelgas, y no me importó que todavía tuviera los chilaquiles en la garganta, le puse extra queso y extra crema y me lo comí.

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Para completar la visita a Tapalpa y tomar las fotos que me hacían falta, regresamos a Las Piedrotas antes de partir. Esta vez no nos embelesamos con las vacas, sino que caminamos a los monolitos, nos trepamos, admiramos la vista y a los intrépidos lanzándose en una tirolesa a primera vista demasiado improvisada y nos sentamos a despedir a nuestro paseo que en poco habría de terminar.

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A veces estamos fatigados de ir a los mismos lugares cada fin de semana y se nos olvida que a poco tiempo de la ciudad, a un precio razonable y a una corta distancia, podemos conseguir un par de días diferentes, relajados, románticos, memorables, al gusto de cada quien. Nosotros nos la llevamos tranquilos y lo tomamos como un weekend getaway, pero en Tapalpa hay muchas otras actividades que puedes realizar: paseos en cuatrimoto, aventarte del parapente, ir de hiking y a explorar. El chiste es animarse y aprovechar todas las opciones que tenemos cerca.

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¡Mis seis cafés favoritos de la ciudad!

Si un vicio tengo en esta vida -y por favor admitamos que todos tenemos uno- es el café. No fumo, no me drogo, no apuesto y no me embriago hasta las patas, pero no me pregunten sobre mi adicción al café porque ahí sí que no tengo ni dónde esconderme.

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Mi amor por el café -y su necesario ritual del que algún día escribiré- hacen que esta entrada sea súper especial para mí, y que además la esté trabajando en colaboración con Expedia.mx, ¡la vuelve todavía más emocionante!

¡Así que sin más cuentos les presento mis cafés favoritos de Guadalajara por si viven o algún día viajan a mi hermosa ciudad!

1. Palreal – Mi consentido desde hace ya un rato, Palreal siempre me recibe como en casa de amigos queridos. Su local pequeño en Lope de Vega 113, muy cerca de atracciones turísticas que tienes que visitar, como Los Arcos Guadalajara o la Glorieta Minerva, cuenta con mosaicos en el piso, mesas pequeñas y una barra de madera, crean el ambiente perfecto para disfrutar con calma y a sorbitos un café filtrado en Chemex. Me gusta Palreal porque además ofrece mucho más que un café o un método: sus creaciones como el cascarindo y el agavate presentan una aventura de sabores hasta para los más conocedores.

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2. Becada – La atención y variedad de cafés que Becada ofrece con cada visita, además del frescor que expiden sus ligeros aspersores y su tosta de atún con guacamole que hace a mi barriga suspirar, son razones suficientes para que este local (Montevideo 3181) entre a mi lista de favoritos.

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3. Matraz – Si quieres un café perfecto para ir a trabajar con buena música mientras degustas un latté muy espumoso, Matraz es la opción perfecta. Escondido en una hilera de casas en Buenos Aires 2679, Matraz es una propuesta local y deliciosa, llena de una vibra cool sin dejar de ser casual y acogedora. Además, y este es un súper plus, tienen en su carta un sabroso Matcha Latté, que en la ciudad es muy difícil encontrar.

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4. Café 5 PM – Para una larga tarde de pláticas con amigas o familia, Café 5 PM siempre pone los ingredientes necesarios: una luz bajita, foquitos sobre la barra, deliciosos pasteles y tartas y un rico Café Sublime. Siempre lleno de conversación y bullicio, 5 PM (Guadalupe 5181-B) te regalará la tarde perfecta para ponerte al día con aquellas que quieres más.

5. Espressamente Illy Podrán decir que Illy no es una propuesta local u original, pero no podrán negar que la calidad y el servicio que Illy ofrece es excelente. No porque algo sea comercial o de cadena quiere decir que es negativo, pero a veces nos vamos con esa finta. A mí me encanta ir (en Providencia 2969), tomarme un espresso doppio y resolver crucigramas con René en una de sus mesitas del balcón. Además, sus postres y pizzas son ricas para completar la tarde.

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6. Bianchi Café and Cycles – recientemente descubrí Bianchi Café and Cycles (Pablo Neruda 2365), un lugar que, como su nombre lo dice, no sólo es cafetería, sino una tienda de hermosas bicicletas. Su propuesta nace de inspiración italiana y del amor por la rodada. En el mismo lugar puedes tomarte un espectacular macchiato, saborear un crostino de ricotta, higos, menta y miel, mientras alguien del taller te ayuda a cambiar el asiento o la cadena a tu Bianchi.

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Hay muchos otros cafés ricos y bonitos en Guadalajara, pero estos son los que hasta este momento más me gustan y más me hacen disfrutar mi taza matutina o de sobremesa. ¿Qué otras sugerencias y novedades tienen ustedes? ¿A dónde nunca dejarán de ir por su café?

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