Cuando nos mudamos a Singapur tenía muy claro que no podía regresar a Occidente sin visitar Vietnam. De todos los países que componen el Sudeste Asiático, Vietnam me atraía como ningún otro. Quizá sería su pasado comunista y el contraste cultural, o sus sabrosos caldos con fideos o su belleza natural… Lo que sí es que tuve mi probadita y me quedé con ganas de más.
Hanoi y Halong Bay fueron los destinos elegidos para mi primer viaje. ¡Y qué magnífica introducción! Viví un contraste explosivo entre el bullicio de la capital y la serenidad de la preciosa bahía que me abrió los ojos a todo lo que el país y su gente tienen que ofrecer.
Hanoi
Comenzamos en Hanói, una ciudad con marcadas influencias locales, chinas y francesas, y con casi siete millones de personas que pareciera sólo se trasladan en motos. Un fascinante caos. Con decirles que cuando llegamos a nuestro hotel nos entregaron una hoja con instrucciones para cruzar la calle: “caminen con confianza. No duden, ni se regresen; las motos sabrán esquivarlos”. ¡Ja! Honestamente jamás había visto tantas motos en mi vida. ¡Ni escuchado tantos claxons! Una locura que te exige dinamismo, rapidez, atención a todo lo que sucede a tu alrededor y que te transporta a la realidad exhilarante de la ciudad que estás por descubrir.
Caminar por las calles de Hanoi es un deleite. Literal. No hay banqueta que no esté cubierta de sillas y mesitas de plástico, de antojados comensales sorbiendo fideos, de cazos humeantes guisando ostras y caracoles, de tiendas de abarrotes sirviendo cervezas. Y como podrán imaginarse, ni Ren ni yo pusimos resistencia, y nos dispusimos a encontrar el mejor changarrito para cenar.

Hanoi es la capital de la comida callejera

Ninguna banqueta está libre de puestos callejeros de comida
Así pues, perdiéndonos entre letreros de neón, bares baratos y locales de masajes, dimos con el mejor pho que haya probado en toda mi vida. ¡Lo alucino! ¡Sólo por ese caldito de res y fideos de Phó Bò Dac Biêt volvería a esta ciudad! Como con cualquier puesto de comida callejera que vale la pena, a simple vista no hubiéramos dado ni tres pesos por el lugar, pero la recepcionista del hotel no se había cansado de recomendarlo y cuando llegamos y vimos que éramos los únicos turistas entre puro local, sabíamos que cenaríamos en el spot correcto.
El pho es quizá el plato más típico del país y es originario de Hanoi. Es un caldo de res con fideos de arroz y trozos tiernos y delgados de carne. También se puede pedir con albóndigas, tripas o pollo, pero nosotros optamos por el tradicional, que además viene adornado con cebollines, brotes de soya, cilantro, gajos de limón y rebanadas de chiles rojos. La salsa picante es opcional, y yo, como ejemplar mexicana, vertí una generosa porción a mi sopa. ¡No saben la delicia! ¡No es broma, esta sopa fue el highlight de mi estancia en la ciudad!
Luego de cenar y tomarnos una cerveza en otro de los muchos puestos que abarrotan las calles, nos fuimos a descansar. Nuestro siguiente día comenzaría temprano con nuestro traslado a la icónica Halong Bay.
Halong Bay
Hay dos maneras diferentes de vivir Halong Bay. La primera es mediante un tour de ida y vuelta desde la ciudad de Hanoi. La segunda, que es la que nosotros vivimos e insistimos que ustedes también elijan, es hospedándote en uno de los diferentes cruceros que navegan sus aguas. Y cuando digo crucero no se imaginen un Symphony of the Seas con tobogán, casino y todo, sino un pequeño y rústico barco de tan sólo 15 habitaciones. Eso sí, con su restaurante y hermosa cubierta para absorber todas las vistas de este Patrimonio Mundial de la Humanidad según la Unesco.
La tranquilidad de Halong Bay es palpable, sobre todo después de haberse paseado por las enredadas calles de Hanoi. Aquí se viene a contemplar el paisaje, a comer gustoso y a disfrutar el tiempo con tu pareja.

Admirando la belleza de Halong Bay
¿Por qué es tan especial? Porque en esta bahía de aproximadamente 1,500 kilómetros cuadrados brotan más de 1,600 islotes de piedra caliza y vegetación creando un panorama majestuoso.
Dos noches en el barco son más que suficientes para empaparte de la belleza de Halong Bay. El primer día te paseas en una lanchita de remos para ver más de cerca las rocas y admirar el color del agua. Por la noche te enseñan a cocinar los típicos spring rolls, cenas comida tradicional y, si te gusta la pesca, puedes intentar atrapar un jugoso calamar para tu siguiente desayuno.

Aprendiendo a hacer spring rolls

Ren pescó un calamar
El segundo día en el Signature Royal es un poco más aventurero, pues te animan a dar un paseo en kayak y a darte un chapuzón en las frías aguas. Es un lindo paseo que además te ayuda a ejercitar el cuerpo. El resto del día puedes gozarlo en la tina de tu cuarto, tomándote un vinito, leyendo tu libro favorito y asombrándote con el atardecer. Mi esposo y yo vivimos un par de días muy románticos.
Nuestra estancia en Vietnam fue muy corta, pero fue suficiente para demostrarnos que es un país que vale la pena explorar y saborear con calma. El dinamismo de Hanoi, la paz de Halong Bay y la dulzura de su gente en ambos lugares nos invitan a volver y a recorrer los rincones que nos hacen falta.
¿Tú ya conoces Vietnam? ¡Quiero que me cuentes tu experiencia! Y si no has visitado, platícame en los comentarios qué es lo que más te llama la atención. Recuerda que amo leerte y que me encantaría que compartas esta entrada si fue de tu agrado. ¡Hasta la próxima!

El Panzón y yo gozando