Preámbulo Café – sabor, café y tranquilidad

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Después de un complicado inicio de diciembre (cerró el periódico donde trabajaba y el estrés se nos subió hasta las orejas) y luego un vacacionado cierre de año, estoy de vuelta en la ciudad, desayunando en lugarcitos nuevos, degustando cafecitos y una vez más frente al monitor, lista para contarles sobre mis nuevos descubrimientos culinarios y planes de vida (¡son tantos!).

Pero para no abrumarlos ni enfadarlos con mis discursos motivacionales y muy personales, hoy les quiero recomendar un cafecito que se ha ganado mi corazón.

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En un rincón tranquilo de la colonia San Antonio, en una cuadra en donde López Cotilla encuentra calma después del barullo de la colonia Americana y antes del estruendo del Centro, hay una casita verde que despide notas de los años 20s, mientras en su interior gotea un café lleno de cuerpo. El interior de la casa, con piso original y paredes blancas, da hogar a una cafetería local que, con detalles sencillos y aromas alegres, da la bienvenida al comensal que busca refugio del bullicio o un lugar donde parar antes de iniciar un día atropellado y lleno de ruidos y pendientes. El preámbulo perfecto, así como lo antoja su nombre.

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Con mesas de madera vieja, sillas blancas y plantas en macetas de cerámica, Preámbulo tiene más de un rincón que invita a sentarse y desayunar. Las ventanas arrojan sombras y cobijan libros en los alféizares. Al fondo en la barra, un V60 en uso, y el barista dibujando una flor en un latté calientito.

El menú es breve pero delicioso y  no toma más que un platito de fruta para abrir el apetito. Pido al mesero -muy joven- un muffin inglés, los demás ordenan chilaquiles, otro, un muffin con salchicha. Llega el café y el primer sorbo despierta a Edith Piaf, que desde hace rato murmura al fondo. Platicamos. Disfrutamos el domingo. Por un resquicio nos toca el sol y alcanzamos a ver a los ciclistas que se dirigen a la Vía Recreactiva. Los jugos ya están en la mesa: naranja, verde, fresa con naranja. También chisporrotea un chocolate caliente.

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¡Mi muffin inglés está muy sabroso! El pan, con frijolitos negros, queso gratinado, un huevo estrellado, tocino crujiente y miel de maple, abraza la lengua y deja al paladar contento. Para complementar, un puré de papa suave deja una estela de mantequilla en la boca. A un lado, los chilaquiles en salsa de chile pasilla y los trozos de pancita comienzan a desaparecer. Al otro lado, otro muffin -aunque este con salchicha- es devorado.

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Nos retiran los platos, pero aún quedan traguitos de café en nuestras tazas. Un charleston reanima las anécdotas y nos queremos quedar ahí un ratito más. En la carta, nos hace ojitos un pan francés con fruta y queso de cabra, pero la barriga está satisfecha y tendrá que esperar para la próxima visita. La cuenta, el dinero, y nos marchamos con el corazón alborozado, dispuesto a prolongar esa placidez, a evadir el tráfico y el trabajo aunque sea cinco minutitos más.

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Preámbulo, Cafetería Local abre de lunes a sábado, de 8:30 a 22:30 horas. Los domingos, de 8:30 a 16:00 horas. ¡No lo dejen de visitar!

Si quieres escuchar un poco de música para sentirte en el ambiente de Preámbulo, da click aquí.

 

Pelotas-mundo, constelaciones y billetes viejos en Pogo, la nueva expo del Cabañas

Processed with VSCOcam with s2 preset¡Hola a todos! ¡Les tengo una buena noticia! Después de ver durante meses y meses y meses fotos de sus familiares, amigos y conocidos frente a la colorida obra de Daniel Buren frente y dentro del Instituto Cultural Cabañas (Cabañas 8, Centro Histórico), ¡llega algo nuevo a la ciudad! Y quiero decirles que si la obra minimalista-abstracta de Buren les gustó, la nueva exposición de Máximo González les va a encantar. No me malentiendan, me encantó la intervención de los patios con espejos, rayas y colores, del artista francés, pero ya era momento de refrescar el espacio, ¿o no?

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Total que el artista argentino, que desde hace más de 10 años radica en la Ciudad de México, vino a hacer justamente eso. Su exposición, Pogo, se compone de instalaciones, collage, video, escultura y fotografía y se despliega en siete salas y dos patios del Cabañas. Durante el recorrido por todo el espacio, el argentino provoca una reflexión sobre la pobreza: ¿qué es ser pobre? ¿qué es ser rico? De hecho, subraya su creencia de que algunas personas, al tenerlo todo, sólo carecen de carencia, y que es precisamente esta carencia la que los lleva a un pérdida fundamental: el valor de las cosas, el parámetro para valorar lo que cada quien tiene.

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La primera instalación es “Cielo de América”, una casita de asbestos instalada en una esquinita del patio, El Ciego. Te piden que te descalces para entrar (sé que suena algo desagradable, pero vale la pena, así que no duden en hacerlo). Una vez adentro descubres que a la oscuridad de la casita se le cuelan puntitos de luz, el techo está agujereado. La metáfora es clara, el “pobre”, el que vive en casas de asbesto, tiene el techo y el paisaje más hermoso; ¿es tan pobre, entonces?

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La siguiente parada en el recorrido te lleva a “Manifestaciones”: unos “Bancos de pobre preparados para ricos”, una imponente mesa de madera con incrustaciones de monedas fuera de circulación, un estilo de petate bordado con las orillas que le cortan a los billetes en el Banco de México antes de que salgan a circulación (sí, Máximo González las rescató), píldoras, que encierran un grano de arroz con la inscripción “tengo hambre”, enquistadas a lo largo de una de las paredes; manchas rojas que simulan sangre, pero brotan flores en otra de las esquinas…

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Ingresas a la sala que sigue aturdido por los gritos que las protestas alrededor del mundo provocan en las personas. Una video proyección de manifestaciones en México, Asia, África aumenta su volumen para luego volverse a calmar y dar lugar a imágenes de animales y sonidos de la naturaleza… ¿Quiénes, qué especie es la verdaderamente salvaje?

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“Dream” es la siguiente parada en el recorrido y una de mis favoritas. Cuatro blancas paredes son el lienzo para que con cinco mil billetes, Máximo González pudiera recrear un sueño (aunque muy real) que termina en una guerra espacial: bosques, bosques talados, fábricas, refinerías, ciudades y rascacielos, mares, mares con buques, el espacio, la guerra en el espacio. Vale la pena observar el detalle de la ilustración, tomarse sus buenos minutos para observar con minucia la obra…

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¡Pum! Después de observar, casi pegada a la pared, la pieza “Dreams”, sales al Patio Orozco y te quedas sin habla: miles y miles de globos terráqueos cuelgan, se apilan y desbordan de los arcos, de los pasillos, de las jardineras. Con 7 mil pelotas de alberca con impresión de globos terráqueos, hechas en China, Máximo González representa las 7 mil millones de personas que habitan el planeta. “Camino entre los mundos” impacta y estoy segura de que se convertirá en la parte más fotografiada de la exposición.

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Casi para terminar, González construye una advertencia con “Monumento al peligro”: jarras, tazones, tuppers, platos, todo rojo, todo colgando de cables negros con focos. El resultado es un cuarto muy rojo por el que tienes que andar con cuidado para no destruir o no tumbar nada. Es visualmente llamativo y divertido de atravesar. El penúltimo elemento de la exposición es “El bosque de la silla árbol”: una sala con varias sillas de madera de las que se ramifica un árbol.

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Y, para finalizar, una instalación que rescata los recuerdos, pues con platos viejos, pintados, recolectados, provoca la introspección, dibuja la casa de nuestra abuelita, el comedor de nuestra infancia. Son más de dos mil platos los que personas de todo el mundo han donado para esta última instalación.

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Realmente les recomiendo que se den una vuelta y disfruten de la exposición, ¡no dejen que se las cuenten a través de Instagram o Facebook! Yo fui con un montón de amigos con los que aproveché para tomar fotos (chequen #ThePogoMeet en Instagram) y luego volví para ver la exposición con calma, y les digo con mucha sinceridad que vale la pena, sean o no fanáticos o seguidores del arte contemporáneo, Pogo de Máximo González los va a impresionar.

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Si alguien ya fue no duden en comentarme qué les pareció, si les gustó o no, cuál fue su parte favorita… Y si no han ido, vayan y visítenla y después me comentan, ¡ya saben que me encanta leerlos! La exposición estará abierta hasta el 8 de febrero de 2015, un abrazo.

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Fiestas y altares por el Día de Muertos

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A pesar de lo que diga mi feed en Instagram, octubre no significa, para mí, miles de árboles de colores ocres y amarillos decorando mi ciudad, ni pilas de hojas crujientes en el suelo, ni las primeras oportunidades para usar bufandas y botas de la temporada. No. En Guadalajara, octubre significa que tus feeds de Instagram y Facebook se llenan de las fotos de tu amigos en fiestas de disfraces o conciertos de Juan Ga en el Palenque, que ya puedes ir a Starbucks a comprarte un pumpkin chai latté, que, si tienes un poquito de suerte, comenzarás a sacar tus suéteres ligeros del clóset; y lo que a mí me emociona más, que llegan los guiños del Día de Muertos a la ciudad.

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Por más emocionante que sea buscar un disfraz para la fiesta del viernes, que todos los supermercados te tienten con calabazas de plástico gigantes, que las tiendas las decoren con telarañas falsas y que no puedas cruzar la calle sin que la risa de una bruja mecánica te persiga, no creo que haya una celebración que durante este época anticipe más un mexicano que la de sentarse a la mesa con la familia y los amigos a compartir un pan de muerto calientito con chocolate caliente. ¡Vamos, esperamos todo un año para que podamos saborear este manjar!

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Que los mexicanos tenemos una relación especial con la muerte, es un hecho conocido alrededor del mundo. Comer calacas hechas de azúcar, comprar jueguetes de doctores y abogados hechos esqueletos, y lo más bonito: armar altares para honrar a nuestros muertos con ofrendas, papel picado, flores de cempazuchitl, y objetos que recuerdan a sus pasatiempos, platillos y vicios favoritos, suele parecer extraño para todos aquellos que no crecieron en nuestro país. México es surrealista por excelencia. Ya lo decía Dalí, tras su visita a nuestras tierras, que no quería volver jamás a un lugar que era más surrealista que sus pinturas, ¡ja!

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Mi hermana y yo tuvimos la fortuna de conocer y convivir con nuestros abuelos, abuelas y dos bisabuelas. Sin embargo, desafortunadamente, en los últimos cinco años hemos sufrido la pérdida de más de la mitad. No quiero sonar burda, ni faltar al respeto a ninguno, pero pareciera que se pusieron de acuerdo. A diferencia de muchos de mis amigos, a mí no me sacaron del salón en la primaria para avisarme que mi abuelita había muerto. No, Marifer y yo la libramos hasta hace cinco años, cuando mi Tito Poncho dijo adiós; hasta hace 18 meses, cuando mi Tito Pepe dijo adiós; hasta hace cuatro meses, que mi Tita Chata dijo adiós. Así que nos hemos visto sacudiendo la mano más de lo que nos gustaría, pero en el fondo tenemos el corazón contento, seguro de que nuestros muertos están, por estar muertos, más tranquilos.

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Marifer tiene un corazón gigante y por segundo año consecutivo decidió que debíamos sumarnos a la tradición mexicana por excelencia e instalar un altar en la casa. Y, para armar el altar, no hay mejor lugar para surtirse que en la tradicional Feria del Cartón del Parque Morelos. ¿Lo han visitado? Ubicada en el Centro Histórico de Guadalajara (Calzada Independencia esquina con Juan Manuel), la Feria cuenta con más de 150 puestos de pan de muerto, calaveritas de azúcar, juguetes, artesanías y papel picado, y se puede visitar a partir del segundo fin de semana de octubre desde las 10 de la mañana.

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¡Es una experiencia ir a la feria! Revives tu infancia, tienes un reencuentro con tu mexicaneidad. Además, no todos los puestos son de artesanía, algunos venden garnachas, pizzas, gorditas de nata recién hechas, dulces y cajetas… Yo recomiendo ir por la tarde cuando comienza a bajar el sol (y el calor) para añadir misticismo a la experiencia y para tener la nariz y la barriga ya dispuestas a provocar el antojo.

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Cabe mencionar que la Feria del Cartón, como todo lo demás en el país, se ha visto afectada por consecuencias de la globalización. Vaya, algunos vendedores han cambiado las muñecas de cartón por máscaras de Freddy Krueger, y los platitos y comiditas de barro, por arañas y murciélagos de plásticos fluorescentes. Pero al fin, los mexicanos ya no sólo usamos huaraches y sería injusto pedirles a los vendedores que sólo vendieran figurines que cada vez se ausentan más, que no creemos poder usar como disfraz.

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Realmente les recomiendo que visiten la feria, que revivan un poco la tradición mexicana, que se coman una gordita de nata calientita, que celebren con cariño y flores a sus muertos, que armen un altar. Yo tengo muchas ganas de visitar los recorridos que ofrece el Panteón de Mezquitán o el Panteón de Belén por las noches, ¿han ido? ¿Cuál me sugieren? Creo que sí estrechamos un vínculo con aquellos que nos han dejado cuando celebramos que vivieron, cuando los ofrendamos, cuando dejamos en el altar naranjitos, tequila y dominó para que bajen y por un rato convivan y jueguen en nuestras casas, tomen vino de nuestros vasos, se calienten los huesos con nuestras velas. Que la verdad, ahora que reflexiono, pienso que si celebramos tanto su muerte, si nos reímos de ella, si le hacemos fiesta, algo de festividad debe existir por allá también. Quizá mis titos no están tranquilos por allá, donde sea que sea ese lugar; quizá están juntos, echándose unas cubas, comiéndose unos taquitos de chicharrón prensado a media partida de dominó, riéndose de nuestra cara de solemnidad cuando vemos su fotografía sobre el último peldaño del altar, compartiendo por unos días su fiesta y alegría con nosotros.

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Doña Gabina Escolástica: antojitos tapatíos y mucho color

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Para darle un buen cierre al mes patrio hoy les voy a recomendar una de mis fondas favoritas. Tacos, tostadas, sopes, pozole, tamales… lo más típico de la cocina tapatía en una cenaduría en el centro de Zapopan.

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Doña Gabina Escolástica, ubicada en Javier Mina #237 en el Centro Histórico de Zapopan, ofrece antojitos mexicanos, calientitos y sabrosos, de martes a domingo. Yo soy cliente frecuente, pues vivo con la ventaja de que me queda a tres minutos de casa, y no es inusual que un domingo por la tarde las tripas me exijan unas enchiladas de queso y cebolla.

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Doña Gabina es una fonda con un encanto muy especial y único. No es la típica cenaduría de barrio con mesas de Coca-Cola y cazos de aceite hirviente a la vista. No. Doña Gabina tiene todos los rincones pensados en la experiencia de un México folklórico: banderas de papel picado en el techo, libros de historietas de Tin Tin y Tribilín colgados como guirnaldas, máscaras de lucha libre, platitos de cerámica y peltre, cartas de lotería pintadas en la pared. Hasta el menú está escrito para añadir al ambiente folklórico: “tostadas y tortas de pata de puerco, de pierna, de lomo de soís a $39, deshuesadas cuestan más” y “como dijo el alcalde de Lagos… ‘el que tenga puercos que los amarre y el que no, ¡pos no!’ Bien muchísimas gracias”. Continue reading

El centro, mi abuela y una calandria

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Sofi mi prima tuvo la iniciativa de invitar a mi abuela al Instituto Cabañas la semana pasada. Y a sabiendas de que yo soy fanática de ir al centro, me invitaron también. Al final, el plan contagió a mi hermana y a mi mamá y planeamos para ir juntas algún día de la semana. Si tienen ganas de ir a conocer yo recomiendo que vayan un martes, ya que la entrada es gratuita ese día. Nosotras, por cuestiones de horarios terminamos visitando el sitio el miércoles por la mañana. Nos fuimos tempranito, mi abuela nos había dicho: “nos vamos desde a desayunar. Las quiero llevar a un restaurante antiguo”.

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El miércoles a las 9:30 salimos de su casa y manejamos hasta el Centro Histórico de la ciudad. Hotel Morales, dijo que se llamaba, ¡qué conveniente, ja! En realidad, el lugar solía ser la Casa Verea, pero con la llegada del tren se transformó en hotelito para recibir a los visitantes. Ubicado en av. Ramón Corona 243, esquina con Prisciliano Sánchez, ofrece una vista preciosa al Jardín de San Francisco. Desayunamos ahí: molletitos con frijoles y pan francés con azúcar, canela y fresas. En la esquina del patio interior, un pianista tocando un vals. Había algo en el ambiente, más allá de la clara disposición que las mujeres de mi familia y yo teníamos por disfrutar la frescura de la mañana, el hotel, los arcos, el techo, los muebles, todo nos iba preparando para disfrutar por unas horas de una Guadalajara distinta.

 

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Salimos del Hotel con la intención de caminar hasta el Instituto Cultural Cabañas (unas ocho cuadras de distancia), pero a cinco minutos de camino mi hermana rememoró su infancia y djio: “algún día deberíamos pasear en calandria”. ¿Sí quieren? ¿Sí? Y no tardamos ni quince segundos en cambiar el curso hasta el Jardín San Francisco. Mi madre quiso negociar con el calandrero (¿a alguien le sorprende?), pero mi Tita no le dio chance. ¡Cuando menos pensamos ya se trepaba a otra calandria estacionada y no nos dio opción! Creo que este fue mi momento favorito de todo el día: ver a mi abuela tan decidida, tan dispuesta a pasarla bien, a enseñarnos desde la calandria dónde tomaba nieve en los portales. Deberíamos hacerle caso más seguido a nuestras abuelas.  Continue reading