Hiking a la cima del Cerro Ancón

Hace un par de domingos Ren y yo nos encontrábamos en casa sin mucho que hacer. Yo diría que hasta un poco aburridos o por lo menos con ganas de salir y conocer algo nuevo de esta ciudad que con tanta apertura nos recibe. Y encontramos la actividad perfecta: ¡subir a la cima del Cerro Ancón! Les cuento un poquito. Con una altitud de 199 metros, el Cerro Ancón es la colina más alta en la ciudad de Panamá; un parque nacional con un camino que te lleva a un mirador, en donde también ondea orgullosa la bandera de este fascinante país.

A couple of weekends ago, Ren and I found ourselves with little to do; I would even say bored. So I figured it was the perfect opportunity to come up with a fun activity to explore beautiful and chaotic Panama. And we found just the right thing to do: hike the Cerro Ancón! Let me tell you about it. With an altitude of 199 meters (653 ft), Cerro Ancón is the highest hill in Panama; a National Park with a paved road that leads to a scenic view point where a Panamanian flag waves tall and proud. 

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La bandera de Panamá en el Cerro Ancón/The Panamanian flag on Cerro Ancón

Es muy fácil llegar al Cerro Ancón si te encuentras en la Ciudad de Panamá. Sólo tienes que tomar la Avenida Balboa y dirigirte hacia Avenida de los Mártires con rumbo al Puente de las Américas; a la derecha estará la entrada. O más fácil, Waze los llevará directito.

It is really easy to get to Cerro Ancón from Panama City. You just have to take Avenida Balboa and drive towards Avenida de los Mártires towards de Puente de las Américas. The entrance to Cerro Ancón will be on the right. Or even easier, just ask Waze and it’ll take you there

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Ruta de Waze/Waze’s route

¿Qué recomiendo llevar? ¡Agua! Aunque la ruta es amigable, Panamá siempre es muy húmedo, así que agua para compensar todo el sudor es un must. Ir con una mochila equipada con snacks como barras de granola, alguna bebida energética (Gatorade), repelente contra insectos, protector solar, un paraguas, un par de bolsas ziploc para guardar los celulares en caso de lluvia, una gorra, lentes de sol y ropa y tenis súper cómodos será tu mejor opción.

What should you take with you? Water! Although the trail path is pretty friendly and not too steep, Panama has high humidity, so water to replenish all the salts and minerals lost through sweat is crucial. I also recommend you take a backpack with snacks like granola bars, a gatorade or drink of the sort, insect repellent, sunblock, an umbrella and some ziploc bags for your electronics in case it rains, a cap or hat, sunglasses and comfortable clothes and shoes. 

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Se puede ver mi sudor causado por la humedad/You can see I’m sweating due to the humidity

Nosotros llegamos a eso de las 12 del medio día, después de haber desayunado con calma unos deliciosos blueberry pancakes caseros y un café. Hay dos opciones para subir hasta la cima. La primera es llegar en carro hasta la caseta de entrada, donde te estacionas y comienzas la caminata. La segunda es dejar el carro más abajo y hacer un hiking más largo. En esta ocasión nosotros decidimos llegar en carro hasta la caseta. A partir de ese punto son dos kilómetros de recorrido pavimentado y no demasiado empinado para llegar a la cima, es decir, unos 20 minutos a paso promedio. Que bueno… si eres como yo y tomas fotos cada dos minutos, terminarás subiendo en el doble de tiempo. Yo diría que es una caminata fácil y accesible para cualquiera.

We got to the hill at around noon, just after we had eaten delicious homemade blueberry pancakes, eggs and coffee. There are two options for you to hike your way up. The first is to drive to where the security guard is, park there and begin your walk up. The second is to begin your hike from a lower point and have a longer trek. We decided on the first choice. From the security booth, the hike to the top is about two kilometers. The road is paved, in good condition and not to steep, so 20 minutes should be all you need. Unless you are like me… I stop to take pictures all the time, so we ended up taking a full 40 minutes to get up! Other than that, I would say the hike is easy and attainable for anyone. 

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Desayuno casero/Delicious homemade breakfast

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En la entrada del Parque Nacional Cerro Ancón/At the entrance

La vegetación es frondosa y muy verde, y vale la pena irse con calma para admirar los diferentes tipos de hojas, flores, bichos y hasta animales que guarda este bello lugar. Al inicio nos chispeó un poquito, pero el resto del tiempo tuvimos mucha suerte, pues con un cielo nublado y aire soplando (¡y pájaras cantando!), gozamos de una escalada muy agradable.

The vegetation on the hike is so leafy and green, beautiful! This natural gem inside the city is definitely worth a slow pace so that you can admire all the types of leaves, flowers, insects and bugs, and even animals. We had some raindrops at the beginning of our expedition, but the rest of the time we were lucky enough to have a cloudy sky and a light breeze (and chirping birds!). 

Algo que me encantó es que hay oportunidades para fotos panorámicas a lo largo de todo el trayecto. Tienes la vista a los imponentes rascacielos; la vista al hermoso Casco Viejo; la vista al Canal, ¡muchas de donde escoger! Además, hay bancas también para sentarse un rato a descansar o a absorber el momento.

I really enjoyed all the photo opportunities the trail has to offer. From the striking skyscrapers, to the beautiful Casco Viejo and even the Panama Canal, the views are gorgeous all around. Plus, there are benches all through out the trail so that you can take a seat and rest or absorb the moment.

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Ren descansando un poco/Ren resting for a bit

Un poco antes de llegar a la cima, el camino se abre a unas escaleras que tienes que subir para alcanzar el punto más alto. Ya en la cima, llegas a una zona de juegos infantiles y la famosa bandera que saluda a todos los ciudadanos y turistas que visitan Panamá. Así que caminamos por el área, tomamos muchas fotos, disfrutamos de la brisa y finalmente iniciamos nuestro descenso.

A little before you reach the top, the road opens to a flight of stairs that you must climb. One you conquer the stairs you are there! You get to a kid’s play zone, an antenna, and finally to the towering Panamanian flag, greeting citizens and tourists and all. We walked around for a bit, took lots of pictures, enjoyed the view and the gusts of air and then began our descent. 

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En el descenso/Starting our descent

La verdad fue un súper plan para un sábado o domingo que no tengan mucho que hacer. Y es que te despabilas, sales de casa, haces ejercicio, exploras un poco más la ciudad, admiras las vistas imponentes de Panamá ¡y además te sale gratis y lo haces en un par de horas! Una actividad perfecta para matar el tiempo y pasar un buen rato.

Truth is we felt pretty satisfied with the overall experience. Climbing the Cerro Ancon is a perfect plan for a Sunday: you get out of the house, move your body and work out, explore the city, savor the views, and it is free and done in just a couple of hours! A perfect activity to kill some time and have a blast. 

 

Familia, chocolates y mi recorrido por Ginebra

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Día 1

Suiza me abrió por primera vez sus puertas cuando aterricé en Ginebra. Con aire helado y promesas de chocolates inolvidables desde el aeropuerto, la que alguna vez fue hogar para Borges, me daba señales de que los siguientes tres días le alcanzarían para engancharme.

Con René sujeto a citas, bancos y oficinas, mi estadía en Ginebra se perfilaba más larga y solitaria. Pero, al revés, por coincidencias que la vida nos otorga, mi estancia se convirtió en un encuentro familiar, de tíos y primas y hasta conmigo misma.

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Mi primera mañana transcurrió tranquila: un matcha latté y un croissaint en La Vouivre me regresaron el calor, pero también el sueño y el cansancio que los días anteriores no me había permitido sentir. Así que decidí tomarme la mañana para descansar en nuestro hotel (Kipling Manotel) y reponerme del jet lag y las horas de sueño perdidas. Eso sí, me aseguré de que tuviéramos una cena especial y digna de la hermosa ciudad que me daba la bienvenida.

¿Y dónde y qué cenamos? Luego de una investigación profusa (nos tomamos este asunto de la comida con mucha seriedad), opté por reservar una mesa en Les Armures. Según el New York Times, Trip Advisor, Yelp, entre otras publicaciones, este restaurante ubicado en el centro histórico de la ciudad nos serviría uno de los mejores -si no es que el mejor- fondue del cantón. ¡Y nuestra experiencia fue sensacional! De inicio, el lugar de techos bajos y vigas de madera y el olor robusto del queso, te trasladan a una Suiza más tradicional y menos citadina, ¡tienen hasta una armadura para vigilar que tu velada sea íntima y perfecta!

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Compartimos nuestra primera cita con la gastronomía helvética con un amigo y colega de René, y con la compañía extra no podíamos sino aprovechar para pedir más comida y probar de todo. La botella de vino, la canasta de pan y unos pepinillos llegaron a nuestra mesa para abrirnos el apetito.

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Pero los verdaderos manjares no llegaron mucho después: un tartar de res, un plato de carnes frías, un carpaccio de salmón con alcaparras y aceite de trufa, un trozo de raclette recién rasurado, papas ralladas estilo hash y un tazón de fondue moitié-moitié (mitad vacherin, mitad gruyere) elevaron nuestra noche.

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Y aunque mucha gente podrá decir que la cocina suiza tiene poco de espectacular, quiero constatar que nuestra cena fue sensacional y memorable. Yo, desde hacía mucho, quería probar un verdadero fondue suizo, y cada vez que sumergía un cuadrito de pan a ese tazón rebosante, agradecí no haber dejado la oportunidad pasar. Los sabores, el ambiente, el mesero tan amable, ¡la compañía!, crearon una noche que siempre voy a recordar. ¡Ah! ¡Se me olvidaba! ¡Claro que cerramos con postre: un creme brulee espectacular!

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Día 2

Mi segundo día en Ginebra fue mi favorito y por una sencilla razón: ¡tuve un encuentro con mi familia! Mi tía Angélica, mi prima Anna y Rodolfo (novio de la primera mencionada) viajaron de su hogar a dos horas para visitarme y conocer la ciudad conmigo. ¡El mejor regalo! Y es que para mí que vivo lejos de mis seres más amados, estos encuentros, aunque sean breves, guardan un valor inconmensurable.

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Pasaron por mí a las 11 de la mañana y nuestra primera parada fue el Palacio de las Naciones, el centro administrativo y la segunda base de oficinas más importante de las Organización de las Naciones Unidas (ONU). Y aunque no logramos entrar, observar las banderas ondear desde afuera ya transmite una vibra solemne e importante.

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Caminamos después al Museo de la Cruz Roja. ¡Qué! Sí, un museo de la Cruz Roja, y contra toda expectativa negativa que puedan tener -y que confieso yo también tuve- el museo me tapó la boca y me dejó una huella. Primeramente, el despliegue tecnológico que atestiguas durante todo el recorrido es suficiente para apantallarte y hacerte entender lo que un país puede lograr con educación y recursos: audioguías automatizadas, proyecciones holográficas y testigos virtuales que recitan sus testimonios con el toque de tu mano sobre su mano, son solo algunas de las sorpresas que me llevé en sus salas.

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Y segundo, y sin duda más importante, con tan solo una hora dentro de sus paredes, entendí que la Cruz Roja no es solamente un lugar al que llevan a personas en situaciones vulnerables para que los atienda un médico (¡disculpen mi burda ignorancia!), sino un organismo entregado a la lucha y los esfuerzos necesarios para garantizar dignidad humana a todos los ciudadanos del mundo. Extender ayuda en situaciones de emergencia, apoyar en campos de refugiados, mediar con los prisioneros de guerra, son algunos de sus frentes de batalla.

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Luego del museo y de recargar energías y calorías necesarias para enfrentar el frío en La Romántica (una pizza cada quién y una botella de vino logró el cometido), salimos a recorrer y descubrir el centro histórico de Ginebra.

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La Catedral de San Pedro fue la parada obligada y no nos decepcionó, pues además de contar con la Capilla Maccabee y sus hermosas pinturas góticas, tuvimos la oportunidad de subir a las torres a admirar la vista y, de pasada y sorpresivamente, la estructura interna del inmueble. El panorama es hermoso: con el lago despeinado por el viento, los tejados de ladrillo y Mont Blanc salpicado de nieve por el otro lado, el lugar es digno de un abrazo acurrucado como los de Angélica y Rodolfo, de una fotografía y de ignorar el frío por más de algunos minutos.

Con los ojos felices de tanta belleza, bajamos mi familia y yo y salimos a caminar en dirección al lago. Queríamos admirar con más detalle su belleza y postrarnos ante el famoso Jet d’Eau, la fuente que tanto exaltan sus residentes. Y aunque por motivos que aún desconozco el chorro de agua se encontraba apagado, la caminata me ganó un momento de risas y plática sustanciosa con mi prima, algo que ningún jet de agua puede superar.

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Así nos dirigimos a un café para tomar un postre y tratar de contactar a René, quien seguía trabajando. Cuando por fin dimos con él una hora después, aprovechamos para caminar a lo largo del lago y admirar (y también soñar y bromear) las vitrinas de las tiendas, llenas de joyería fina y relojes que probablemente nunca podremos comprar. Ginebra es cuna de la relojería y la precisión, así que este recorrido frente a las ventanas de Bucharer, Piaget y Brietling es inexcusable.

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Con el pretexto de la caminata y con las ganas de extender un poquito más la convivencia antes de su regreso, Ruedi (de cariño para Rodolfo), nos invitó a tomar una copa y a cenar. De verdad que yo no tenía hambre, pero todo sea por tenerlos cerquita un ratito más. Nos metimos entonces a un restaurante italiano con un bar subterráneo. Y con una última copita de vino y platos de pasta compartidos, nos dimos nuestros abrazos y besos de despedida, que aunque un poco tristes, genuinamente agradecidos y satisfechos por las atenciones y la alegre compañía.

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Día 3

Mi tercer y último día fue más solitario e introspectivo, pero me las ingenié para recorrer lo que me faltaba de la ciudad y tener un par de gustos gastronómicos. ¿Por dónde caminé? Primero crucé por el puente Mont Blanc para llegar al Reloj Floral, luego continué hacia el corazón del centro histórico y sus calles sinuosas y empedradas; seguí hacia el Parc de Bastions y hasta el Muro de los Reformadores y luego me regresé para comer en Café Papón.

Mi lunch fue digno de mención: con una crema de calabaza y aroma de trufa acompañada de un panecito con un riquísimo foie gras, me aseguré de llenar la barriga sin robarle del apetito que necesitaría para la cena.

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Ya con las bases bien cubiertas, emprendí una búsqueda especial y forzosa que todos deben hacer cuando visiten Ginebra. Y es que ninguna visita a esta bella ciudad está verdaderamente completa hasta que no degustas, pruebas y gastas unos buenos francos en chocolates. ¡Y es que el chocolate suizo! Yo me di un gustito en dos casas chocolateras: Laderach y Auer, ¡y quiero decirles que el gasto vale cien por ciento la pena! Bombones, tablas, trufas, rellenos… ¡hay para todos los gustos sin restarle a la calidad de sus productos! Ya de regreso en Panamá, sigo complaciéndome con un cubito de cielo al día.

Mi visita en Ginebra tuvo su conclusión en L’Entrecote Couronne. Otra vez acompañados de un amigo, despedimos la ciudad de la misma manera que la saludamos: con buen vino, buena carne y y una sensación de camaradería.

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Días de Navidad mexicana

Como muchos de ustedes que me siguen y me leen ya sabrán, me tomé los últimos días del año para ir a visitar a mi familia y amigos a mi México querido. Y es que para mí no hay mejor lugar para pasar la Navidad que donde están tus personas favoritas. Así que después de una semana de posadas y amigos y tacos y todos los antojitos que se cruzaran por mi estómago, tomamos carretera a Vallarta, uno de mis sitios preferidos en el mundo.

Ya les he mencionado antes que para mí los últimos días del año son de reflexión profunda: repaso con minucia mis logros y fallas del año que se queda atrás, escribo, lloro un poquito, me río, me aprieto el corazón. Pero también los gozo. Y más mientras estoy en compañía de mis papás y de mi hermana, de mi Panzón que nunca me deja sola, de mi abuela y mis tíos y mis primas y mis tías, y hasta de Django, que aunque llegó a la Casa 7 cuando yo ya había partido, me ha permitido chiquearlo y amarlo como si viviera en su mismo hogar.

Hoy quiero compartirles algunos de los momentos más lindos de esta Navidad (en el siguiente post les platicaré más a detalle sobre el resto de estos quince días de arena, sal, palmeras y amor).

¡Ah! ¡Antes de las fotos! Quiero darles un poquito del ambiente navideño que se vive en mi familia. Desde que yo recuerdo, he pasado cada tercer año la Navidad con los Abaroa. Cuando éramos chiquitos, las festividades solían llevarse a cabo en Manzanillo, un lugar que para siempre tendrá un huequito muy especial en mi corazón. Llegábamos todas las primas, y un único primo, a casa de mis Titos (mis abuelos) vestidos con los atuendos de pastorcitos que nos había cosido mi abuela. ¡Era tan emocionante! Y así, la noche del 24 se nos iba comiendo dulces y galletas, pidiendo la tradicional Posada con velitas en las manos (unos afuera en el jardín, los otros respondiendo desde la casa), insistiendo en que ya era hora del tan ansiado intercambio, haciendo el intercambio, cenando pierna casera hecha por mi abuela y buñuelos, tronando cohetes a la orilla de la playa, y abrazándonos en la función de fuegos artificiales a las 12 en punto.

Hoy, las navidades con los Abaroa ya no son en Manzanillo, ni cantamos posada, ni tronamos cohetes a la orilla del mar. Sí, son diferentes, pero igual de especiales y divertidas: con la misma emoción de saber quién te dará un regalo en el intercambio, con nuevos miembros familiares, con juegos retadores y divertidos, con copas y copas de vinos, y con los mismos abrazos sentidos y apretados a las 12 en punto. Así que, sin más, les dejo aquí las fotografías; espero las disfruten y logren absorberles la alegría que me otorgaron y siguen regalando a mí.

Recorro el 2016

Pareciera que cada 365 días (o 366 de vez en vez) me siento frente a la computadora o un cuaderno o simplemente en el carro mientras cruzamos alguna calle transitada en nuestro recorrido a alguna fiesta, cena o discoteca, y reflexiono sobre el año que dejo atrás. Pienso en los libros que leí (este año fueron pocos, confieso), en los restaurantes que visité, en las amistades que gané y aquellas que nutrí -o también dejé morir-, en los regalos que envolví y en aquellos que me sorprendieron. Pienso en los viajes: en amanecer entre copos de nieve y la sensación de la escarcha bajo los esquís; en la sal de Playa del Carmen y las aguas iridiscentes de Bacalar; en el clink clink de los casinos y el baby doll que escogí con mi mamá y mi abuela. Pienso en los paseos por las montañas de California, en tantos vientos acariciados con la ventana del coche abajo, y en el recorrido por Coronado que hice en bicicleta con mi familia después de que desempacara la mitad de mi vida en un clóset insuficiente. Pienso en Cancún: en atravesar un camino de jungla con los pies destrozados de tanto bailar una noche antes y llegar al cuarto de palapa y mosaico donde amaneceríamos y dormiríamos desbordantes de amor. Pienso en Venecia, en la costa italiana, en el castillo que Maximiliano erigió en Trieste y en los templos rotos de Corfu. Pienso en el mar, en el azul mañanero y su profundidad durante las horas de amarnos. Pienso en Dubrovnik, en los techos rojos y la ropa colgada al sol, que junto con cada ladrillo de aquella muralla orgullosa cuidaron de nuestros besos y carreritas. Pienso en aquel ocaso, aquel que sobre los viñedos de La Toscana me ensanchaba el pecho, haciéndole un hueco más grande al corazón que tenía prisa por escapar. Pienso en Cinque Terre y los bolillos con jitomate y jamón que nos comimos mientras admirábamos los reflejos de océano y luz en cada casita de color. También pienso en la carretera que nos llevó a Lago di Como, en la champaña que descorchamos y nos tomamos en el balcón; pienso en Milán y en nuestro paseo en góndola en nuestro último día en los canales del Veneto. Pienso en San Diego, en cargar mi playera de México hasta la punta de Rock House Mountain y agitarla como diciendo “¡aquí sigo y tú en mi corazón!”. Pienso en la playa, en la costa escarpada de La Jolla, en  la extensión gris de Los Ángeles, en los taquitos Providencia que en un regreso volví a comer. Pienso en el sol de Tijuana, en los tacos de langosta de Puerto Nuevo y en la gripa que me quiso dar después. Pienso en mi México: en nuestro regreso a casa porque nos quedamos sin una, en la escapada que nos dimos a Tapalpa y y las vacas y los toros que por un ratito nos compartieron su lugar. Pienso en San Miguel de Allende: en sus tiendas y restaurantes frescos, en la silla de mimbre que en una galería fingí querer comprar; pienso en sus monos de papel maché, en la novia afuera de la iglesia, y en sus callejones y miradores que nos velaron mientras regresábamos borrachos y a carcajadas después de tanto caminar. Pienso en el castillo que volví a visitar pensando en mi abuelo. Pienso en Panamá. En sus rascacielos interminables y la vista que desde el 60 tengo al mar. Pienso en los archipiélagos: en aguas calmas y estrellas de mar que conocí por primera vez con mi mamá, que no entendía por qué los kiwis me costarían 60 pesos de ese momento en adelante. Pienso en Colombia, en descubrir un Medellín verde y amable y en hacer lo posible por acabar con una bandeja paisa que tanto disgusto me terminó por dar. Pienso en trepar y sudar 740 escalones para admirar la tierra partida en islotes, las aguas verdes -espesas desde de lo alto-, las nubes frondosas. Pienso en Cartagena: en el sopor envolviente, en los patios de los restaurantes, en la panga que nos llevó a Rosario, en el aguardiente en garrafa y en el aguardiente en tetrapack. Pienso en los muchachos de los tambores, en los disloques de cadera excitantes en el centro de la plaza. Pienso en caminar por sushi sola una noche y en el bikini y la bolsa que me regalaste. Pienso en regresar. Pienso en Casco Viejo: en la pasta con trufa que disfrutamos y la botella de vino que nos impidió pasar del restaurante al bar; en la boutique de chocolates donde me tomé un café y en la terraza que nos invitó a cenar. Pienso en Bocas del Toro: en convertir mi intuición de que cada playa es un paraíso en certeza mientras te observaba lanzar un palo de un lado a otro del cayo como si fueras un niño que sólo quisiera jugar. Y finalmente pienso en Vallarta -de donde escribo ahorita entre lágrimas y llena de humildad. Mi Vallarta tan azul y hermosa como siempre: en sus playas escondidas y verdes que mi hermana me revela, en sus atardeceres rosas, en las tortugas amorosas, en las caminatas por la arena, en Django revolcado por las olas -pero nunca soltando el frisbee de su boca-, en abrazar a mis papás, y en las ballenas que cada diciembre vienen a bailar, a ayudarme a recordar y revivir el año para que llena de agradecimiento, y siempre con un toque de melancolía, no tenga miedo de soltar.

Brunch en San Diego: mis lugares favoritos

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Tengo muchas ganas de platicarles sobre mi vida en Panamá, pero siento que me he saltado muchas etapas y además todavía no tengo suficientes fotos sobre mi vida en Centroamérica, así que he decidido esperarme un poquito y mejor compartirles sobre uno de mis pasatiempos favoritos en una ciudad que me encanta: ¡San Diego!

Antes de mudarme para acá, tuve la oportunidad de residir en lo que se me antoja como una extensa vacación californiana. Durante tres meses me desperté para trotar en el extenso y hermoso Balboa Park, compré mis tomates -orgánicos- en Trader Joe’s y tomé copas de rosé mientras admiraba puestas de sol espectaculares desde nuestro balcón. ¡Hay tanto que quiero contarles sobre mi estancia en el sur de California! Pero todo a su tiempo…

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Balboa Park

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Rosé en el balcón

¿Total, qué les quiero platicar? Sobre un pedacito del fin de semana que seguro ya saben que disfruto con locura: una actividad exquisita no sólo por los aromas y sabores, sino por la hora del día en que se realiza, sin madrugadas ni prisas ni desvelos: ¡el brunch!

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Admito que soy una persona mañanera. Me gusta levantarme temprano, ver el sol nacer mientras corro, tomarme el primer café a las 8 a.m., bañarme y estar lista para seguir con mi día antes de las 10. Por eso me costó un poco de trabajo encariñarme con el brunch: no me gustaba la sensación de culpa de llegar al restaurante a las 11 del día y probar bocado hasta las 12. Pero una vez que aprendes a levantarte un poquito más tarde, a bañarte con calma y a esperar con una taza de café a que tu esposo salga de la regadera para cambiarse y partir, el brunch se presenta como la comida perfecta del fin de semana.

Y aprovechando que San Diego es una ciudad muy visitada por tapatíos y mexicanos en general, quiero recomendarles tres restaurantes que ofrecen un brunch delicioso.

1. The Cottage en La Jolla Es obligatoria mi parada en The Cottage con cada visita que hago a San Diego. Ya sea sola con René, con mi familia, con visitas o con quien sea que tenga antojo de los mejores huevos benedictinos que he probado en mi vida. Literal. Esa es la especialidad de la casa y los preparan de cinco formas distintas: con lomo canadiense; con polenta y pesto; con pechuga de pavo y aguacate (California Eggs Benedict); con tocino canadiense, espinacas, champiñones y balsámico (Eggs La Jolla); o con cangrejo crocante. Mis favoritos son los California y los Eggs La Jolla y sólo pensar en ellos me pone a soñar que ahorita estoy ahí, saboreándolos todos y dándole sorbitos a un café, un bloody mary o una mimosa.

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En algunas otras ocasiones opto por ordenar el Fried Egg Sandwich, ¡que me encanta! Con pan sourdough doradito, gruyere, tocino crujiente, arúgula, cebolla, alioli de limón amarillo, jitomate y unas gotitas de salsa Cholula, este platillo me parece una transición perfecta entre desayuno y lunch. Claro que hay mil opciones más: huevos al gusto, omelettes, pancakes con limón y ricotta (¡esponjosos y riquísimos!), granola hecha en casa, ensaladas, tuna melts y hasta chilaquiles, yo sólo les hago hincapié en mis favoritos para que se animen a probar.

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Y guardé lo mejor de este lugar para el final. Y es que cada visita mía tiene tres partes: la primera es el café y el pan dulce mientras espero la mesa (¡siempre hay fila así que vayan mentalizados!); la segunda es el abundante desayuno, el jugo de frutas, el café, la mimosa; y el tercero y a veces más difícil de conseguir pues se necesita de la solidaridad de tus acompañantes: ¡el postre! Sí, leyeron bien, hay un platillo que no perdono como postre cada que visito: el Stuffed French Toast con extra topping de fresas, berries y plátanos. Este no es cualquier pan francés, es una delicia de los dioses gastronómicos: tres piezas de pan brioche con mantequilla, rellenas de compota de fresa y queso mascarpone, espolvoreadas de azúcar glass, fruta y miel… ¡Fuera de este mundo de verdad!

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Mis recomendaciones son que cada quien pida su plato principal y al final compartan el pan francés, que vayan con tiempo, con mucha hambre (para mí es el premio perfecto después de una carrera o larga corrida) y que después de todo, disfruten de un hermoso día caminando por La Jolla, por la playa soleada, por la bahía repleta de focas. Tendrán un sábado o domingo para recordar.

2. Snooze En el corazón de Hillcrest (el barrio gay de San Diego) hay un lugar de abundantes desayunos y suma popularidad. En honor a su nombre, este lugar te dará el placer de esos cinco minutitos más de sueño cuando suena tu alarma. Con un café helado recién hecho y una vibra juvenil y alegre, Snooze te espera con su propia interpretación del tradicional desayuno americano.

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¿Qué ordenar? Si son fanáticos del hash brown (papas ralladas y sofritas) les recomiendo el Snooze Spuds Deluxe: una orden de hash brown cubierta con queso cheddar gratinado, cebollines y un par de huevos estrellados. Una mezcla original, calientita y cremosa para empezar el día con el corazón y la barriga contentos. Otra opción sabrosa es un Sammie (sandwich) de corned beef, queso suizo y aderezo mil islas o, uno de mis gustos culposos, un Grilled Cheese con sopa de tomate, ¡deli!

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Sea lo que pidan, aquí también deberán dejar espacio para el postre, porque el OMG! French Toast realmente te dejará sorprendido. Un pan francés con mascarpone, crema de vainilla, caramelo salteado, fresas frescas y coco tostado es el final perfecto para una mañana con amigos.

3. Great Maple Seguramente han escuchado de las donas de maple espolvoreadas de trozos de tocino crujiente, ¡pues en Great Maple las preparan a diario y son espectaculares! Y si esa no es razón suficiente para visitar el restaurante, el resto de su menú creativo y moderno lo será. Prueben los Popovers (unos tipo muffins con un par de huevos poché encima y salsa holandesa) con flores de calabaza fritas rellenas de queso de cabra, con champiñones, tomates rostizados y una vinagreta de fresa. O si prefieren algo dulce, dense un lujo con los pancakes de fruity pebbles o los de peanut butter y plátanos fritos o los de chocolate y tocino, ¡no se arrepentirán!

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La comida es parte esencial de un buen viaje, así que no se olviden de estas tres recomendaciones la próxima vez que estén por San Diego y sus alrededores. Hay muchos otros lugares que deben probar, pero empiecen por estos y verán que quedarán súper satisfechos.