Hiking a la cima del Cerro Ancón

Hace un par de domingos Ren y yo nos encontrábamos en casa sin mucho que hacer. Yo diría que hasta un poco aburridos o por lo menos con ganas de salir y conocer algo nuevo de esta ciudad que con tanta apertura nos recibe. Y encontramos la actividad perfecta: ¡subir a la cima del Cerro Ancón! Les cuento un poquito. Con una altitud de 199 metros, el Cerro Ancón es la colina más alta en la ciudad de Panamá; un parque nacional con un camino que te lleva a un mirador, en donde también ondea orgullosa la bandera de este fascinante país.

A couple of weekends ago, Ren and I found ourselves with little to do; I would even say bored. So I figured it was the perfect opportunity to come up with a fun activity to explore beautiful and chaotic Panama. And we found just the right thing to do: hike the Cerro Ancón! Let me tell you about it. With an altitude of 199 meters (653 ft), Cerro Ancón is the highest hill in Panama; a National Park with a paved road that leads to a scenic view point where a Panamanian flag waves tall and proud. 

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La bandera de Panamá en el Cerro Ancón/The Panamanian flag on Cerro Ancón

Es muy fácil llegar al Cerro Ancón si te encuentras en la Ciudad de Panamá. Sólo tienes que tomar la Avenida Balboa y dirigirte hacia Avenida de los Mártires con rumbo al Puente de las Américas; a la derecha estará la entrada. O más fácil, Waze los llevará directito.

It is really easy to get to Cerro Ancón from Panama City. You just have to take Avenida Balboa and drive towards Avenida de los Mártires towards de Puente de las Américas. The entrance to Cerro Ancón will be on the right. Or even easier, just ask Waze and it’ll take you there

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Ruta de Waze/Waze’s route

¿Qué recomiendo llevar? ¡Agua! Aunque la ruta es amigable, Panamá siempre es muy húmedo, así que agua para compensar todo el sudor es un must. Ir con una mochila equipada con snacks como barras de granola, alguna bebida energética (Gatorade), repelente contra insectos, protector solar, un paraguas, un par de bolsas ziploc para guardar los celulares en caso de lluvia, una gorra, lentes de sol y ropa y tenis súper cómodos será tu mejor opción.

What should you take with you? Water! Although the trail path is pretty friendly and not too steep, Panama has high humidity, so water to replenish all the salts and minerals lost through sweat is crucial. I also recommend you take a backpack with snacks like granola bars, a gatorade or drink of the sort, insect repellent, sunblock, an umbrella and some ziploc bags for your electronics in case it rains, a cap or hat, sunglasses and comfortable clothes and shoes. 

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Se puede ver mi sudor causado por la humedad/You can see I’m sweating due to the humidity

Nosotros llegamos a eso de las 12 del medio día, después de haber desayunado con calma unos deliciosos blueberry pancakes caseros y un café. Hay dos opciones para subir hasta la cima. La primera es llegar en carro hasta la caseta de entrada, donde te estacionas y comienzas la caminata. La segunda es dejar el carro más abajo y hacer un hiking más largo. En esta ocasión nosotros decidimos llegar en carro hasta la caseta. A partir de ese punto son dos kilómetros de recorrido pavimentado y no demasiado empinado para llegar a la cima, es decir, unos 20 minutos a paso promedio. Que bueno… si eres como yo y tomas fotos cada dos minutos, terminarás subiendo en el doble de tiempo. Yo diría que es una caminata fácil y accesible para cualquiera.

We got to the hill at around noon, just after we had eaten delicious homemade blueberry pancakes, eggs and coffee. There are two options for you to hike your way up. The first is to drive to where the security guard is, park there and begin your walk up. The second is to begin your hike from a lower point and have a longer trek. We decided on the first choice. From the security booth, the hike to the top is about two kilometers. The road is paved, in good condition and not to steep, so 20 minutes should be all you need. Unless you are like me… I stop to take pictures all the time, so we ended up taking a full 40 minutes to get up! Other than that, I would say the hike is easy and attainable for anyone. 

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Desayuno casero/Delicious homemade breakfast

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En la entrada del Parque Nacional Cerro Ancón/At the entrance

La vegetación es frondosa y muy verde, y vale la pena irse con calma para admirar los diferentes tipos de hojas, flores, bichos y hasta animales que guarda este bello lugar. Al inicio nos chispeó un poquito, pero el resto del tiempo tuvimos mucha suerte, pues con un cielo nublado y aire soplando (¡y pájaras cantando!), gozamos de una escalada muy agradable.

The vegetation on the hike is so leafy and green, beautiful! This natural gem inside the city is definitely worth a slow pace so that you can admire all the types of leaves, flowers, insects and bugs, and even animals. We had some raindrops at the beginning of our expedition, but the rest of the time we were lucky enough to have a cloudy sky and a light breeze (and chirping birds!). 

Algo que me encantó es que hay oportunidades para fotos panorámicas a lo largo de todo el trayecto. Tienes la vista a los imponentes rascacielos; la vista al hermoso Casco Viejo; la vista al Canal, ¡muchas de donde escoger! Además, hay bancas también para sentarse un rato a descansar o a absorber el momento.

I really enjoyed all the photo opportunities the trail has to offer. From the striking skyscrapers, to the beautiful Casco Viejo and even the Panama Canal, the views are gorgeous all around. Plus, there are benches all through out the trail so that you can take a seat and rest or absorb the moment.

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Ren descansando un poco/Ren resting for a bit

Un poco antes de llegar a la cima, el camino se abre a unas escaleras que tienes que subir para alcanzar el punto más alto. Ya en la cima, llegas a una zona de juegos infantiles y la famosa bandera que saluda a todos los ciudadanos y turistas que visitan Panamá. Así que caminamos por el área, tomamos muchas fotos, disfrutamos de la brisa y finalmente iniciamos nuestro descenso.

A little before you reach the top, the road opens to a flight of stairs that you must climb. One you conquer the stairs you are there! You get to a kid’s play zone, an antenna, and finally to the towering Panamanian flag, greeting citizens and tourists and all. We walked around for a bit, took lots of pictures, enjoyed the view and the gusts of air and then began our descent. 

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En el descenso/Starting our descent

La verdad fue un súper plan para un sábado o domingo que no tengan mucho que hacer. Y es que te despabilas, sales de casa, haces ejercicio, exploras un poco más la ciudad, admiras las vistas imponentes de Panamá ¡y además te sale gratis y lo haces en un par de horas! Una actividad perfecta para matar el tiempo y pasar un buen rato.

Truth is we felt pretty satisfied with the overall experience. Climbing the Cerro Ancon is a perfect plan for a Sunday: you get out of the house, move your body and work out, explore the city, savor the views, and it is free and done in just a couple of hours! A perfect activity to kill some time and have a blast. 

 

Familia, chocolates y mi recorrido por Ginebra

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Día 1

Suiza me abrió por primera vez sus puertas cuando aterricé en Ginebra. Con aire helado y promesas de chocolates inolvidables desde el aeropuerto, la que alguna vez fue hogar para Borges, me daba señales de que los siguientes tres días le alcanzarían para engancharme.

Con René sujeto a citas, bancos y oficinas, mi estadía en Ginebra se perfilaba más larga y solitaria. Pero, al revés, por coincidencias que la vida nos otorga, mi estancia se convirtió en un encuentro familiar, de tíos y primas y hasta conmigo misma.

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Mi primera mañana transcurrió tranquila: un matcha latté y un croissaint en La Vouivre me regresaron el calor, pero también el sueño y el cansancio que los días anteriores no me había permitido sentir. Así que decidí tomarme la mañana para descansar en nuestro hotel (Kipling Manotel) y reponerme del jet lag y las horas de sueño perdidas. Eso sí, me aseguré de que tuviéramos una cena especial y digna de la hermosa ciudad que me daba la bienvenida.

¿Y dónde y qué cenamos? Luego de una investigación profusa (nos tomamos este asunto de la comida con mucha seriedad), opté por reservar una mesa en Les Armures. Según el New York Times, Trip Advisor, Yelp, entre otras publicaciones, este restaurante ubicado en el centro histórico de la ciudad nos serviría uno de los mejores -si no es que el mejor- fondue del cantón. ¡Y nuestra experiencia fue sensacional! De inicio, el lugar de techos bajos y vigas de madera y el olor robusto del queso, te trasladan a una Suiza más tradicional y menos citadina, ¡tienen hasta una armadura para vigilar que tu velada sea íntima y perfecta!

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Compartimos nuestra primera cita con la gastronomía helvética con un amigo y colega de René, y con la compañía extra no podíamos sino aprovechar para pedir más comida y probar de todo. La botella de vino, la canasta de pan y unos pepinillos llegaron a nuestra mesa para abrirnos el apetito.

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Pero los verdaderos manjares no llegaron mucho después: un tartar de res, un plato de carnes frías, un carpaccio de salmón con alcaparras y aceite de trufa, un trozo de raclette recién rasurado, papas ralladas estilo hash y un tazón de fondue moitié-moitié (mitad vacherin, mitad gruyere) elevaron nuestra noche.

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Y aunque mucha gente podrá decir que la cocina suiza tiene poco de espectacular, quiero constatar que nuestra cena fue sensacional y memorable. Yo, desde hacía mucho, quería probar un verdadero fondue suizo, y cada vez que sumergía un cuadrito de pan a ese tazón rebosante, agradecí no haber dejado la oportunidad pasar. Los sabores, el ambiente, el mesero tan amable, ¡la compañía!, crearon una noche que siempre voy a recordar. ¡Ah! ¡Se me olvidaba! ¡Claro que cerramos con postre: un creme brulee espectacular!

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Día 2

Mi segundo día en Ginebra fue mi favorito y por una sencilla razón: ¡tuve un encuentro con mi familia! Mi tía Angélica, mi prima Anna y Rodolfo (novio de la primera mencionada) viajaron de su hogar a dos horas para visitarme y conocer la ciudad conmigo. ¡El mejor regalo! Y es que para mí que vivo lejos de mis seres más amados, estos encuentros, aunque sean breves, guardan un valor inconmensurable.

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Pasaron por mí a las 11 de la mañana y nuestra primera parada fue el Palacio de las Naciones, el centro administrativo y la segunda base de oficinas más importante de las Organización de las Naciones Unidas (ONU). Y aunque no logramos entrar, observar las banderas ondear desde afuera ya transmite una vibra solemne e importante.

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Caminamos después al Museo de la Cruz Roja. ¡Qué! Sí, un museo de la Cruz Roja, y contra toda expectativa negativa que puedan tener -y que confieso yo también tuve- el museo me tapó la boca y me dejó una huella. Primeramente, el despliegue tecnológico que atestiguas durante todo el recorrido es suficiente para apantallarte y hacerte entender lo que un país puede lograr con educación y recursos: audioguías automatizadas, proyecciones holográficas y testigos virtuales que recitan sus testimonios con el toque de tu mano sobre su mano, son solo algunas de las sorpresas que me llevé en sus salas.

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Y segundo, y sin duda más importante, con tan solo una hora dentro de sus paredes, entendí que la Cruz Roja no es solamente un lugar al que llevan a personas en situaciones vulnerables para que los atienda un médico (¡disculpen mi burda ignorancia!), sino un organismo entregado a la lucha y los esfuerzos necesarios para garantizar dignidad humana a todos los ciudadanos del mundo. Extender ayuda en situaciones de emergencia, apoyar en campos de refugiados, mediar con los prisioneros de guerra, son algunos de sus frentes de batalla.

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Luego del museo y de recargar energías y calorías necesarias para enfrentar el frío en La Romántica (una pizza cada quién y una botella de vino logró el cometido), salimos a recorrer y descubrir el centro histórico de Ginebra.

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La Catedral de San Pedro fue la parada obligada y no nos decepcionó, pues además de contar con la Capilla Maccabee y sus hermosas pinturas góticas, tuvimos la oportunidad de subir a las torres a admirar la vista y, de pasada y sorpresivamente, la estructura interna del inmueble. El panorama es hermoso: con el lago despeinado por el viento, los tejados de ladrillo y Mont Blanc salpicado de nieve por el otro lado, el lugar es digno de un abrazo acurrucado como los de Angélica y Rodolfo, de una fotografía y de ignorar el frío por más de algunos minutos.

Con los ojos felices de tanta belleza, bajamos mi familia y yo y salimos a caminar en dirección al lago. Queríamos admirar con más detalle su belleza y postrarnos ante el famoso Jet d’Eau, la fuente que tanto exaltan sus residentes. Y aunque por motivos que aún desconozco el chorro de agua se encontraba apagado, la caminata me ganó un momento de risas y plática sustanciosa con mi prima, algo que ningún jet de agua puede superar.

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Así nos dirigimos a un café para tomar un postre y tratar de contactar a René, quien seguía trabajando. Cuando por fin dimos con él una hora después, aprovechamos para caminar a lo largo del lago y admirar (y también soñar y bromear) las vitrinas de las tiendas, llenas de joyería fina y relojes que probablemente nunca podremos comprar. Ginebra es cuna de la relojería y la precisión, así que este recorrido frente a las ventanas de Bucharer, Piaget y Brietling es inexcusable.

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Con el pretexto de la caminata y con las ganas de extender un poquito más la convivencia antes de su regreso, Ruedi (de cariño para Rodolfo), nos invitó a tomar una copa y a cenar. De verdad que yo no tenía hambre, pero todo sea por tenerlos cerquita un ratito más. Nos metimos entonces a un restaurante italiano con un bar subterráneo. Y con una última copita de vino y platos de pasta compartidos, nos dimos nuestros abrazos y besos de despedida, que aunque un poco tristes, genuinamente agradecidos y satisfechos por las atenciones y la alegre compañía.

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Día 3

Mi tercer y último día fue más solitario e introspectivo, pero me las ingenié para recorrer lo que me faltaba de la ciudad y tener un par de gustos gastronómicos. ¿Por dónde caminé? Primero crucé por el puente Mont Blanc para llegar al Reloj Floral, luego continué hacia el corazón del centro histórico y sus calles sinuosas y empedradas; seguí hacia el Parc de Bastions y hasta el Muro de los Reformadores y luego me regresé para comer en Café Papón.

Mi lunch fue digno de mención: con una crema de calabaza y aroma de trufa acompañada de un panecito con un riquísimo foie gras, me aseguré de llenar la barriga sin robarle del apetito que necesitaría para la cena.

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Ya con las bases bien cubiertas, emprendí una búsqueda especial y forzosa que todos deben hacer cuando visiten Ginebra. Y es que ninguna visita a esta bella ciudad está verdaderamente completa hasta que no degustas, pruebas y gastas unos buenos francos en chocolates. ¡Y es que el chocolate suizo! Yo me di un gustito en dos casas chocolateras: Laderach y Auer, ¡y quiero decirles que el gasto vale cien por ciento la pena! Bombones, tablas, trufas, rellenos… ¡hay para todos los gustos sin restarle a la calidad de sus productos! Ya de regreso en Panamá, sigo complaciéndome con un cubito de cielo al día.

Mi visita en Ginebra tuvo su conclusión en L’Entrecote Couronne. Otra vez acompañados de un amigo, despedimos la ciudad de la misma manera que la saludamos: con buen vino, buena carne y y una sensación de camaradería.

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Visita veloz en Ámsterdam

¡Hola a todos otra vez! ¿Cómo ha ido esta semana? ¿Muchos viajes? ¿Planes? ¿Vuelos comprados? Yo hoy quiero seguir con el relato de mi último viaje a Europa. Y es que, como ya les había contado, el paseo no terminó con el fin de semana romántico en París.

Luego de disfrutar todos los pain au chocolat y sentir el corazón latir con cada vista de la Torre Eiffel, tomamos nuestras maletas y nos fuimos en tren hasta Ámsterdam. ¿Por qué Ámsterdam? Primeramente, porque una de mis cuñadas vive allá con su futuro esposo y queríamos celebrar su cumpleaños con ella. Y en segundo lugar, y no menos importante, porque la ciudad más conocida de Holanda guarda entre sus canales y miles de bicicletas, una magia de pueblito pequeñito que se fusiona con el vanguardismo y la tecnología de una gran ciudad.

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Nuestra visita fue demasiado breve, pero la desquitamos bien. Con poco más de 24 horas (sin contar horas de sueño), conseguimos cenar comida Nepalí, recorrer sus hermosos canales, visitar una de las pinacotecas más importantes del mundo y cenar en el único restaurante teppanyaki en Europa con una estrella Michelín.

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Una vez que llegamos del tren al departamento de mi cuñada (¡con una hermosa vista a un canal!), salimos todos (también coincidimos por allá con mi suegro y su novia) a cenar a Sherpa. Un restaurante pequeñito, de sabores nepalís y tibetanos, fue la opción perfecta para entrar en calor y en un ambiente familiar y súper relajado. Cenamos abundante y rico: curry de pollo, curry de cordero, vegetales, espinacas a la crema, unas bolitas tipo dumplings llamadas Momo, sopa de lentejas, stir fried noodles con verduras, pan naan y un postre que parecía un arroz con leche con coco y mango también muy sabroso.

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Con las barrigas llenas y ya entrados en calor, tomamos un taxi de regreso a casa, pues hacía demasiado frío como para caminar.

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Amanecimos al día siguiente con un Ámsterdam soleado, aunque no por eso menos helado. Desayunamos huevitos en el depa, tomamos café y disfrutamos ver los patos chapoteando en el agua. Ya listos todos, a media mañana, salimos a caminar. Ya conocía yo la ciudad, pero la cantidad de ciclistas y bicis estacionadas y en movimiento no dejó de impresionarme. Aún con el frío (aún con lluvia, triques cargando, perros, tacones, viento), los holandeses son fieles a su medio de transporte favorito y debes ser precavido y caminar por las banquetas o los lugares dispuestos para peatones sino quieres terminar arrollado.

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Confieso que el frío nos ganó un par de veces, por lo que tuvimos que encontrar un par de refugios que nos regresara el calor. La primera vez entramos a la Iglesia de San Nicolás, una iglesia neobarroca y neorrenacentista donde dan misas en inglés.

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Salimos a explorar otra vez, y en nuestro recorrido entramos al famoso Red Light District. Vimos las fachadas con los focos rojos (algunos encendidos otros no), pasamos por el Museo del Sexo, miramos las mujeres en las vitrinas y continuamos con nuestro tour, pasando también por muchos coffee shops, tiendas y restaurantes.

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Cuando el frío nos volvió a vencer entramos a tomar un café en un local de carácter universitario. Y una vez más, cuando habíamos recuperado el valor para salir a la calle, nos dirigimos ahora sí sin paradas al Rijksmuseum, uno de los museos más importantes de Europa. Dentro del edificio, que fue construido a finales del siglo XIX con la intención precisa de que fuera un gran museo, se guardan obras importantísimas como La Ronda de Noche de Rembrandt y La Lechera de Johannes Vermeer.

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Para terminar la visita con broche de oro y sobre todo, para festejar a Michelle por su cumpleaños, mi suegro nos invitó a Sazanka. Del chef Masanori Tomikawa, nace la idea de un restaurante que conjugue una alta calidad de ingredientes y la amabilidad y precisión de la cocina japonesa. Así, nos sentamos todos frente a la parrilla y consideramos el menú en lo que nos abrían la primera botella de vino (Mas La Plana).

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La opción era clara: pedir un menú fijo en lugar de a la carta para poder probar de todo un poco y vivir una verdadera experiencia teppanyaki de calidad. Yo elegí el Sazanka Clásico y superó mis expectativas desde el primer tiempo. El Wagyu Beef estilo tataki, llegó lleno de color en un plato de cerámica. La carne, marmoleada y delgadita, era la propia evidencia de su contenido graso y calidad. Sinceramente yo creo que no he comido un tataki más delicioso que este. Y apenas comenzaba la noche.

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Se cocinaron frente a nuestros ojos cortes de pescado del día en claras a punto de turrón y sal; lajas de magret de pato con hongos japoneses, carne angus con vegetales de la temporada y un delicioso arroz frito con pepinillos y ensalada. Ya descorchada la segunda botella de vino y con sonrisas de parte de todos nosotros por el festín, llegó la hora de cerrar la noche con el postre: una crepa con helado de sésamo, fruta fresca de la estación y deliciosos hilos de chocolate para coronar.

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De verdad es que la comida no tiene que ser complicada para ser gourmet o deliciosa, y nuestra cena en Sazanka es testimonio de que contar con ingredientes de altísima calidad asegura una experiencia completamente nueva y digna de que saliven todos tus sentidos.

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Así terminó nuestra parada veloz por Ámsterdam. Y aunque nos hubiese gustado prolongar la visita, el deber nos empujó hacia la próxima ciudad. ¿Adivinen cuál es el siguiente punto del itinerario? Les doy una pista: chocolates.

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Días de Navidad mexicana

Como muchos de ustedes que me siguen y me leen ya sabrán, me tomé los últimos días del año para ir a visitar a mi familia y amigos a mi México querido. Y es que para mí no hay mejor lugar para pasar la Navidad que donde están tus personas favoritas. Así que después de una semana de posadas y amigos y tacos y todos los antojitos que se cruzaran por mi estómago, tomamos carretera a Vallarta, uno de mis sitios preferidos en el mundo.

Ya les he mencionado antes que para mí los últimos días del año son de reflexión profunda: repaso con minucia mis logros y fallas del año que se queda atrás, escribo, lloro un poquito, me río, me aprieto el corazón. Pero también los gozo. Y más mientras estoy en compañía de mis papás y de mi hermana, de mi Panzón que nunca me deja sola, de mi abuela y mis tíos y mis primas y mis tías, y hasta de Django, que aunque llegó a la Casa 7 cuando yo ya había partido, me ha permitido chiquearlo y amarlo como si viviera en su mismo hogar.

Hoy quiero compartirles algunos de los momentos más lindos de esta Navidad (en el siguiente post les platicaré más a detalle sobre el resto de estos quince días de arena, sal, palmeras y amor).

¡Ah! ¡Antes de las fotos! Quiero darles un poquito del ambiente navideño que se vive en mi familia. Desde que yo recuerdo, he pasado cada tercer año la Navidad con los Abaroa. Cuando éramos chiquitos, las festividades solían llevarse a cabo en Manzanillo, un lugar que para siempre tendrá un huequito muy especial en mi corazón. Llegábamos todas las primas, y un único primo, a casa de mis Titos (mis abuelos) vestidos con los atuendos de pastorcitos que nos había cosido mi abuela. ¡Era tan emocionante! Y así, la noche del 24 se nos iba comiendo dulces y galletas, pidiendo la tradicional Posada con velitas en las manos (unos afuera en el jardín, los otros respondiendo desde la casa), insistiendo en que ya era hora del tan ansiado intercambio, haciendo el intercambio, cenando pierna casera hecha por mi abuela y buñuelos, tronando cohetes a la orilla de la playa, y abrazándonos en la función de fuegos artificiales a las 12 en punto.

Hoy, las navidades con los Abaroa ya no son en Manzanillo, ni cantamos posada, ni tronamos cohetes a la orilla del mar. Sí, son diferentes, pero igual de especiales y divertidas: con la misma emoción de saber quién te dará un regalo en el intercambio, con nuevos miembros familiares, con juegos retadores y divertidos, con copas y copas de vinos, y con los mismos abrazos sentidos y apretados a las 12 en punto. Así que, sin más, les dejo aquí las fotografías; espero las disfruten y logren absorberles la alegría que me otorgaron y siguen regalando a mí.