Recorro el 2016

Pareciera que cada 365 días (o 366 de vez en vez) me siento frente a la computadora o un cuaderno o simplemente en el carro mientras cruzamos alguna calle transitada en nuestro recorrido a alguna fiesta, cena o discoteca, y reflexiono sobre el año que dejo atrás. Pienso en los libros que leí (este año fueron pocos, confieso), en los restaurantes que visité, en las amistades que gané y aquellas que nutrí -o también dejé morir-, en los regalos que envolví y en aquellos que me sorprendieron. Pienso en los viajes: en amanecer entre copos de nieve y la sensación de la escarcha bajo los esquís; en la sal de Playa del Carmen y las aguas iridiscentes de Bacalar; en el clink clink de los casinos y el baby doll que escogí con mi mamá y mi abuela. Pienso en los paseos por las montañas de California, en tantos vientos acariciados con la ventana del coche abajo, y en el recorrido por Coronado que hice en bicicleta con mi familia después de que desempacara la mitad de mi vida en un clóset insuficiente. Pienso en Cancún: en atravesar un camino de jungla con los pies destrozados de tanto bailar una noche antes y llegar al cuarto de palapa y mosaico donde amaneceríamos y dormiríamos desbordantes de amor. Pienso en Venecia, en la costa italiana, en el castillo que Maximiliano erigió en Trieste y en los templos rotos de Corfu. Pienso en el mar, en el azul mañanero y su profundidad durante las horas de amarnos. Pienso en Dubrovnik, en los techos rojos y la ropa colgada al sol, que junto con cada ladrillo de aquella muralla orgullosa cuidaron de nuestros besos y carreritas. Pienso en aquel ocaso, aquel que sobre los viñedos de La Toscana me ensanchaba el pecho, haciéndole un hueco más grande al corazón que tenía prisa por escapar. Pienso en Cinque Terre y los bolillos con jitomate y jamón que nos comimos mientras admirábamos los reflejos de océano y luz en cada casita de color. También pienso en la carretera que nos llevó a Lago di Como, en la champaña que descorchamos y nos tomamos en el balcón; pienso en Milán y en nuestro paseo en góndola en nuestro último día en los canales del Veneto. Pienso en San Diego, en cargar mi playera de México hasta la punta de Rock House Mountain y agitarla como diciendo “¡aquí sigo y tú en mi corazón!”. Pienso en la playa, en la costa escarpada de La Jolla, en  la extensión gris de Los Ángeles, en los taquitos Providencia que en un regreso volví a comer. Pienso en el sol de Tijuana, en los tacos de langosta de Puerto Nuevo y en la gripa que me quiso dar después. Pienso en mi México: en nuestro regreso a casa porque nos quedamos sin una, en la escapada que nos dimos a Tapalpa y y las vacas y los toros que por un ratito nos compartieron su lugar. Pienso en San Miguel de Allende: en sus tiendas y restaurantes frescos, en la silla de mimbre que en una galería fingí querer comprar; pienso en sus monos de papel maché, en la novia afuera de la iglesia, y en sus callejones y miradores que nos velaron mientras regresábamos borrachos y a carcajadas después de tanto caminar. Pienso en el castillo que volví a visitar pensando en mi abuelo. Pienso en Panamá. En sus rascacielos interminables y la vista que desde el 60 tengo al mar. Pienso en los archipiélagos: en aguas calmas y estrellas de mar que conocí por primera vez con mi mamá, que no entendía por qué los kiwis me costarían 60 pesos de ese momento en adelante. Pienso en Colombia, en descubrir un Medellín verde y amable y en hacer lo posible por acabar con una bandeja paisa que tanto disgusto me terminó por dar. Pienso en trepar y sudar 740 escalones para admirar la tierra partida en islotes, las aguas verdes -espesas desde de lo alto-, las nubes frondosas. Pienso en Cartagena: en el sopor envolviente, en los patios de los restaurantes, en la panga que nos llevó a Rosario, en el aguardiente en garrafa y en el aguardiente en tetrapack. Pienso en los muchachos de los tambores, en los disloques de cadera excitantes en el centro de la plaza. Pienso en caminar por sushi sola una noche y en el bikini y la bolsa que me regalaste. Pienso en regresar. Pienso en Casco Viejo: en la pasta con trufa que disfrutamos y la botella de vino que nos impidió pasar del restaurante al bar; en la boutique de chocolates donde me tomé un café y en la terraza que nos invitó a cenar. Pienso en Bocas del Toro: en convertir mi intuición de que cada playa es un paraíso en certeza mientras te observaba lanzar un palo de un lado a otro del cayo como si fueras un niño que sólo quisiera jugar. Y finalmente pienso en Vallarta -de donde escribo ahorita entre lágrimas y llena de humildad. Mi Vallarta tan azul y hermosa como siempre: en sus playas escondidas y verdes que mi hermana me revela, en sus atardeceres rosas, en las tortugas amorosas, en las caminatas por la arena, en Django revolcado por las olas -pero nunca soltando el frisbee de su boca-, en abrazar a mis papás, y en las ballenas que cada diciembre vienen a bailar, a ayudarme a recordar y revivir el año para que llena de agradecimiento, y siempre con un toque de melancolía, no tenga miedo de soltar.

Weekend getaway a San Miguel de Allende

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La última vez que visité San Miguel de Allende, Guanajuato, no podía ni entrar a un bar. Sí, los más de diez años sin recorrer sus callecitas empedradas ni chacharear canastas de flores secas en la Plaza Principal, ya reclamaban una visita. Así que le insistí a René que merecíamos un descanso del estrés que los últimos días nos había sofocado, hicimos las maletas y nos fuimos.

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El paseo nos duró cuatro días: de viernes a lunes. Y aunque creíamos que serían suficientes, descubrimos que la propuesta cultural y gastronómica de San Miguel alcanza para mucho más. Como reservamos nuestro hotel de un día para otro, no conseguimos llegar a Casa de Liz. En su lugar escogimos uno más modesto, pero muy limpio llamado Casa de las Conservas. En el Bed & Breakfast producen sus propias salsas, mermeladas y pan, por lo que al llegar a hacer nuestro check in, las ráfagas de mantequilla y canela nos dedicaron un baile de bienvenida.

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Luego de instalarnos en nuestro cuarto, salimos en búsqueda del Tío Lucas, un restaurante que un tío muy querido, que ya lleva años y años viviendo en Celaya, Guanajuato, con mucha emoción nos recomendó. El lugar me sorprendió: la fachada, muy pintoresca, tiene en la parte superior una fila de macetas de diferentes formas y tamaños con sus plantas verdes y rebosantes. Una vez adentro, se revela un patio muy fresco y alegre, con una concha en una esquina donde un trío desafina plácidamente un “Si nos dejan”.

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Para brindar por nuestra escapada romántica, pido un Merlot y Ren una Corona. Al centro, un queso fundido con chorizo. Echamos un vistazo al menú, los precios son un poco altos, pero no exagerados y estamos decididos a disfrutar. El queso, con tortillas recién hechecitas, es vasto y delicioso, así que de plato fuerte me limité a ordenar una sopa de tortilla, ¡de verdad exquisitísima! El Panzón sí pidió su Tampiqueña que, como debe ser, incluye un par de enchiladas, arroz, frijoles y guacamole con totopos. Terminamos realmente satisfechos y con un soponcio que de plano nos mandó a dormir temprano, no sin antes entrar a un par de boutiques a admirar la ropa hecha a mano con bordados indígenas, pero cortes modernos.

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Nos levantamos al día siguiente y desayunamos en el hotel. Los vasos de fruta con yogur y los huevos rancheros nos revivieron los ojos y ánimos para explorar durante todo el día. Nuestra primera parada fue el Centro Cultural Ignacio Ramírez El Nigromante. El recinto es parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y fue construido inicialmente (1755 inició) como un convento. Y después de ser convento, colegio para señoritas, cuartel de la Revolución y escuela de Bellas Artes, terminó en la ruina y fue entregado al INBA. Como centro cultural se inauguró hasta 1962. Tanta historia se filtra de sus arcos, patios y escalinatas; de sus paredes que albergan lo más reconocido de la escena artística de la región; de sus murales de Siqueiros y Pedro Martínez. ¡Vale mucho la pena entrar y además es gratuito!

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Conocimos después la Iglesia de la Purísima Concepción y luego caminamos hasta Jardín Allende (el parque principal), donde sin faltan seguían vendiendo, como desde hace diez años, adornos de flores secas, globos, dulces, helados y frituras.

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En nuestro recorrido por las callecitas de colores encontramos una boutique/galería enfocada a cosas de interiorismo y hogar. Con un patio iluminado y enriquecido por una pared de agua, llamó mi atención y me insistió a ingresar. Ya adentro me enamoré de una silla tejida de mimbre, como una silla Acapulco, aunque con un twist. Obviamente, el precio y nuestro cambiante paradero impedía que hiciera algo más que admirarla, así que después de ilusionarme un rato y jugar a la casita, salimos y mejor nos dirigimos a encontrar otro lugar que curiosear.

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Dimos con Nudo, una galería que exponía grabados de los famosos papalotes de Francisco Toledo; avistamos tienditas con floreros y vajillas enteras con puntos coloreados; consideramos comprar macetas y jarrones en Trinitate; y seguimos a dos muñecotes de papel maché y a un par de novios que salían de la Parroquia de San Miguel Arcángel, antes de concluir que teníamos hambre y que La Parada era la siguiente parada en nuestro itinerario.

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Con la caminata y el calorcito, los ceviches y tiraditos de La Parada (restaurante de cocina peruana) se nos antojaban más que otra cosa. El lugar, como casi todos en este pueblo Patrimonio de la Humanidad, se mantenía fresco, ligero y lleno de buena vibra. Con un pizco sour y una copa de vino blanco bien, elegimos porciones minis de cada ceviche y tiradito para no quedarnos con las ganas. Además, un Arroz Afrodisiaco, con camarones, calamar y otros mariscos completó nuestra comida. Nos habíamos sentado en la barra (¡el lugar estaba atascado!), pero resultó un acierto, pues platicamos con un par de americanos jubilados que nos recomendaron un lugar para que desayunáramos al día siguiente, y además quedamos a la pasada de la gente que entraba y salía, y entre dicho tumulto dimos con JP Partida y Luis Lozano, ¡súper buenos amigos y mejores wedding planners del mundo!

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Tomar un descanso y lavarnos los dientes y la cara requirió que regresáramos al hotel. Pero una vez cambiados y refrescados, salimos directito al rooftop Luna del Rosewood Hotel a tomar unos drinks y encontrarnos nuevamente con Juan Pablo y Luis. ¡La vista es espectacular y los tragos con mezcal pronto comenzaron a hacer su efecto! En lo que menos pensábamos, ya todos nos estábamos moviendo nuevamente por las calles mágicas de San Miguel y hasta El Pescau, donde siguieron fluyendo los tequilas y también (por razones de salud), los tacos.

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Terminamos la noche en La 21Única, una cantina que nos vio cantar rancheras y banda y que además nos mantuvo intactos durante la lluvia que acaecía afuera.

No les voy a mentir y confesaré que amanecía al día siguiente con una de las peores crudas que he tenido la desfortuna de vivir. Como pudimos, logramos arrastrarnos hasta Café MuRO, aquél que nos habían recomendado en La Parada. ¡Fue un éxito! Acompañamos el café calientito con un pan casero, mermelada y una salsita picante y necesaria. Ren pidió unos chilaquiles rojos muy muy muy sabrosos y yo unos huevos divorciados con guarnición de chilaquiles en salsa de chile pasilla. El servicio además fue muy atento y amable y quedamos encantados y dispuestos a volver.

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El resto de nuestro día transcurrió en más galerías y tiendas, en saborear una nieve de garrafa de fresa y dulce de leche, en entrar a la famosísima e igualmente hermosa Parroquia y en callejonear hasta que llegó la hora de cenar. ¡Y guardamos lo mejor para el final!

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En el Hotel Matilda, Enrique Olvera tiene una de sus joyas: Moxi. Ya en sí el hotel es grandioso: moderno, acogedor, de verdad un sello de diseño y vanguardia en San Miguel que vale la pena conocer. El restaurante está en la terraza del hotel, con vista a un mural que arropa la alberca y a los huéspedes que suben relajados después de una aromaterapia en el SPA. ¡La comida fue exquisita! Pedimos de entradas un tamal de frijol con crema de rancho y ceniza de cebolla, y un fetuccini con tomates cherry, aceite de anchoa, chile de árbol y queso parmesano del cual nada más no me podía saciar. De platos fuertes: un lechón confitado, con rábanos y berros y tortillitas recién hechas, y un New York con chichilo y calabacitas orgánicas. ¡Delicioso! Y de postre: un pay de limón con crumble de cacahuate, helado de yogur y merengue de cítricos que de verdad estuvo espectacular. Sin duda Moxi hace honor a su nombre (significa “antojo” en Otomí) y nos deja babeando y alucinando con el día en que regresemos.

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Así terminamos nuestra escapada a San Miguel de Allende, con la barriga feliz y nuestra mente despejada.  O por lo menos eso creíamos. Porque en nuestro regreso a Guadalajara nos encontramos con una sorpresa: cerca de La Piedad, ¡un campo de girasoles a todo florear! ¡Enloquecí! ¡Paramos el carro en el acotamiento de la carretera y corrimos a ellos a admirarlos, olerlos y tomar fotos. Y ese sí fue el verdadero y hermoso final de nuestro recorrido.

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Tips para vivir una FIL increíble

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A días de que inicie la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se me ocurrió que hoy podía escribirles algunos consejos para que puedan vivirla y disfrutarla. No es sorpresa que me encanta leer y que mis libros son -junto con mis zapatos y vestidos- mis objetos personales más queridos, cuidados y custodiados.

Para mí, entonces, la FIL es un evento especial, un evento que espero con ansias y mucha emoción. Es una semana en la que puedo compartir mi furor por los libros sin sentirme rara, en la que puedo platicar sobre autores, títulos y conferencias y recibir un interés casi recíproco de personas que no suelen interesarse por estos temas y acontecimientos.

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Así que yo celebro la FIL, celebro que aunque sea por unos días el interés por la lectura y el conocimiento crezca, y que más de alguno quede impregnado de por vida con la emoción y la curiosidad literaria.

¿Pero qué es lo que más vale la pena en la FIL? Porque a diferencia de lo que muchos piensan, para mí la FIL no se trata de ir a comprar libros. ¡Para nada! Es más, para mí resulta complicadísimo comprar libros en la Feria: primero que nada, se atasca, así que a menos de que vayas con acreditación las primeras mañanas del evento, resulta incómodo y agobiante caminar por los pasillos u hojear páginas de poemarios o novelas con tranquilidad; en segundo lugar, los precios de los ejemplares suelen ser los mismos que en tienda, así que si tu idea de vivir la FIL es ir a comprar libros porque ahí están más baratos, pues realmente estás cayendo en un error. Claro que si vas a la venta nocturna el último día, sí encontrarás ofertas valiosas.

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Les dejo pues una lista de lo que deben aprovechar durante la FIL para sacarle todo la carnita a la experiencia:

1.Mesas y conferencias – la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es un espacio padrísimo para escuchar, conocer y aprender de las palabras y experiencias de algunos de los personajes más importantes e influyentes de la esfera literaria, cultural y hasta política. ¡Aprovecha la FIL para explorar que temas que te interesan pero que usualmente no se discuten en la ciudad! Puedes asistir, por ejemplo, a una mesa de diálogo. A mí se me antoja ir el sábado 28 de noviembre a las 17 horas en el Salón Agustín Yáñez de la Expo, a la Mesa: México roto. Literatura y resistencia, que contará con la presencia de Julián Herbert.

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2. Presentaciones de libro y autógrafos – en honor a mi ñoña personalidad, conseguir un autógrafo de alguno de mis autores favoritos es siempre un premio dulce y gozoso. Así que qué mejor ocasión que la FIL para obtenerlo. Revisa el programa de la Feria y descubre qué autores visitarán la Expo y en qué actividades estarán participando. Quizá presenten uno de sus libros nuevos o el de algún colega; quizá participen en una conferencia o mesa de diálogo; quizá simplemente estén en el stand de autógrafos conociendo a sus fanáticos y regalándoles abrazos y fotografías.

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Con Alessandro Baricco en 2013

3.   País invitado de honor – Cada año, la FIL tiene un país invitado de honor, y una gran parte de sus actividades gira en torno a dicho huésped. En 2014, Argentina fue el Estado homenajeado; en 2013, Israel; en 2012, Chile. Y este año hay un invitadote: ¡Reino Unido! El Reino Unido podría ser uno de los países con más obra y autores reconocidos e importantes a nivel internacional. William Shakespeare, Charles Dickens, Jane Austen, Virginia Woolf, George Orwell, todas estas mentes brillantes y más provienen de este Estado. Así que aprovecha para escuchar todas las mesas de discusión referentes a ellos y a sus obras, o para comprar ediciones hermosas de sus novelas o colecciones, o para explorar las nuevas propuestas de la región.

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En el pabellón de Israel en 2013

4. Conciertos y actividades no literarias – La FIL no sólo trata de literatura. La FIL es un espacio donde convergen otras áreas de la esfera cultural. Hay discusiones sobre ciencia y tecnología, paneles políticos, debates sobre conflictos actuales como la migración, la violencia y las desapariciones forzadas, ciclos de cine (en este caso del Reino Unido y en el Cineforo). Hay temas tan variados que este año ofrecen una conferencia magistral titulada “No todos podemos ser pandas. La sociedad para la preservación de los animales feos” (1 de diciembre a las 19:30 horas, Salón 6).

5.   Compras especiales – Ya sé que a principio les dije que la FIL no era para comprar libros. Y es que si van a ir a comprar el bestseller que está hasta en Wal-Mart, pues la verdad no tiene mucho caso pasar por el ajetreo y el amontonamiento. Sin embargo, sí hay algunos motivos especiales para ir de compras a la FIL: primero, cuando has estado en busca de un libro durante mucho tiempo y no has tenido éxito. ¡La FIL congrega a más de mil 900 editoriales, precedentes de 44 países! Así que algún libro escaso o raro podría aparecer entre uno de los cientos de stands instalados en la Expo Guadalajara. Yo voy a la FIL y siempre me acerco a las editoriales para mí desconocidas, las que se ven nuevas, las independientes, las de países lejanos. ¡Siempre encuentras novedades en cuanto a contenidos y formatos! ¡Ediciones preciosas! ¡Autores increíbles!

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6. Hay algo para todos – Les repito una vez más: la FIL es para todos. Si eres un primerizo con los libros o un fanático, si eres un niño o un señor canoso, si eres un seguidor de Cortázar o un adepto al manga y al animé, si eres un activista o ciudadano participativo o simplemente quieres ir a disfrutar de un buen concierto, ¡revisa el programa de la FIL! ¡Encontrarás algo que te llame la atención, estoy segura!

Y para que su visita a la FIL sea todavía mejor, les ofrezco para terminar algunos datos y tips:

  1. La FIL se desarrolla del 28 de noviembre al 6 de diciembre; el costo de entrada es de 20 pesos, o 15 pesos los niños, personas con credencial del Insen, estudiantes con credencial, maestros y miembros de la UdeG).
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  2. Entre más temprano, más a gusto. Para el público en general, la FIL abre el 28 y 29 de noviembre y el 3, 4, 5 y 6 de diciembre de 9:00 a 21:00 horas. Y el 30 noviembre y 1 y 2 de diciembre de 17:00 a 21 horas. Yo sugiero que si van a comprar lo hagan los primeros días.
  3. Lleguen con tiempo a las conferencias, mesas de diálogo y otros eventos. ¿Por qué? El cupo suele ser limitado, al igual que las sillas. Si quieres disfrutar  de la charla o el coloquio sentado, llega con 20 minutos de anticipación.
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  4. El estacionamiento puede ser un poco complicado. Por eso, sería buena idea hacer rondas. El costo del estacionamiento en la Expo es de 50 pesos.
  5. Revisa el programa antes de que inicie y antes de visitar la Feria. De esta manera no te perderás de los eventos que más atrapen tu atención y sabrás en dónde y a qué hora se llevarán a cabo.
  6. En la FIL tendrás acceso a todo lo que necesites: cajeros, baños, cafetería y hasta un directorio digital de libros, autores y editoriales.
  7. Para más datos curiosos y una numeralia extensa de la FIL, da click aquí.IMG_6500

¡Buenos días, Mazamitla!

mazamitla1Este fin de semana volví a Mazamitla después de mucho años. Fui con toda mi familia paterna: tíos, primos, abuela, mis padres y mi hermana, y no tienen idea de cuánto lo disfruté. Nos quedamos en Sierra Paraíso, en unas cabañas de madera, sin mayor lujo, pero por lo mismo con esa sensación de lo rústico y lo bonito. Hay algo sobre tomarse un par de días para ir a la montaña que te regresa la vitalidad. Yo siempre he sido mucho más de playa, pero cuando voy unos días a la sierra, regreso a la ciudad con el cuerpo y la mente muy descansados. Así que hoy les voy a platicar un poquito de mi experiencia por allá, para que luego ustedes se animen a darse una escapadita con sus amigos o familias, ¡vale la pena!

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Mazamitla está a una hora y 45 minutos de Guadalajara, en el corazón de la Sierra del Tigre, y la carretera es bastante segura, por lo que eso no debería ser un impedimento para visitar. Perfectamente puedes ir y venir en un día, aunque es mejor quedarse a dormir una o dos noches para realmente disfrutar lo que este Pueblo Mágico tiene que ofrecer.

Nosotros llegamos el viernes por la tarde. Dormimos en cabañas de dos cuartos, dos baños, una cocina, una salita con chimenea y un tapanco con dos camas matrimoniales. Yo dormí en el tapanco, lo cual es una ventaja, ya que se conserva mejor el calor allá arriba y, con una cobija gruesa y la chimenea prendida, duermes como bebé. Nos tocó un clima bastante agradable, con un promedio de 20 grados en el día y 16 grados en la noche, no hizo el frío que nos esperábamos. Después de instalarnos en nuestros cuartos, caminamos 15 minutos hacia el centro.

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Ya comenzaba a oscurecer y teníamos hambre así que nos metimos en uno de los restaurantes de los portales a cenar algo y tomarnos unos vinos. Comimos un guacamole, un queso fundido, rines de harina y cacahuates. Algunos tomaron tequila y mi mamá y yo nos tomamos una botella de Oveja Negra Cabernet-Syrah. Nos pusimos al corriente de nuestros aconteceres en el trabajo, los viajes, la escuela; nos reímos mucho y celebramos el cumpleaños de una de mis tías, ¡feliz cumpleaños, otra vez! El lugar estaba bastante solo, pero tampoco nos hizo falta más gente. A eso de las 21:30, con el frío y la barriga llena de comida, comenzó a rondarnos el sueño y el cansancio, así que pedimos la cuenta y emprendimos nuestra caminata a las cabañas. En una tiendita de abarrotes nos detuvimos a comprar leña, ocote y agua para el día siguiente.

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Me despertó el olor a café y envuelta como un tamal. Mi hermana me preguntó que si quería ir a correr con ella y le dije que no, imagínense lo a gusto que estaba metida entre las sábanas. Mi papá subió al tapanco y me abrazó un rato, mi mamá también subió y me dio un beso. Mi hermana sí se fue a correr. Tardé más de media hora en desamodorrarme y bajar por mi taza de café. Una vez que todos nos habíamos terminado de bañar y cambiar (recomiendo jeans y botitas) caminamos al centro, pero esta vez para desayunar. El camino empedrado tiene las subidas y bajadas suficientes para llegar al kiosko con el estómago y las tripas bien despiertas, pero se disfruta: todas las casitas blancas de adobe tienen macetas con cactáceas y flores en los balcones, y tendederos que agitan calzones rosas y brassieres amarillos.

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Nosotros ya sabíamos en dónde queríamos desayunar: un restaurante muy tradicional con los mejores chilaquiles y crema fresca del pueblo: Posada Mazamitla Restaurant. Con más de 70 años ofreciendo café de olla, quesito fresco y frijolitos recién hechos, Posada Mazamitla te recibirá con los brazos abiertos desde las 8:00 horas. Pedimos molletes de frijoles, huevos revueltos con chorizo y, mis favoritos, los chilaquiles. No sé exactamente con qué condimenten la salsa, pero queda sabrosísima. Yo casi me terminé una orden completa, pero creo que para la siguiente pediría sólo la mitad, ya que es abundante, además, así te queda espacio para comerte una conchita sopeada en chocolate caliente.

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Con el estómago contento salimos a caminar por el centro. En Mazamitla puedes hacer muchas cosas: ir a caminar al bosque y bajar a la cascada, montar a caballo, rentar cuatrimotos, ir al mercado de artesanías, ir a algún spa, y claro, seguir comiendo todas las delicias que el pueblito ofrece. Yo me metí a un par de tiendas de plantas a admirar las diferentes variedades de suculentas, ¡ya saben que las amo! De hecho, mi hermana me regaló unas hermosas que en Guadalajara son bastante difíciles de conseguir. Mi abuela compró unas muñecas Marías, mis primos cohetes y fuegos artificiales y luego todos fuimos al mercado a comprar lo que hacía falta para la comida.

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Regresamos a la cabaña y acomodamos las mesas y sillas en la terraza para la hora de la comida. Aprovechamos el día para asar arrachera y peinecillos, cebollitas, chorizos, nopales; preparamos frijoles de la olla, quesadillas, guacamole, vampiros y salsitas de molcajete. Además, mi papá abrió las botellas de tequila y vino tinto. Fue un festín, pusimos música, platicamos, nos reímos, tomamos y festejamos estar juntos y felices.

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Para bajar un poco la comilona y hacerle un huequito a la rebanadita de pastel, a eso de las 18:00 los primos nos fuimos a caminar. Caminamos hacia el bosque, por la entrada a Los Cazos. Fue una caminata corta, como de media hora, suficiente para ver la puesta de sol y volver a la cabaña antes de que anocheciera totalmente. Y sí, cuando llegamos partimos un pastel y cantamos Las Mañanitas a los próximos cumpleañeros. También ambientamos la terraza con cumbias, salsas y demás música y, como suele pasar cuando nos vemos, nos pusimos a bailar.

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Y como tanta comida no había sido suficiente, a las 21:30 prendimos la fogata y asamos un paquete de salchichas y bombones. Otra vez, dormí como bebé.

Quisimos aprovechar nuestra última mañana, así que el domingo nos despertamos y desayunamos quesadillas y taquitos de frijoles ahí en la cabaña. Cuando de niños visitábamos Mazamitla, no perdonábamos una ida a la cascada, así que, como el corazón nos latía con recuerdos, allá fuimos a dar. Puedes bajar a la cascada caminando o a caballo, y mi mamá, mi hermana y yo elegimos montar. ¿Cómo les explico que me tocó el caballo más acelerado del grupo? El Payaso, se llama y me tenía 20 metros adelante que los demás, no sólo por un trote ligero, sino por un galope cadencioso y rápido. El recorrido es hermoso: árboles y árboles, pajaritos cantando, el rumor del agua, las pezuñas de los equinos contra el empedrado. Te toma 35 minutos bajar a caballo, 40 caminando. Una vez abajo puedes admirar la cola de agua, mojarte los pies, observar la vegetación y los rayos del sol que se cuelan entre las hojas… El regreso estuvo increíble, me volví a trepar al caballo y, como sabía que ya se iría a casa, se aceleró como nunca y me llevó galopando hasta la cima. Yo no soy una persona demasiado intrépida, pero esta vez me solté y me dejé llevar. Claro que me asusté en algunos tramos de muchas piedras y desniveles, pero la sensación de perder un poco el control y permitirme un rush de adrenalina fue algo que me hacía mucha falta.

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No pueden irse de Mazamitla sin comprar recuerditos y cosas para sus casas. Las cajetas y jaleas son una especialidad en este pueblo, al igual que los dulces e azúcar quemada y mantequilla. También les insisto que se lleven crema y queso fresco, ¡no se van a arrepentir!

Yo me quedé con muchas ganas de dormir allá un par de noches más, volver a desayunar esos chilaquiles deliciosos, tomarme mi tiempo para tomar fotos en el bosque, convivir un rato más con mi familia y descansar. ¿Ustedes conocen Mazamitla? O, ¿hace cuánto tiempo que no van? Realmente los invito a que vayan y disfruten lo que este Pueblo Mágico tiene que ofrecer: su gastronomía, paisajes increíbles, actividades naturales, gente bonita y amable y, por supuesto, su tradición.

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Pelotas-mundo, constelaciones y billetes viejos en Pogo, la nueva expo del Cabañas

Processed with VSCOcam with s2 preset¡Hola a todos! ¡Les tengo una buena noticia! Después de ver durante meses y meses y meses fotos de sus familiares, amigos y conocidos frente a la colorida obra de Daniel Buren frente y dentro del Instituto Cultural Cabañas (Cabañas 8, Centro Histórico), ¡llega algo nuevo a la ciudad! Y quiero decirles que si la obra minimalista-abstracta de Buren les gustó, la nueva exposición de Máximo González les va a encantar. No me malentiendan, me encantó la intervención de los patios con espejos, rayas y colores, del artista francés, pero ya era momento de refrescar el espacio, ¿o no?

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Total que el artista argentino, que desde hace más de 10 años radica en la Ciudad de México, vino a hacer justamente eso. Su exposición, Pogo, se compone de instalaciones, collage, video, escultura y fotografía y se despliega en siete salas y dos patios del Cabañas. Durante el recorrido por todo el espacio, el argentino provoca una reflexión sobre la pobreza: ¿qué es ser pobre? ¿qué es ser rico? De hecho, subraya su creencia de que algunas personas, al tenerlo todo, sólo carecen de carencia, y que es precisamente esta carencia la que los lleva a un pérdida fundamental: el valor de las cosas, el parámetro para valorar lo que cada quien tiene.

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La primera instalación es “Cielo de América”, una casita de asbestos instalada en una esquinita del patio, El Ciego. Te piden que te descalces para entrar (sé que suena algo desagradable, pero vale la pena, así que no duden en hacerlo). Una vez adentro descubres que a la oscuridad de la casita se le cuelan puntitos de luz, el techo está agujereado. La metáfora es clara, el “pobre”, el que vive en casas de asbesto, tiene el techo y el paisaje más hermoso; ¿es tan pobre, entonces?

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La siguiente parada en el recorrido te lleva a “Manifestaciones”: unos “Bancos de pobre preparados para ricos”, una imponente mesa de madera con incrustaciones de monedas fuera de circulación, un estilo de petate bordado con las orillas que le cortan a los billetes en el Banco de México antes de que salgan a circulación (sí, Máximo González las rescató), píldoras, que encierran un grano de arroz con la inscripción “tengo hambre”, enquistadas a lo largo de una de las paredes; manchas rojas que simulan sangre, pero brotan flores en otra de las esquinas…

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Ingresas a la sala que sigue aturdido por los gritos que las protestas alrededor del mundo provocan en las personas. Una video proyección de manifestaciones en México, Asia, África aumenta su volumen para luego volverse a calmar y dar lugar a imágenes de animales y sonidos de la naturaleza… ¿Quiénes, qué especie es la verdaderamente salvaje?

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“Dream” es la siguiente parada en el recorrido y una de mis favoritas. Cuatro blancas paredes son el lienzo para que con cinco mil billetes, Máximo González pudiera recrear un sueño (aunque muy real) que termina en una guerra espacial: bosques, bosques talados, fábricas, refinerías, ciudades y rascacielos, mares, mares con buques, el espacio, la guerra en el espacio. Vale la pena observar el detalle de la ilustración, tomarse sus buenos minutos para observar con minucia la obra…

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¡Pum! Después de observar, casi pegada a la pared, la pieza “Dreams”, sales al Patio Orozco y te quedas sin habla: miles y miles de globos terráqueos cuelgan, se apilan y desbordan de los arcos, de los pasillos, de las jardineras. Con 7 mil pelotas de alberca con impresión de globos terráqueos, hechas en China, Máximo González representa las 7 mil millones de personas que habitan el planeta. “Camino entre los mundos” impacta y estoy segura de que se convertirá en la parte más fotografiada de la exposición.

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Casi para terminar, González construye una advertencia con “Monumento al peligro”: jarras, tazones, tuppers, platos, todo rojo, todo colgando de cables negros con focos. El resultado es un cuarto muy rojo por el que tienes que andar con cuidado para no destruir o no tumbar nada. Es visualmente llamativo y divertido de atravesar. El penúltimo elemento de la exposición es “El bosque de la silla árbol”: una sala con varias sillas de madera de las que se ramifica un árbol.

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Y, para finalizar, una instalación que rescata los recuerdos, pues con platos viejos, pintados, recolectados, provoca la introspección, dibuja la casa de nuestra abuelita, el comedor de nuestra infancia. Son más de dos mil platos los que personas de todo el mundo han donado para esta última instalación.

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Realmente les recomiendo que se den una vuelta y disfruten de la exposición, ¡no dejen que se las cuenten a través de Instagram o Facebook! Yo fui con un montón de amigos con los que aproveché para tomar fotos (chequen #ThePogoMeet en Instagram) y luego volví para ver la exposición con calma, y les digo con mucha sinceridad que vale la pena, sean o no fanáticos o seguidores del arte contemporáneo, Pogo de Máximo González los va a impresionar.

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Si alguien ya fue no duden en comentarme qué les pareció, si les gustó o no, cuál fue su parte favorita… Y si no han ido, vayan y visítenla y después me comentan, ¡ya saben que me encanta leerlos! La exposición estará abierta hasta el 8 de febrero de 2015, un abrazo.

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