Cabana: tradición y vanguardia a la italiana

¡Hola a todos! ¡Qué tal les va en esta Semana Santa! ¿Ya están asoleándose en la playita? ¿Quizá asando bombones en la montaña? ¿Descubriendo algún destino exótico? ¡Quiero que me cuenten!

Hello my fellow readers! How is your week off going? Any of you basking at the beach? Crisping marshmallows in a mountain cabin? Maybe discovering an exotic destination? I want to hear all about it!

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¡Yo hoy les tengo un post para que se chupen los dedos! Y es que si decidieron quedarse en la ciudad de Panamá estas vacaciones, ¡no tienen por qué no disfrutar! Todos merecemos un descanso, ¿o no? Total, si están en busca de una opción perfecta para darse un lujo estos días -¡o cualquiera!- quiero invitarlos a que prueben Cabana. Ubicado en la super trendy torre de apartamentos Yoo Panamá, Cabana los espera con un exquisito menú y una fabulosa decoración.

I have such a savory finger licking post for you today! Because if you decided to stay in Panama City for this spring or holy break, you still deserve some pampering! So if you are looking for the perfect place to give yourself a treat I insist you try Cabana. Located in the super trendy Yoo Panama apartment building, Cabana awaits with an exquisite menu and a fabulous decor. 

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El letrero que hay a la salida del restaurante/Neon sign at the exit of the restaurant

El lugar/The place

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Entrada/Entrance

Yo visité hace una semana y tuve una experiencia realmente memorable. Desde que ingresas al restaurante te envuelve una sensación de que tu noche será un acierto. La entrada es hermosa: un tapete a rayas cuida una mesa blanca que sostiene enormes veladoras, libros de moda y un blanco florero de donde nace un trozo naranja de coral. Aquí ni el estilo ni el diseño escasean, y es que los toques náuticos (barcos, estrellas de mar, ilustraciones de calamares, tiburones de yeso, y frascos, platos y vasos que recrean el mar con sus tonos azules) maridados con elementos cool and chic (lámparas de metal que dan vida a sombras sobre la pared, luces de cine, gráficos en blanco y negro de flores y macetas colgados de una pared, y zonas lounge forradas de terciopelo y mixed prints) regalan al comensal un ambiente sofisticado sin dejar de ser buena onda y casual.

I last visited Cabana about a week ago and relished on a memorable experience. As soon as you enter the restaurant a feeling of satisfaction overwhelms you. You know this is going to be a great night. The entrance is beautiful: a black and white rug gives room to a white table, where crystal candleholders, fashion books and a vase from where orange coral blossoms sit nicely. Style and design are not to be missed here. The nautical motifs (small ships, starfish, squid illustrations, cast sharks, and jars, plates and glasses reminiscent of the ocean blues) pair alluringly with the cool and chic winks (metal lamps that give life to shadows on the wall, a tripod cinema light, black and white flower graphics framed on a wall, and lounge areas covered in velvet and mixed prints) and offer each diner a sophisticated yet casual vibe. 

Cabana también cuenta con una terraza, donde una barra adornada por un muro verde y vivo, así como la vista de los rascacielos de la ciudad ponen el ambiente.

A terrace is also available if you fancy a more relaxed ambiance. A bar with a plant wall and the iconic Panamanian skyline will serve as the perfect backdrop. 

Yo opté por sentarme en el salón principal con vista al mar. Desde ahí gozas de una vista privilegiada a la espléndida barra de mármol, donde se preparan los drinks y cocteles con ron, frutas frescas y champaña.

I decided to sit in the main salon with an ocean view. From there you can appreciate the splendid marble bar, where a trained bartender concocts drinks and cocktails made with rum, fresh fruit and champagne. 

La comida/The food

Lo primero en llegar a la mesa fue el Carpaccio de pulpo. ¡Y no saben lo rico! Finamente laminado, con gotas de paprika, arúgula, limón, trocitos de aceituna y prosciutto carbonizado y espolvoreado, este crudo fue el comienzo perfecto para mi velada.

An Octopus carpaccio arrived first at my table. And you have no idea how delicious it tasted! Finely sliced, with paprika drops, lemon, bits of olives and charred prosciutto, this crudo began my impeccable evening. 

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Continué con probablemente el tortellini más rico que haya comido en mi vida: al dente, rellenos de zapallo (calabaza), adornados con nuez, y con una salsa a base de mantequilla, los sobrecitos hechos en casa se derretían en mi boca. ¡Un manjar que disfruté con una copita de Malbec!

Next I followed with probably the most delectable tortellini I think I’ve ever eaten: al dente, stuffed with pumpkin puree, sprinkled pecans and a butter sauce, the home made pasta melted in my mouth. A delicacy I devoured with a glass of Malbec!

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Para una trilogía insuperable terminé con un Cheesecake de maracuyá. Suave en su textura e intenso en sabor, la fruta de la pasión inundó mi paladar.

For an unsurpassable trilogy I finished my meal with a Passion fruit cheesecake. Soft in texture and intense in its flavors, the fruit de la passion inundated my senses.

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No dejé ni un bocado.

I did not leave a bite. 

Genuinamente considero que Cabana está entre los mejores restaurantes de Panamá. Su cocina te ofrece una fresca e innovadora perspectiva de la comida italiana y mediterránea. Porque aunque sí encuentras platillos de toque tradicional como el Carpaccio de res, el Rigatoni al pesto tradicional, la Pizza de prosciutto di Parma y arúgula o la Entraña de salsa de hongos, también descubres un acercamiento más moderno a esta gastronomía con platos como el Cappuccino de hongos misto bosco, el Risotto de Remolacha (Betabel) con Nube de Avellanas o la Escalopina de filete con crema de dijón, trufas negras y cubitos de Aguacate. Italia y Panamá fusionadas para obsequiar lo mejor de lo mejor.

I genuinely consider Cabana one of the best restaurants in Panama City; it proposes a fresh and innovative take on Italian and mediterranean food, whilst respecting its origins. On the menu you will find traditional dishes like a Beef carpaccio, Rigatoni al pesto, Pizza with prosciutto di Parma and arugula, and a Skirt steak with a mushroom sauce; but you can also explore a more modern and playful approach with the Funghi cappuccino, the Beet risotto with hazelnut or Veal escalope with dijon creme, black truffle and avocado. Italia and Panama marry to produce the best of both worlds. 

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Detalles de la decoración/More decor details

El Chef/The Chef

Redson Pages lidera la cocina de Cabana desde hace un año y cuatro meses. En entrevista me compartió que desde su llegada ha procurado evolucionar el menú tomando en cuenta el gusto de los comensales y las nuevas apuestas gastronómicas, aunque sin descuidar el respeto que guarda a la cocina tradicional italiana. Por ejemplo, el Tagliolini de quinoa orgánica al vino tinto con cremoso de queso feta es una nueva -y saludable- adición a la carta.

Redson Pages leads Cabana’s kitchen since 2015. He shared with me in an exclusive interview that evolving and freshening up the menu was his main goal when he arrived to Cabana. He assured me he always takes the customers’ taste and the new gastronomic trends into account, without neglecting his respect for traditional Italian cuisine. For example, the Quinoa tagliolini with red wine and feta cheese is a new -and healthy- addition to the menu. 

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Chef Redson Pages

La primera memoria culinaria de Pages se remonta a sus 12 años, cuando su madre preparando almuerzos en la cocina de su casa en Venezuela, que después saldría a vender para apoyar en el sustento familiar. Sin embargo, el Chef precisó que no fue sino hasta que se enfrascó en las series del Chef Emeril Lagasse en Food Network que descubrió y decidió perseguir su pasión y vocación por la gastronomía.

Pages first culinary memory sprouts from his childhood: at age 12 he would observe his mom prepare lunches in their Venezuelan home, that they would then sell to support the family. However, it was not until Redson discovered Chef Emeril Lagasse’s show on the Food Network that he decided to pursue his passion for cooking. 

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Lo básico/The basic
Dirección/Adress: Yoo Panamá, Av. Balboa (Entre el Hilton y el PH Vista del Mar)
Horario/Opening Hours: Lu-Mi (Mo-Wed): 12:00 – 23:00 hrs.
Ju-Sá (Thu-Sat): 12:00 – 23:30 hrs.
Domingo (Sunday): 11:00 – 16:00 hrs.
Teléfono/Phone: 394-8496 y 394-2172
Síguelos en/Follow them: @cabanapanama

Medellín – símbolo de transformación e innovación

Tenía ganas de visitar Medellín desde que en la universidad me enseñaron sobre el gobierno de Sergio Fajardo y sus campañas de educación. En un país infestado de drogas, violencia y dolor, una transformación desde la raíz y la cultura suplicaba urgencia. Tuve la oportunidad de escuchar al ex alcalde de Medellín y, posteriormente, ex gobernador de Antioquia, en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara en 2010, y su creencia de “lo más bello para los más pobres” me cautivó.

Así que llegué a Medellín con mucha expectativa e ilusión. Una parte de mí no sólo admira su transformación de capital de narcotráfico a ciudad de innovación y crecimiento por ser un ejemplo de superación, sino por ser un ejemplo que ojalá México pueda seguir y hasta mejorar.

Aterrizamos de noche y la ciudad nos recibió centellando desde el fondo del valle que la acoge. El camino del aeropuerto a la masa urbana te envuelve en sus curvas y te da tiempo para absorber su paisaje arbolado, su gente tomando aguardiente en los miradores, la calidez de las palabras del taxista orgulloso de su tierra y listo para presumírtela.

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Así con esa placidez, con ese gozo y con esa expectativa transcurrió nuestra estancia en Medellín y sus alrededores. Y tal como lo hice en la entrada anterior, hoy les quiero contar mis siete experiencias favoritas para que se emocionen y se animen a conocer.

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1. Su gente – Los “paisas”, como les dicen a los habitantes del noroeste de Colombia, y sobre todo al pueblo antioqueño, se caracterizan por su genuina amabilidad. Solidarios, agradables y con un sentido de orgullo y pertenencia que da envidia, los habitantes de Medellín te reciben con sonrisas, anécdotas y consejos sobre cómo moverte por su tierra y dónde comer mejor. Si vas en el metro, por ejemplo, y te encuentras inseguro sobre qué parada te deja más cerca de la Plaza Botero, no dudes en preguntarle a otro viajante. Es más, sin duda más de uno escuchará y tendrás en segundos a dos o tres paisas queriéndote ayudar. Confía, la ciudad es segura, y la sencillez de su gente to lo confirmará.

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Tradicional Bandeja Paisa

2. Plaza Botero y Museo de Antioquia – Nuestro primer día en la segunda ciudad más grande de Colombia lo dedicamos a recorrer sus sitios más turísticos e históricos. Iniciamos con la Plaza Botero y el Museo de Antioquia. La Plaza es la antesala de lo que te espera en el recinto: una arbolada donde habitan las gigantes y redondas figuras del artista mundialmente afamado y puños de vendedores que ofrecen Bon Ice y sombreros típicos. Recorrer la plaza y admirar a Adán y a Eva, al Hombre a Caballo y a La Mujer Reclinada, al Gato y a La Mano (pachona), permite descubrir no sólo la sensualidad de las curvas, sino los demás edificios que comparten la plaza con el museo, como el Palacio de la Cultura Rafael Uribe.

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Vale muchísimo la pena entrar al Museo de Antioquia. El mismo Fernando Botero ha contribuido a su valor, pues ha donado las suficientes (¡muchísimas!) piezas para poblar la Sala Internacional y la sala que lleva su mismo nombre. Bosquejos, ilustraciones, dibujos, pinturas, esculturas, tanto material te permite apreciar la evolución de Botero y su arte, que no sólo se trata de gente “gorda”.

3. San Javier – Comuna 13 – Ir a la Comuna 13 sin duda fue una de mis partes favoritas de nuestro viaje. Aquí late la transformación de Medellín, su recuperación del espacio público y su esfuerzo por acercar a la gente de las orillas, a los más marginados, a la cultura, a la educación y al movimiento de la ciudad. Hace un par de años, esta Comuna clavada en la montaña, albergaba el ambiente más violento de la ciudad. De hecho, en 2011, la revista Insight Crime escribió que con la banda criminal Los Urabeños siempre cerca del territorio controlado por la mafia, no había señal de paz en el horizonte:

“Comuna 13 is the most violent neighborhood in the embattled city of Medellin. And with the powerful Urabeños criminal gang edging in on territory long controlled by the city’s feared mafia, there is little sign of peace on the horizon”.

¡En 2011! Esto quiere decir que en menos de una década este barrio ha pasado de 243 muertos (en 2010) a casi ninguno en 2016 (según el guía que nos explicó). Y todo se debe a las ganas de ganar paz y, a la construcción de los seis pisos de escaleras eléctricas que permiten una conexión antes imposible con el centro de la urbe. Estas escaleras han sido merecedoras de análisis y estudios, de planes para réplicas en países como Brasil y, más importante, de motivo de orgullo y catalizador de la paz para la población de la Comuna. Las escaleras viven como ejemplo de cómo un medio de transporte público puede unir clases y fomentar la paz.

Para llegar a la Comuna 13, Ren y yo tomamos el Metro hasta San Javier. De ahí tomamos un camión (autobús) que nos llevó hasta arriba de los seis pisos de escaleras. Desde que vas en el bus comienzas a tomar conciencia de lo que te rodea: cesan los edificios de ladrillo y comienzan los techos de lámina, terminan los Lexus e inician los coches despintados con más de 15 años. Pero de la misma manera, cuando llegas hasta arriba, dejas de ver paredes con anuncios de la mejor masa para arepas y se despliegan, con toda su honra, los murales de pavoreales, mujeres mulatas y niños abrazados. ¡La experiencia es increíble! Llegar a la cima y encontrarte con un guía que con emoción te platique la transformación que él mismo vivió; bajar cada piso de escaleras entendiendo su papel en su metamorfosis; admirar el arte urbano que cuenta la historia del barrio y su gente y su evolución. ¡Realmente lo recomiendo! Y sí, seguramente no es lo más turístico de la ciudad, y sí, quizá a mucha gente le seguirá dando miedo, pero no se engañen, porque la Comuna sí provoca una reflexión profunda y abre los ojos a una Medellín transcendente y pacífica.

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3. Guatapé – A dos horas al este de Medellín, late un pueblo que probablemente necesitaría su propia entrada en mi blog. Guatapé, su hermosa laguna, su famosa piedra del Peñol y sus zócalos vibrantes invitan a cualquier residente o turista a una visita. Teníamos la opción de pedirle a un taxi que nos llevara y nos guiara todo el día por la zona o la de contratar un tour. Por ser dos personas nos salía mejor (más económico y además estaba también muy recomendado) tomar el tour, y eso hicimos. Nos recogieron a las 7:30 en el punto de encuentro (el Parque Lleras). En una van con otras siete u ocho personas nos dirigimos a la primera parada: un desayunador en la carretera donde probamos las arepas con quesito fresco y chocolate caliente en agua. Rico, pero no muy sustancioso, recomiendo llevar unas manzanas para el resto del recorrido.

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Te demoras dos horas en llegar a Guatapé, pero se alarga la ida porque vas parando en otros dos pueblitos turísticos: Marinilla (en lo personal no me impresionó, pero igual ya fui y ya le puse palomita) y en El Peñol (un pueblo que fue construido para reubicar a la gente que vivía en lo que ahora contiene la presa de Guatapé). Este segundo pueblo vale más la pena, porque además ahí cerca hay una réplica del antiguo pueblo del Peñol y así puedes comparar dónde vivían antes (un lugar con una iglesia muy bonita y una plaza preciosa) y dónde viven ahora (el nuevo pueblo es mucho más gris, y su iglesia está construida de material de albañilería buscando imitar la gran piedra de El Peñol… o sea, no tan lindo).

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Réplica del viejo pueblo El Peñol

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Finalmente te transportan a la famosa Piedra del Peñol, ¡una formación monolítica de más de 2 mil metros de altura! Ahí tienes la opción de quedarte abajo y curiosear o subir los 740 escalones que concluyen en un mirador. ¡Sin duda la mejor opción es subir y sólo te toma unos 15 minutos! ¡La vista es espectacular! Y, por lo menos para mí, muy diferente a lo que acostumbro ver (siempre he visto lagunas inmensas y sin interrupciones de brazos y ramas de tierra, que es lo que aquí se puede admirar).

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Una vez que hayas inhalado y saboreado todo el paisaje (y obvio tomado miles de fotos), desciendes por otro set de escaleras y emprendes el camino ahora sí al pueblo de zócalos, Guatapé. En el camino hicimos aún otra parada a comer el pescado frito tradicional de la zona y a subirnos a un tipo ferry que nos dio un recorrido panorámico por la laguna.

El pequeño pueblo tiene un encanto muy particular: todas las calles y todas sus fachadas se adornan de zócalos que representan a la familia que habita la casa, a la comunidad, o a las tradiciones de todo el pueblo. Es bonito caminar y observar los diferentes diseños y combinaciones, llegar a la Plazoleta de los Zócalos y tomarte un espresso en Café La Viña mientras absorbes tanto color, tantas figuras, el pescado plateado montado en un pedestal.

4. Carmen – Si después de mucho caminar y recorrer las calles de Medellín o sus pueblos tienen antojo de una cena ES PEC TA CU LAR, ¡vayan a Carmen! Ren y yo degustamos ahí la mejor comida del viaje: un tiradito con cítricos, hueva de pescado y aceite de chiles, y unos sandwichitos de cerdo estilo koreano como entradas. Langosta con noodles al curry picante y lechón laqueado en hoisín, como segundos. Y copas de cabernet y merlot para redondear una noche fantástica. Eso sí, ¡reserven!, porque se llena.

5. Parque Arví – En las alturas de Medellín, después de un bonito paseo en Metrocable, arribas al Parque Ecoturístico Arví. Una zona montañosa, protegida y perfecta para escapar un rato del bullicio de la ciudad. Si tienen tiempo en sus itinerarios, vale la pena darse la vuelta y tomar un tour de caminata para que te expliquen sobre la flora, la fauna, y los proyectos de conservación que ahí se trabajan. Además, tienen un mercadito donde venden productos orgánicos y caseros, y siempre es interesante ver y probar.

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6. Metrocable y Metro – ¿Cómo va a ser que el Metro está enlistada como una atracción turística? Bueno, si eres como yo, y te interesan las campañas de educación y cultura de una sociedad, poner atención cuando viajes en el Metro te va a encantar. Seguramente en su visita a Medellín usarán el Sistema Metro más de una vez para transportarse. Y para hacer su trayecto interesante basta con escuchar la voz que te recuerda las paradas y los comportamientos dignos de “Nuestra cultura Metro”. La voz no sólo se limita a decir: “Parque Berrío”, sino que dice: “Parque Berrío. Estación cercana con Plaza Botero, Palacio de la Cultura”, etc. Otro ejemplo. La voz no sólo se limita a decir: “No empujes y cuida tus cosas”, la voz dice: “Sabemos que estás cansado de trabajar durante el día y quieres llegar a tu destino, pero por favor respeta y no empujes…” ¡Qué importantes diferencias! El Metro une, el Metro educa, el Metro crea comunidad. Además, en las estaciones hay puntos de préstamos de libros gratuitos, exhibiciones de arte, entre otros proyectos que fomentan la cultura.

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7. Parque Lleras – El mejor lugar para tomar unas copas (y hospedarte) es en El Poblado, la zona que circunda al Parque Lleras. Con una vida nocturna enérgica y la mayor variedad de bares y restaurantes, esta es la opción para una noche de fiesta o una cenita romántica. Por eso también sugiero hospedarse en esta zona, pues todas las noches podrás comer o bailar a un ritmo distinto.

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Zona natural en El Poblado

Sé que este post es un poco más largo de lo usual, pero es que Medellín cumplió y superó mis expectativas y quiero invitarlos a que también ustedes se dejen sorprender por esta hermosa y valiente ciudad, por su gente, por sus paisajes, por su transformación. Hay mucho más que hacer que lo que yo aquí sugiero, como ir al Museo de Arte Moderno de Medellín, pasear por el Jardín Botánico, comer una típica Bandeja Paisa y bobear y comprar en todas las tiendas que ofrecen lo último del diseño y la moda en Colombia. Espero les sirva esta guía que yo les armé, ¡espero sus comentarios y disfruten!

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En el Museo de Arte Moderno de Medellín

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¡10 tips para enamorarte de Cartagena!

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No sé si mi Instagram me habrá delatado, pero me enamoré de Cartagena. Y es que ya había escuchado hablar de ella, pero los relatos, ¡las fotos!, nada le hace justicia. Artemisa, mi gran y talentosa, amiga viajó para Expo Moda en Colombia con el fantástico equipo de Gabriela Sánchez y cuando regresó a Guadalajara parecía que no tenía ojos ni cabeza para ningún otro lugar que Cartagena de Indias y su ciudad amurallada.

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Artemisa feliz en Cartagena

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Así comenzó el cosquilleo, las ganas de verla, de hacer que explotaran todos sus colores. Y cuando decidimos Ren y yo que no mudábamos para Panamá, empezamos a buscar vuelos para algún lugar que ayudara a festejar que por fin volvíamos a tomar un rumbo. Para nuestra sorpresa y fortuna, volar a Medellín sale muy barato, y de Medellín a Cartagena, ¡mucho más! Así que nos fuimos, y a pesar de que nuestro viaje inició en la gran ciudad innovadora, mi amor por Cartagena es tal que he decidido comenzar por aquí.

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Cartagena de Indias se ubica en la costa norte de Colombia, en el Departamento de Bolívar; y, buenas noticias: es zona caribeña. Y aunque es la quinta zona urbana más grande del país, yo voy a concentrarme en el Centro Histórico, la Ciudad Amurallada. Así que sin más, les dejo un listado de mis nueve actividades favoritas (y que obvio recomiendo a cualquier futuro viajero) en este hermosísimo lugar.

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1. Hospédense adentro de la Ciudad Amurallada – Nosotros llegamos de noche y tomamos un taxi para llegar al Hotel Boutique Casa de Los Reyes, en el área de San Diego. Por haber llegado el 26 de septiembre, día de la firma del Plebiscito de Paz con las FARC, el chofer no pudo accesar al Centro Histórico y tuvo que dejarnos medianamente cerca de nuestro destino (aunque debo advertir que en general hay zonas de la Ciudad Amurallada que son de ingreso complicado para los taxistas). Pero no importó, porque con sus paredes de piedra ya iluminadas y sus edificios coloniales esperando llenos de porte, la zona nos dio un recibimiento majestuoso y tibio.

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Ya adentro, nos metimos por un callejón y, poco a poco, el sonido de nuestras maletas en el empedrado fue opacado por unas guitarras, el barullo, y el tintineo de las copas de tanta gente vestida de blanco que brindaba sin penas ni arrepentimientos.

Dentro de la Ciudad Amurallada late el corazón de Cartagena. Hospedarse aquí significa vivir más de cerca sus bares y restaurantes, sus señoras cargando canastas de plátanos y aguacates en la cabeza, su tradición. Y allá afuera, lejos de la muralla, se difumina el brillo de la cultura mulata, de sus iglesias antiguas y sus patios frescos para dar pie a una ciudad como cualquier otra, incluso aunque esté frente al mar.

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2. Descúbrela caminando – Si quieres poder observar todas las fachadas, balcones, macetas; si quieres disfrutar de algún patio arbolado que por alguna ventana se dejó asomar; si quieres descubrir parques sombreados e iglesias pequeñas y probar una arepa con huevo mientras recorres una calle estrecha, no hay mejor transporte que tus propias piernas. Aunque haga calor (¡mucho calor!), aunque esté húmedo (¡muy húmedo) y te encuentres ensopado (y asoleado), ¡camina! ¡No te arrepentirás!

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3. La Cevichería – Seguramente después de caminar tendrán hambre y una insaciable sed de cerveza y, como siempre, ¡les tengo una gran recomendación! En el barrio de San Diego, hay una esquina siempre alegre y rebozante: La Cevichería. Famosa por sus tiraditos estilo peruano, sus chaufas de mariscos y el ambiente relajado, hasta Anthony Bourdain la visitó. Iniciamos con una Miscelánea de Ceviches para refrescarnos y probar un poquito de todo. De pescado, pulpo y camarón, llegaron tres platitos con preparaciones diferentes, ¡delicioso!

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Seguimos con más mariscos: Ren con un ceviche estilo peruano muy bien servido y sabroso, y yo con un platillo ¡es-pec-ta-cu-lar! ¡De verdad exquisito! Un arroz vietnamita que todavía me provoca babeos y antojos implacables. Con calamar, camarón, pulpo y mejillones añadiendo a los sabores del curry de coco, el jengibre, la canela y la menta, este manjar fue sin dudas mi comida favorita del fin de semana.

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4. Recorre la muralla de noche – Cartagena cobra un encanto especial cuando cede el sol y comienza a soplar el viento. Y antes de que anochezca, es preciso salir (ya con la cara lavada o hasta recién bañada) a bordear la ciudad sobre su muralla. Caminen hasta una orilla, suban al muro de piedra y hagan lo propio: ¡descubran! ¡Exploren! ¡Encuentren un nicho donde admirar la puesta de sol y dejen que la música del Barrio de Getsemaní los seduzca a la rumba! Un plan súper romántico, pero placentero para los amigos o toda la familia, es requisito ineludible dejarse sorprender desde lo alto de la ciudad.

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5. Vino y cerveza en Café del Mar – En su recorrido por la muralla se toparán sí o sí con el Café del Mar. Pidan una mesa, siéntense y ordenen unos tragos. Vean el sol caer. Escuchen la música. Brinden. Sientan la brisa. Disfruten. Si van con alguien especial, bésenlo.

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6. Música y bailes típicos en la plazoleta cerca a Catedral – Aprender sobre la cultura de un lugar es parte valiosísima de mis viajes. Y para mí, la música y los bailes típicos de un pueblo siempre han representado una manera de conectarme a sus raíces y emociones. Por eso me encantó toparme, una tarde mientras caminábamos, con un grupo de jóvenes vestidos en trajes típicos que dislocaban sus caderas al ritmo de tambores y dyembés. Y no se preocupen, que si no encuentran esta plazoleta (hay muchas) de la que hablo, los grupos de danzantes van recorriendo las calles de la ciudad en busca de foros y espacios públicos donde puedan presentarse (y recoger en un sombrero una moneda o dos).

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7. Islas del Rosario – Bajo la recomendación de un par de conocidas colombianas, Ren y yo contratamos un tour para ir a las Islas del Rosario. El Panzón y yo no somos mucho de tours, pero dado a que este venía muy recomendado, lo tomamos. Son 30 islas las que comprenden el archipiélago que nada en aguas cristalinas y entre corales. De Cartagena a Playa Blanca hicimos 40 minutos en una van. Y de Playa Blanca al archipiélago, 30 minutos en una panga de alta velocidad. Entre más te adentras al mar, más azules y verdes observas en el agua. Lo único constante es su transparencia. Si eres fanático del mar y sus criaturas, el tour vale mucho la pena. Tienes la opción de bajarte una hora en la pequeña Isla San Martín de Pajarales y conocer su Oceanario (un acuario) o dedicar la misma hora a snorkelear y convivir con las decenas de especies que ahí habitan. Nosotros optamos por observar la vida al natural y lo disfrutamos muchísimo. ¡Sí ves peces, ja! ¡No es una estafa!

Cuando termina la hora los regresan a Playa Blanca, donde les sirven una comida típica de pescado frito y arroz con patacones y donde tienes oportunidad de asolearte y meterte otra vez al mar.

8. Fuerte de San Felipe – Afuera de la Ciudad Amurallada, aunque no lejos, se yergue el Fuerte de San Felipe. Desde su construcción en 1657, durante la colonia española, el castillo jugó un papel fundamental en su defensa contra los ingleses. Mi única recomendación: no vayan a las 12 del mediodía.

9. Shopping, shopping, shopping  Siendo Cartagena un lugar que atrae a tanto turismo nacional e internacional, sus calles están repletas de tiendas y boutiques con lo mejor de la moda y el diseño colombiano. ¡Aprovechen! Aunque no compren nada (casi imposible, je), tómense la oportunidad de descubrir las propuestas de estilo e innovación de un país que ha pasado por dictaduras, guerras, drogas y un merecido proceso de diálogo para la paz. Mis tiendas favoritas: Arte Colombiano y St. Dom. En la primera, una mezcla del arte tradicional del país y diseños modernos. En la segunda, una curaduría de marcas y nuevos diseñadores colombianos que proponen cortes atrevidos en trajes de baño, tejidos coloridos en zapatos, y estampados irreales en vestidos de fiesta.

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La verdad es que no hay mucho pierde con Cartagena: caminen por donde caminen los deslumbrará. Yo les platico mis partes favoritas de nuestro viaje a espera de que tomen inspiración y se animen a recorrer sus calles, restaurantes, bares, hotelitos y nichos; a probar sus ceviches y aguardientes y a disfrutar de un fin de semana sin par.

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Weekend getaway a San Miguel de Allende

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La última vez que visité San Miguel de Allende, Guanajuato, no podía ni entrar a un bar. Sí, los más de diez años sin recorrer sus callecitas empedradas ni chacharear canastas de flores secas en la Plaza Principal, ya reclamaban una visita. Así que le insistí a René que merecíamos un descanso del estrés que los últimos días nos había sofocado, hicimos las maletas y nos fuimos.

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El paseo nos duró cuatro días: de viernes a lunes. Y aunque creíamos que serían suficientes, descubrimos que la propuesta cultural y gastronómica de San Miguel alcanza para mucho más. Como reservamos nuestro hotel de un día para otro, no conseguimos llegar a Casa de Liz. En su lugar escogimos uno más modesto, pero muy limpio llamado Casa de las Conservas. En el Bed & Breakfast producen sus propias salsas, mermeladas y pan, por lo que al llegar a hacer nuestro check in, las ráfagas de mantequilla y canela nos dedicaron un baile de bienvenida.

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Luego de instalarnos en nuestro cuarto, salimos en búsqueda del Tío Lucas, un restaurante que un tío muy querido, que ya lleva años y años viviendo en Celaya, Guanajuato, con mucha emoción nos recomendó. El lugar me sorprendió: la fachada, muy pintoresca, tiene en la parte superior una fila de macetas de diferentes formas y tamaños con sus plantas verdes y rebosantes. Una vez adentro, se revela un patio muy fresco y alegre, con una concha en una esquina donde un trío desafina plácidamente un “Si nos dejan”.

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Para brindar por nuestra escapada romántica, pido un Merlot y Ren una Corona. Al centro, un queso fundido con chorizo. Echamos un vistazo al menú, los precios son un poco altos, pero no exagerados y estamos decididos a disfrutar. El queso, con tortillas recién hechecitas, es vasto y delicioso, así que de plato fuerte me limité a ordenar una sopa de tortilla, ¡de verdad exquisitísima! El Panzón sí pidió su Tampiqueña que, como debe ser, incluye un par de enchiladas, arroz, frijoles y guacamole con totopos. Terminamos realmente satisfechos y con un soponcio que de plano nos mandó a dormir temprano, no sin antes entrar a un par de boutiques a admirar la ropa hecha a mano con bordados indígenas, pero cortes modernos.

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Nos levantamos al día siguiente y desayunamos en el hotel. Los vasos de fruta con yogur y los huevos rancheros nos revivieron los ojos y ánimos para explorar durante todo el día. Nuestra primera parada fue el Centro Cultural Ignacio Ramírez El Nigromante. El recinto es parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y fue construido inicialmente (1755 inició) como un convento. Y después de ser convento, colegio para señoritas, cuartel de la Revolución y escuela de Bellas Artes, terminó en la ruina y fue entregado al INBA. Como centro cultural se inauguró hasta 1962. Tanta historia se filtra de sus arcos, patios y escalinatas; de sus paredes que albergan lo más reconocido de la escena artística de la región; de sus murales de Siqueiros y Pedro Martínez. ¡Vale mucho la pena entrar y además es gratuito!

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Conocimos después la Iglesia de la Purísima Concepción y luego caminamos hasta Jardín Allende (el parque principal), donde sin faltan seguían vendiendo, como desde hace diez años, adornos de flores secas, globos, dulces, helados y frituras.

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En nuestro recorrido por las callecitas de colores encontramos una boutique/galería enfocada a cosas de interiorismo y hogar. Con un patio iluminado y enriquecido por una pared de agua, llamó mi atención y me insistió a ingresar. Ya adentro me enamoré de una silla tejida de mimbre, como una silla Acapulco, aunque con un twist. Obviamente, el precio y nuestro cambiante paradero impedía que hiciera algo más que admirarla, así que después de ilusionarme un rato y jugar a la casita, salimos y mejor nos dirigimos a encontrar otro lugar que curiosear.

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Dimos con Nudo, una galería que exponía grabados de los famosos papalotes de Francisco Toledo; avistamos tienditas con floreros y vajillas enteras con puntos coloreados; consideramos comprar macetas y jarrones en Trinitate; y seguimos a dos muñecotes de papel maché y a un par de novios que salían de la Parroquia de San Miguel Arcángel, antes de concluir que teníamos hambre y que La Parada era la siguiente parada en nuestro itinerario.

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Con la caminata y el calorcito, los ceviches y tiraditos de La Parada (restaurante de cocina peruana) se nos antojaban más que otra cosa. El lugar, como casi todos en este pueblo Patrimonio de la Humanidad, se mantenía fresco, ligero y lleno de buena vibra. Con un pizco sour y una copa de vino blanco bien, elegimos porciones minis de cada ceviche y tiradito para no quedarnos con las ganas. Además, un Arroz Afrodisiaco, con camarones, calamar y otros mariscos completó nuestra comida. Nos habíamos sentado en la barra (¡el lugar estaba atascado!), pero resultó un acierto, pues platicamos con un par de americanos jubilados que nos recomendaron un lugar para que desayunáramos al día siguiente, y además quedamos a la pasada de la gente que entraba y salía, y entre dicho tumulto dimos con JP Partida y Luis Lozano, ¡súper buenos amigos y mejores wedding planners del mundo!

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Tomar un descanso y lavarnos los dientes y la cara requirió que regresáramos al hotel. Pero una vez cambiados y refrescados, salimos directito al rooftop Luna del Rosewood Hotel a tomar unos drinks y encontrarnos nuevamente con Juan Pablo y Luis. ¡La vista es espectacular y los tragos con mezcal pronto comenzaron a hacer su efecto! En lo que menos pensábamos, ya todos nos estábamos moviendo nuevamente por las calles mágicas de San Miguel y hasta El Pescau, donde siguieron fluyendo los tequilas y también (por razones de salud), los tacos.

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Terminamos la noche en La 21Única, una cantina que nos vio cantar rancheras y banda y que además nos mantuvo intactos durante la lluvia que acaecía afuera.

No les voy a mentir y confesaré que amanecía al día siguiente con una de las peores crudas que he tenido la desfortuna de vivir. Como pudimos, logramos arrastrarnos hasta Café MuRO, aquél que nos habían recomendado en La Parada. ¡Fue un éxito! Acompañamos el café calientito con un pan casero, mermelada y una salsita picante y necesaria. Ren pidió unos chilaquiles rojos muy muy muy sabrosos y yo unos huevos divorciados con guarnición de chilaquiles en salsa de chile pasilla. El servicio además fue muy atento y amable y quedamos encantados y dispuestos a volver.

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El resto de nuestro día transcurrió en más galerías y tiendas, en saborear una nieve de garrafa de fresa y dulce de leche, en entrar a la famosísima e igualmente hermosa Parroquia y en callejonear hasta que llegó la hora de cenar. ¡Y guardamos lo mejor para el final!

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En el Hotel Matilda, Enrique Olvera tiene una de sus joyas: Moxi. Ya en sí el hotel es grandioso: moderno, acogedor, de verdad un sello de diseño y vanguardia en San Miguel que vale la pena conocer. El restaurante está en la terraza del hotel, con vista a un mural que arropa la alberca y a los huéspedes que suben relajados después de una aromaterapia en el SPA. ¡La comida fue exquisita! Pedimos de entradas un tamal de frijol con crema de rancho y ceniza de cebolla, y un fetuccini con tomates cherry, aceite de anchoa, chile de árbol y queso parmesano del cual nada más no me podía saciar. De platos fuertes: un lechón confitado, con rábanos y berros y tortillitas recién hechas, y un New York con chichilo y calabacitas orgánicas. ¡Delicioso! Y de postre: un pay de limón con crumble de cacahuate, helado de yogur y merengue de cítricos que de verdad estuvo espectacular. Sin duda Moxi hace honor a su nombre (significa “antojo” en Otomí) y nos deja babeando y alucinando con el día en que regresemos.

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Así terminamos nuestra escapada a San Miguel de Allende, con la barriga feliz y nuestra mente despejada.  O por lo menos eso creíamos. Porque en nuestro regreso a Guadalajara nos encontramos con una sorpresa: cerca de La Piedad, ¡un campo de girasoles a todo florear! ¡Enloquecí! ¡Paramos el carro en el acotamiento de la carretera y corrimos a ellos a admirarlos, olerlos y tomar fotos. Y ese sí fue el verdadero y hermoso final de nuestro recorrido.

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Casa Fuerte – ¡mi favorito en Tlaquepaque!

El fin de semana pasado cumplí seis años de novia con René y, para variarle a nuestra celebración anual y festejar con muchos ánimos y cariño nuestro último aniversario de noviazgo, decidimos ir a comer a Tlaquepaque. Ya salir a las afueras de la ciudad es suficiente para que el día tome otro ambiente y color, para que la emoción y el espíritu caminen contentos y para que las cervezas y los tequilas sepan mejor. Sobra decir que  yo además iba suspirando miel y cariño…

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Llegamos a Tlaquepaque a eso de las dos de la tarde y, como habíamos desayunado antes en Becada, tuvimos la oportunidad de no sentarnos en el restaurante inmediatamente, sino de caminar por la calle principal y curiosear entre las tiendas de artesanías y antigüedades.

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Entrar a las casonas llenas de cojines tejidos, lámparas de fierro, velas aromáticas y figurines de cerámica tomada de la mano de René fue para mí algo muy especial. No sólo nunca habíamos ido solos a recorrer Tlaquepaque, sino que sentí la ilusión de ver mesas de café y manteles que podrían llevar algo de nuestro México a nuestro futuro y extranjero hogar. No compramos nada, ¡ni siquiera sabemos en qué lugar de Estados Unidos vamos a vivir!, pero el anhelo de nuestro próximo huevito del amor no se ha esfumado de mi cabeza.

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Después de una hora, el calor nos venció y nos regresó a nuestro principal destino y quizá mi restaurante favorito en Tlaquepaque: Casa Fuerte (Independencia 224). Me gusta todo sobre este lugar: entrar por un arco de follaje y pisar y oler las agujas de pino en el ingreso; el frescor de su patio central y la música con dejos jarochos que vuela desde la esquina del fondo; el niño que baila en una fuente de cantera y mosaico; los espejos con lámina de colores que reflejan las paredes amarillas; la familia de meseros siempre amables y orgullosos de su cocina, y su comida, siempre casera y abundante.

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Pasamos a lavarnos la cara y cuando regresé a la mesa ya estaban nuestras cervezas y el guacamole esperándonos. Pedí además un molcajete con queso fundido, empanizado y bañado en una salsa verde, uno de mis favoritos de la carta, y así, Ren y yo tomamos nuestras cervezas y botaneamos el guacamole y el queso con tortillitas y totopos, tranquilos, sin prisas, platicando sobre los seis años que hemos recorrido juntos y todos los planes que tenemos para aquellos por venir. Medité un momento si pedir la Torta de Elote Colonial, ¡me encanta en Casa Fuerte! Pero no quería dejar de pedir mi plato fuerte, así que será hasta la próxima vez que la coma con su salsita cremosa de poblanos…

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Nos dimos un espacio luego de las entradas -esto es lo bonito de no tener prisa-, yo pedí una margarita de limón y leímos con calma el menú. Yo no tardé mucho en decidirme, para mí, en esta época del año la cocina mexicana sólo tiene una opción, pero René sí debatió entre ordenar unas enmoladas, un pollo con mole o un filete Pepe el Toro. Cuando llegó el mesero, yo pedí mi chile en nogada, por lo cual el mesero me felicitó muy emocionado, y Ren se decidió por la carne bañada en una salsa de vino tinto, tuétano fresco y champiñones salteados.

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Los platos llegaron pronto y mi chile estaba delicioso. Siguiendo la tradicional receta poblana, el relleno de carne, la salsa de nuez y la granada fueron un verdadero manjar. La carne también estuvo muy sabrosa, al término medio que tanto nos gusta. En otras ocasiones yo he ordenado la Sábana Huasteca, que va cubierta con frijolitos y una salsa de chile pasilla y queso Oaxaca gratinado, ¡también la disfruto un montón! Y en otras más he pedido el Chamorro Adobado con Plátano Macho, que si les gusta el chamorro, no se lo pueden perder. Sin duda la cocina de Casa Fuerte no sólo cumple, sino que supera tus expectativas, además de que en ese ambiente que crean y proponen, todo tiene mejor sabor.

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Confieso que después de tanta comida, poco espacio quedó para el postre. Pero eso sí, no perdoné el café y me lo tomé a traguitos, mientras René se recargaba en mi hombro, agotado por el mal del puerco. Salimos de ahí como a las seis de la tarde, fue una comida prolongada, deliciosa y llena de amor y Tlaquepaque fue la opción perfecta. De verdad les recomiendo que vayan y disfruten de este lugar tan bonito que tenemos tan cerquita. No tienen que ir en pareja, también es un lugar para convivir con la familia y los amigos, para comer rico, para tomar mejor, y para comprar muebles, artesanías y manteles tradicionales y llenos de color.

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¿Cuál es su restaurante favorito en Tlaquepaque? ¿Qué tienda no pueden dejar de visitar cada que van? Ya saben que me encantan sus comentarios y opiniones, así que no duden en responder.

Abrazos a todos,

M.

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