Fin romántico en Tapalpa, pueblo mágico

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¡Ya tenía mucho tiempo sin escribir! Pero en mi vida se cruzó una boda (¡sigo soñando con ese día!), una luna de miel, una mudanza, un regreso y otra mudanza que parece ser que será un poquito menos temporal. El caso es que estoy feliz de regresar a mi computadora y a este blog que tanto quiero y mediante el cual extraño compartir.

Y para retomar mi disciplina hoy les tengo una entrada sobre un lugar muy bonito y cercano al corazón de los tapatíos: ¡Tapalpa! Les cuento que Ren y yo estábamos un poco aburridos en la ciudad, pero también un poco amarrados a ella, por lo que no podíamos escaparnos por más de una noche. Así que encontramos en Tapalpa la solución perfecta a nuestro hastío. Y la verdad es que la pasamos tan bien que quiero compartirles todos los detalles de nuestra salida espontánea.

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Salimos a carretera tempranito. O por lo menos esa era la intención (yo quería llegar a desayunar al pueblo), pero el sueño nos venció un par de horas más de lo contemplado y terminamos por encaminarnos hasta las 10:00 AM. Aún con la demora, encontramos en Internet un restorancito que sirve desayunos hasta las 12:30, así que nos aventamos con el estómago vacío, pero felices de que al llegar encontraríamos café, pan y crema y quesos frescos que sólo en los pueblos puedes probar (¡son los mejores!).

Nos fuimos por la carretera libre y todo transitó en orden. Con curvas y todo hicimos exactamente dos horas a la entrada del pueblo, y además nos tocó avistar a los aventureros madrugadores planeando en sus parapentes. ¡Es un recorrido muy lindo!

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Llegamos directo a Madre Tierra, el restorán que buscábamos, en la Plaza Principal de Tapalpa. Con mesitas de madera y troncos de árboles como sillas, el lugar nos recibió acogedor y calientito. Tenía tanta hambre que mal entré, pedí mi café negro y un omelette (siempre de puras claras) de cebolla guisada y chorizo con una guarnición de chilaquiles rojos y un bodoquito de frijolitos con queso cotija. Ren ordenó sus chilaquiles rojos con dos huevos estrellados. Fue una sorpresa que trajeran mi café en un matraz, recién goteado de un clever. De pronto pareciera que estos métodos de extracción se reservan para los cafés cool de la ciudad, así que quedé muy complacida. Todavía puedo saborear mi omelette y ver a mi Panzón comiendo vorazmente todo lo que había en su plato.

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Luego de desayunar fuimos a instalarnos en nuestro hotel, ¡y este fue otro gran acierto de nuestro viaje! Nos hospedamos en Villa Cassis Hotel Boutique, un hotelito en lo alto del pueblo, con cuartos muy acogedores, ponche de granada en el recibimiento, plantas frondosas en el pasillo principal, servicio súper amable y una vista hermosa desde la terraza donde te sirven de desayunar.

Ya sin triques regresamos al carro y nos dirigimos a las famosas Piedrotas. Hicimos unos 15 minutos desde el hotel y en el camino disfrutamos del área boscosa que tanto me hace suspirar. La visita fue muy breve porque empezó a llover. Pero tuvimos oportunidad de jugar y tomar fotos de unos toros y unas vacas que completaban el paisaje.

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También aprovechamos la vuelta para visitar la casa que mi cuñada y su esposo construyen en un pueblito aledaño. Nos perdimos un rato entre tanta curva y lluvia, pero por fin llegamos y el supervisor de obra y su perro Ramón nos dieron todo el tour.

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Aún sin hambre y con lluvia, decidimos regresar al hotel, donde pasamos un par de horas resolviendo un crucigrama y donde Ren además tomó una siesta. Los dos ya conocíamos Tapalpa, así que no teníamos prisa de ir a todos lados. Además, es bonito también tomarse el tiempo para relajarse y pasar el día sin apuros. Tapalpa es chico y se presta para descansar.

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Ya despabilados salimos a caminar. En los portales de la Plaza Principal de Tapalpa probamos rompope de vainilla, nuez y piñón, y curioseamos las artesanías de madera y cuero. Como a eso de las 6:00 PM nos dio hambre y entramos a Los Girasoles. Pedimos un platón para dos personas (con frijolitos refritos, panela, guacamole, pollo desmenuzado en salsa, y salsa mexicana) y un tequila para bajarlo todo. Aunque no hacía mucho frío, la lluvia y la sierra siempre proponen una tarde tranquila y tequilera. El platón (deliciosísimo, por cierto) bastó para mí, pero Ren pidió después una carne asada. El rato nos duró dos horas, y es que platicamos tan a gusto y el restorán es tan lindo, que no queríamos precipitarnos y esperamos la noche caer.

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Otra vez en la Plaza, me dio por revivir las travesuras de mi infancia y me acerqué a un puestito a comprar buscapiés y otros cohetes de muchas chispas y poco tronar. Nos reímos con los chiquillos vagos que se acercaban a los petardos justo antes de explotar, tomamos fotos y nos entretuvimos hasta que el barullo en los portales nos antojó otro vino. Nos sentamos en una esquina, sinceramente no recuerdo el nombre del lugar, y nos tomamos una cazuelita y comimos chícharos y cacahuates de un platito en el centro de la mesa.

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Al regresar al hotel tuvimos la fortuna de que nos recibieran con una botella de vino tinto, así que la abrimos y nos tomamos un par de copas más antes de dormir.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, recibimos por una puertita pequeña una bandeja con una jarra de café fresco y galletas de naranja para acompañar. Son detalles así los que engrandecen tu estancia en un hotel. El desayuno (subimos como a las 10:00 AM), igual que las galletas mañaneras, estaba incluido en nuestra reserva (y me parece que en la de cualquiera que se hospede en Villa Cassis). Lo sirven en la terraza, en un segundo piso, con vista al pueblo y a un lago un poco más alejado del paisaje. Nos sirvieron yogur con frutas, jugo y panes con mermeladas caseras. Y como plato principal, un plato de chilaquiles rojos o verdes al gusto. Yo los pedí verdes, y creo que fue la elección más atinada, pues venían con rajas y cebolla guisada, lo que les daba un toque extra de sabor.

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Con la barriga feliz, empacamos, subimos las maletas al carro y regresamos a la Plaza Principal. Entramos a la iglesia (yo no la conocía, o por lo menos no la recordaba) y compramos el rompope y la cajeta para regalar en casa. He de confesar, que se me cruzó un tamal de acelgas, y no me importó que todavía tuviera los chilaquiles en la garganta, le puse extra queso y extra crema y me lo comí.

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Para completar la visita a Tapalpa y tomar las fotos que me hacían falta, regresamos a Las Piedrotas antes de partir. Esta vez no nos embelesamos con las vacas, sino que caminamos a los monolitos, nos trepamos, admiramos la vista y a los intrépidos lanzándose en una tirolesa a primera vista demasiado improvisada y nos sentamos a despedir a nuestro paseo que en poco habría de terminar.

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A veces estamos fatigados de ir a los mismos lugares cada fin de semana y se nos olvida que a poco tiempo de la ciudad, a un precio razonable y a una corta distancia, podemos conseguir un par de días diferentes, relajados, románticos, memorables, al gusto de cada quien. Nosotros nos la llevamos tranquilos y lo tomamos como un weekend getaway, pero en Tapalpa hay muchas otras actividades que puedes realizar: paseos en cuatrimoto, aventarte del parapente, ir de hiking y a explorar. El chiste es animarse y aprovechar todas las opciones que tenemos cerca.

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Los Laureles: lonches de pastor, taquitos de cochinita y mulitas llenas de crema

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A veces, entre tantas nuevas propuestas gastronómicas, se me olvida platicarles sobre los lugares que desde hace años y años se han ganado mi corazón. Y no hablo de restaurantes de alcurnia que siempre continúan vigentes, sino de los restaurantes que con comida casera o sencilla, pero increíblemente deliciosa, se han convertido en mis consentidos.

Y Los Laureles es el ejemplo perfecto. Con su establecimiento sencillo (¡aunque están pasando por un favorable cambio de imagen!) y su menú a base de antojitos, taquitos y demás inventos deliciosos con pastor como ingrediente fundamental, Los Laureles se ha ganado el corazón de los tapatíos desde 1973.

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Para mí, Los Laureles nunca falla, y me es tan sabroso que ni me dilato tomando fotos, voy directito a los totopos con salsa de guacamole y robo tiras de zanahoria del plato con ensalada de col. Además, hay algo sobre Los Laureles que siempre logra hacerme sentir en casa, y no en mi casa actual, sino en mi casa como de hace 15 años, cuando yo tenía nueve y me gustaba jugar a los encantados y al turista. No sé si será el piso, o si será que siempre me recibe el mismo amable mesero, o que cada vez que visito hay un mantel con una aguja, un cepillo, un anillo y un champiñón queriendo ser encontrados y coloreados.

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Aunque siempre reviso el menú, mi decisión está hecha desde que me entero que comeremos ahí: un lonche de pastor con queso, al cual le agrego mucha ensalada de zanahoria y col, salsa de guacamole y salsa picosita roja. ¡Un manjar mexicano irrepetible! Como el pan del lonche no es demasiado grande, generalmente me queda espacio para comer un antojito más, y es ahí donde, de día a día, podrá variar mi elección. ¿Qué recomiendo? Los pingüinitos: seis sopesitos -chiquititos, también conocidos como aspirinitas- surtidos (pastor, cochinita y frijolitos), perfecto para compartir como entraditas.

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Sin son amantes de la cochinita, no pueden perderse los panuchos: típicos de Yucatán, la tortilla va refrita y rellena de frijoles, arriba la carne y el complemento que prefieras, yo sugiero cebollita morada con gotas de habanero, ¡uff! De estos también pueden pedir la orden o sólo la pieza, dependiendo de su apetito y el de sus acompañantes.

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Y si el huequito que les queda después de su lonche (que también hay de asada, bisteck, bajada, mixtos) es mucho más amplio, ¡no duden en pedir la mulita! La Mulita es una tortilla de maíz que encima lleva carne al pastor y queso, luego se tapa con otra tortilla de maíz, y como corona: una montaña de frijoles y crema fresca, además de la salsa de su elección, ¡riquísima y bastante llenadora!

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Finalmente, siempre están los taquitos que son seguros. Aprovechen que en Los Laureles los hay de cochinita pibil, que luego no suelen encontrarse comúnmente en taquerías. Lo de asada, de pollo, bisteck y pastor también son de ley. Y todo acompañado de un agua de horchata o de una cervecita bien fría, ¡mucho mejor!

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¿Y de postre? ¡Qué tal una tradicional jericalla! O una paleta de hielo. Así que ya saben. Si aún no saben a dónde ir a comer o cenar este fin de semana -o cualquier día, en ese caso- no duden en ir a Los Laureles, no los decepcionará.

Domicilio:
Av. México 2605

Horario:
Lunes a domingo: 13:00 a 23 horas

Nuevo tributo a Dainzú – comida oaxaqueña para todo bien y todo mal

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Hoy iba a escribir sobre un restaurante que he frecuentado mucho últimamente por su cercanía, sabor y buen ambiente. Pero la verdad es que ayer estaba teniendo un día súper complicado, lleno de imprevistos, estrés y pendientes interminables (todos tenemos días, semanas, ¡meses! así) y cuando mi mamá me dijo que quería ir a comer a Dainzú y cuando en efecto fuimos y me senté a la mesa y cuando tomé el primer trago de mi agua de horchata, y cuando luego me sirvieron mi crema de frijoles y la devoré, me percaté que mi día de pronto había mejorado. Ese bienestar que Dainzú logró darme en un día de sumo estrés me convenció de escribir otra vez sobre esta joyita (Providencia 2920).

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Sí, ya había escrito sobre este paraíso de comida oaxaqueña -quizá lo recuerden o no- y, un año después, mi opinión se sostiene (o en realidad muchos años después de aquella mi primera visita): Dainzú no sirve más que manjares y lo hace de una manera espléndida, vasta, abundante y lo hace dentro de un ambiente lleno de cariño, dedicación, creatividad y amor.

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¿Por qué digo creatividad? Porque en Dainzú siempre hay algo nuevo. Pablo, la mente creadora y artística detrás del concepto y la cocina, además de un gran amigo, siempre tiene un proyecto y una idea nueva, además de todas las ganas y habilidades para llevarla a cabo. Este año impulsó en su restaurante muestras gastronómicas de Michoacán; en julio un especial oaxaqueño por la Guelaguetza, un recorrido septembrino por Tlaxcala, Puebla, Colima, Yucatán y Veracruz; en octubre, por el 50 aniversario de las Fiestas de Octubre, exploró Jalisco, y ahorita puedes ir a probar alguna delicia inspirada y basada en recetas tradicionales chiapanecas.

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Y los especiales culinarios no son las únicas sorpresas. ¡La decoración siempre es una fiesta distinta! ¡Un deleite! Pablo se sentó a la mesa con mi mamá, mi hermana y conmigo, y mientras comíamos nuestras sopas de frijol picositas, con queso, pollo y totopos bien crujientes, nos platicaba su proyecto para el árbol de Navidad de este año: ya preparado para su montaje, el árbol de lámina estaba cubierto de un papel lleno de centellas, y modelaba series de luces que prendían y apagaban. Debajo de la mesa, Pablo sacó una caja y nos enseñó el toque final: ¡el árbol artesanal llevará más de 150 corazones de aluminio repujado que él mismo hizo! ¡Sí, él mismo! Ese es el nivel de cariño y dedicación que tienen en Dainzú, porque además Pablo lo contagia y todos los meseros y cocineros más parecen su familia y sus amigos que sus empleados, además de que a todos los comensales los tratan con la misma familiaridad.

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Mientras Pablo seguía platicándonos los detalles de la decoración navideña para este 2015, llegaron nuestros platos fuertes. Mi mamá y yo aprovechamos la promoción, tipo buffet, que están ofertando: por 150 pesos podrás comer una taza de sopa del día, pasar a la amplísima barra de ensaladas, elegir un plato fuerte (a la promoción entran desde enfrijoladas, hasta chiles en nogada y camarones al mango), y tomar un café. ¡Es una ganga! Porque además les insisto, los platos se sirven de manera muy muy generosa.

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Yo ayer pedí enchiladas con mole negro. Vienen tres enchiladas de queso cubiertas en un mole riquísimo, con lechuga, crema y más quesito para adornar, y aun lado un filete de carne (¡les digo que es abundante!), al que le puse salsa roja para comérmelo con mayor alegría. ¡Exquisito todo!

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Mi mamá pidió su tradicional chile en nogada, ¡no los perdona! Y quiero decirles algo, me he dado a la tarea de probar chiles en nogada en muchos lugares diferentes, pero ningún local o restaurante de la ciudad prepara este manjar como se hace en Dainzú. ¡Háganse un favor y no se lo pierdan!

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Por otra parte, mi hermana pidió unas picaditas con asiento: cuatro sopecitos con frijoles, queso, carnita adobada y aguacate que son perfectas para compartir o para cuando no tienes demasiada hambre.

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Cerramos la comida (y casi fue motivo para desabotonarnos el pantalón), con una rebanada de flan de calabaza con un espejo de rompope y cada quien su café grande.

Nos despedimos de Pablo con un fuerte abrazo y con una última mirada al árbol de Navidad. Salí de ahí con fuerza renovada, con la sensación de que el día había mejorado y que estaba lista para terminar los pendientes y vencer todos los obstáculos que se sumaran a los contratiempos del día.

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Como hace un año o más, los vuelvo a invitar a que visiten Dainzú, y a que lo hagan con frecuencia para que descubran más sabores no sólo de Oaxaca, sino del país. Además de comer delicioso, siempre encontrarán elementos distintos -aunque siempre súper artesanales y mexicanos- en su decoración, y sonrisas y alegrías de Pablo y su equipo de trabajo.

¡Buen provecho! ¡Disfruten su fin de semana!

¡Lee mi anterior reseña de Dainzú aquí!

Casa Fuerte – ¡mi favorito en Tlaquepaque!

El fin de semana pasado cumplí seis años de novia con René y, para variarle a nuestra celebración anual y festejar con muchos ánimos y cariño nuestro último aniversario de noviazgo, decidimos ir a comer a Tlaquepaque. Ya salir a las afueras de la ciudad es suficiente para que el día tome otro ambiente y color, para que la emoción y el espíritu caminen contentos y para que las cervezas y los tequilas sepan mejor. Sobra decir que  yo además iba suspirando miel y cariño…

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Llegamos a Tlaquepaque a eso de las dos de la tarde y, como habíamos desayunado antes en Becada, tuvimos la oportunidad de no sentarnos en el restaurante inmediatamente, sino de caminar por la calle principal y curiosear entre las tiendas de artesanías y antigüedades.

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Entrar a las casonas llenas de cojines tejidos, lámparas de fierro, velas aromáticas y figurines de cerámica tomada de la mano de René fue para mí algo muy especial. No sólo nunca habíamos ido solos a recorrer Tlaquepaque, sino que sentí la ilusión de ver mesas de café y manteles que podrían llevar algo de nuestro México a nuestro futuro y extranjero hogar. No compramos nada, ¡ni siquiera sabemos en qué lugar de Estados Unidos vamos a vivir!, pero el anhelo de nuestro próximo huevito del amor no se ha esfumado de mi cabeza.

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Después de una hora, el calor nos venció y nos regresó a nuestro principal destino y quizá mi restaurante favorito en Tlaquepaque: Casa Fuerte (Independencia 224). Me gusta todo sobre este lugar: entrar por un arco de follaje y pisar y oler las agujas de pino en el ingreso; el frescor de su patio central y la música con dejos jarochos que vuela desde la esquina del fondo; el niño que baila en una fuente de cantera y mosaico; los espejos con lámina de colores que reflejan las paredes amarillas; la familia de meseros siempre amables y orgullosos de su cocina, y su comida, siempre casera y abundante.

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Pasamos a lavarnos la cara y cuando regresé a la mesa ya estaban nuestras cervezas y el guacamole esperándonos. Pedí además un molcajete con queso fundido, empanizado y bañado en una salsa verde, uno de mis favoritos de la carta, y así, Ren y yo tomamos nuestras cervezas y botaneamos el guacamole y el queso con tortillitas y totopos, tranquilos, sin prisas, platicando sobre los seis años que hemos recorrido juntos y todos los planes que tenemos para aquellos por venir. Medité un momento si pedir la Torta de Elote Colonial, ¡me encanta en Casa Fuerte! Pero no quería dejar de pedir mi plato fuerte, así que será hasta la próxima vez que la coma con su salsita cremosa de poblanos…

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Nos dimos un espacio luego de las entradas -esto es lo bonito de no tener prisa-, yo pedí una margarita de limón y leímos con calma el menú. Yo no tardé mucho en decidirme, para mí, en esta época del año la cocina mexicana sólo tiene una opción, pero René sí debatió entre ordenar unas enmoladas, un pollo con mole o un filete Pepe el Toro. Cuando llegó el mesero, yo pedí mi chile en nogada, por lo cual el mesero me felicitó muy emocionado, y Ren se decidió por la carne bañada en una salsa de vino tinto, tuétano fresco y champiñones salteados.

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Los platos llegaron pronto y mi chile estaba delicioso. Siguiendo la tradicional receta poblana, el relleno de carne, la salsa de nuez y la granada fueron un verdadero manjar. La carne también estuvo muy sabrosa, al término medio que tanto nos gusta. En otras ocasiones yo he ordenado la Sábana Huasteca, que va cubierta con frijolitos y una salsa de chile pasilla y queso Oaxaca gratinado, ¡también la disfruto un montón! Y en otras más he pedido el Chamorro Adobado con Plátano Macho, que si les gusta el chamorro, no se lo pueden perder. Sin duda la cocina de Casa Fuerte no sólo cumple, sino que supera tus expectativas, además de que en ese ambiente que crean y proponen, todo tiene mejor sabor.

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Confieso que después de tanta comida, poco espacio quedó para el postre. Pero eso sí, no perdoné el café y me lo tomé a traguitos, mientras René se recargaba en mi hombro, agotado por el mal del puerco. Salimos de ahí como a las seis de la tarde, fue una comida prolongada, deliciosa y llena de amor y Tlaquepaque fue la opción perfecta. De verdad les recomiendo que vayan y disfruten de este lugar tan bonito que tenemos tan cerquita. No tienen que ir en pareja, también es un lugar para convivir con la familia y los amigos, para comer rico, para tomar mejor, y para comprar muebles, artesanías y manteles tradicionales y llenos de color.

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¿Cuál es su restaurante favorito en Tlaquepaque? ¿Qué tienda no pueden dejar de visitar cada que van? Ya saben que me encantan sus comentarios y opiniones, así que no duden en responder.

Abrazos a todos,

M.

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Tikuun, comedor de un México contemporáneo

El sábado pasado -y en realidad toda la semana- la lluvia tupía las calles y abría un hueco en mi estómago, listo para absorber una sopa caliente. Con René en la ciudad y la excusa de los pies fríos, quise ir en busca de un lugar diferente que ofreciera un caldo sabroso. Así que pensamos en Peko Peko, ¿qué mejor que un ramen para calmar el frío y el hambre? Pero, ¿qué creen? Llegamos al local a eso de las 5:00 pm, ¡y había muchísima fila! Y como la verdad sí teníamos mucha hambre, decidimos cambiar la jugada y pararnos a probar un lugarcito que se veía muy lindo a una esquina de donde estábamos.

IMG_1874Así dimos con Tikuun – comedor local, ¡y qué suerte la nuestra! Ya entrar a la casona es una delicia: las paredes blancas, el piso de mosaico, los ventanales abiertos, la música tranquila, las mesas de madera y los techos altos te reciben con cariño y con ganas de que te quedes. Además, a la entrada de la casa, el restaurante te guiña el ojo con un pizarrón que anuncia los especiales del día. Ren y yo leímos sopes de pulpo al ajillo y aguachile rojo de callo de hacha y ya nos habíamos convencido de entrar.

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Así que eso hicimos y nos sentamos en una mesita en la terraza. Pronto un joven nos entregó un par de hojas de papel con el menú impreso en ellas. Después del nombre y el logotipo -un quetzal elegante posando sobre las letras-, que ya daban indicios del tipo de comida que íbamos a encontrar, lo primero que noté fue la introducción: “la cocina en Tikuun surge como un elogio a la gastronomía mexicana y sus infinitas posibilidades e ingredientes”. Su comida, un elogio, un homenaje a la cocina mexicana, ¡qué bonito! ¡Y qué altas expectativas se crean! Lo segundo que captó mi ojo que que la carta dice: “Menú 1.7”, por lo que además te informan que el menú que ese día te ofrecen no estará disponible por largo rato, sino que su oferta está en constante cambio y evolución. Para mí eso siempre es un atractivo, porque siempre puedes confiar en que los chefs y cocineros se interesan por buscar nuevos sabores y texturas, nuevas maneras de sorprender a su comensal y también a ellos mismos.

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Ya llena de emoción me aventuré a explorar los platillos, mientras daba sorbitos a mi copa de Correos 10, además, escuchaba a René hacer sonidos de agrado y aprobación, y me emocionaba más. Él pidió una cerveza 7 Mareas Tortuga. Todo en el menú, hasta el platillo con dejos de camarones secos (los detesto) se me antojaba. El chavo que nos atendió se portó muy atento con nosotros, respondió a todas nuestras preguntas y nos hizo sugerencias muy atinadas. Finalmente optamos por pedir el Cebiche de pesca del día (el pescado era canario y venía en trozos con maracuyá, granos de elote asados, piña, camote glaseado, tomatitos, acepite de jalapeño seco y un toque de toronja), estuvo delicioso, lleno de sabores cítricos, dulces y picositos, además de que la presentación era hermosa.

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Luego ordenamos, también como entrada, la codorniz, que venía preparada con mole de xoconostle, mermelada de pera y praliné de ajonjolí y un poquito de ajo. Aunque la porción es pequeña, la mezcla de sabores vale muchísimo la pena: lo dulce de la pera con lo salado del ajo hace que te quedes con ganas de un par de bocados más.

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Para terminar la trilogía de entradas ordenamos el Uchepo, un tamal de elote michoacano bañado en un caldillo de jitomate (sí, fui fiel a mi antojo de algo calientito) y chile pasilla, con nopalitos asados, huitlacoche deshidratado y crema de rancho fresquísima.

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Los tres primeros tiempos estuvieron deliciosos y los recomiendo con insistencia, pero no puedo dejar de mencionarles otro par que también nos tentaron: el huarache de conejo (sobre todo René estaba muy emocionado por este), con pipián de pepita de girasol, queso cotija y frijol negro refrito, y la tostada de pata de res, con crema de rancho, zanahorias baby, queso de oveja y aguacate.

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Después de las tres entradas, decidimos que sólo pediríamos un plato fuerte, así reservaríamos un espacio para el postre y el café. La elección nos costó mucho trabajo, pues el pulpo almendrado con quinoa cremosa y sofrito de jitomate y el cerdo en salsa de frijol negro y ensalada de papas escabechadas hacían fuerte competencia. Nos decidimos por el Moné de pesca del día, una lonja de pescado en salsa de chile poblano tatemado, puré de platano macho y cebollitas cambray encurtidas, ¡otro nivel de delicioso! Sobre todo el puré de plátano macho en combinación con la salsa de chile poblano para mí fue un acierto total.

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Creo que ese esquema de ir con alguien más (o muchos más) y pedir muchos platillos al centro es la mejor opción, porque todo está delicioso y así te das la oportunidad de probar más de uno de los platos del menú. Además, con eso de que cambia, así tienes la seguridad de que lo probaste todo antes de que evolucione.

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Para culminar la tarde pedí un espresso y compartimos un postre. Aunque el bizcocho de cocoa con sorbete de cacao y coulis de frutas se me antojaba mucho, consideramos que teníamos que pedir algo más experimental. La panna cotta de aguacate fue la ganadora, acompañada de un sorbete de zarzamora, gel de limón, un crumble de chía (¡riquísimo!) y piel de naranja confitada, nos regaló la conclusión perfecta.

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Pero para qué les digo tanto, ¡mejor vayan y pruébenlo todo ustedes! El comedor tan sólo tiene dos meses (aunque antes había una versión de él -Ayuuk- en Santa Tere) y es importante apoyar proyectos frescos y amantes de la cultura mexicana para que nos deleiten con sus comida durante mucho tiempo. ¡Los invito a que vayan este fin de semana!

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Ubicación:
Robles Gil 50, equina con Pedro Moreno

Horario:
Lunes a viernes: 13:30-23:00