Recorro el 2016

Pareciera que cada 365 días (o 366 de vez en vez) me siento frente a la computadora o un cuaderno o simplemente en el carro mientras cruzamos alguna calle transitada en nuestro recorrido a alguna fiesta, cena o discoteca, y reflexiono sobre el año que dejo atrás. Pienso en los libros que leí (este año fueron pocos, confieso), en los restaurantes que visité, en las amistades que gané y aquellas que nutrí -o también dejé morir-, en los regalos que envolví y en aquellos que me sorprendieron. Pienso en los viajes: en amanecer entre copos de nieve y la sensación de la escarcha bajo los esquís; en la sal de Playa del Carmen y las aguas iridiscentes de Bacalar; en el clink clink de los casinos y el baby doll que escogí con mi mamá y mi abuela. Pienso en los paseos por las montañas de California, en tantos vientos acariciados con la ventana del coche abajo, y en el recorrido por Coronado que hice en bicicleta con mi familia después de que desempacara la mitad de mi vida en un clóset insuficiente. Pienso en Cancún: en atravesar un camino de jungla con los pies destrozados de tanto bailar una noche antes y llegar al cuarto de palapa y mosaico donde amaneceríamos y dormiríamos desbordantes de amor. Pienso en Venecia, en la costa italiana, en el castillo que Maximiliano erigió en Trieste y en los templos rotos de Corfu. Pienso en el mar, en el azul mañanero y su profundidad durante las horas de amarnos. Pienso en Dubrovnik, en los techos rojos y la ropa colgada al sol, que junto con cada ladrillo de aquella muralla orgullosa cuidaron de nuestros besos y carreritas. Pienso en aquel ocaso, aquel que sobre los viñedos de La Toscana me ensanchaba el pecho, haciéndole un hueco más grande al corazón que tenía prisa por escapar. Pienso en Cinque Terre y los bolillos con jitomate y jamón que nos comimos mientras admirábamos los reflejos de océano y luz en cada casita de color. También pienso en la carretera que nos llevó a Lago di Como, en la champaña que descorchamos y nos tomamos en el balcón; pienso en Milán y en nuestro paseo en góndola en nuestro último día en los canales del Veneto. Pienso en San Diego, en cargar mi playera de México hasta la punta de Rock House Mountain y agitarla como diciendo “¡aquí sigo y tú en mi corazón!”. Pienso en la playa, en la costa escarpada de La Jolla, en  la extensión gris de Los Ángeles, en los taquitos Providencia que en un regreso volví a comer. Pienso en el sol de Tijuana, en los tacos de langosta de Puerto Nuevo y en la gripa que me quiso dar después. Pienso en mi México: en nuestro regreso a casa porque nos quedamos sin una, en la escapada que nos dimos a Tapalpa y y las vacas y los toros que por un ratito nos compartieron su lugar. Pienso en San Miguel de Allende: en sus tiendas y restaurantes frescos, en la silla de mimbre que en una galería fingí querer comprar; pienso en sus monos de papel maché, en la novia afuera de la iglesia, y en sus callejones y miradores que nos velaron mientras regresábamos borrachos y a carcajadas después de tanto caminar. Pienso en el castillo que volví a visitar pensando en mi abuelo. Pienso en Panamá. En sus rascacielos interminables y la vista que desde el 60 tengo al mar. Pienso en los archipiélagos: en aguas calmas y estrellas de mar que conocí por primera vez con mi mamá, que no entendía por qué los kiwis me costarían 60 pesos de ese momento en adelante. Pienso en Colombia, en descubrir un Medellín verde y amable y en hacer lo posible por acabar con una bandeja paisa que tanto disgusto me terminó por dar. Pienso en trepar y sudar 740 escalones para admirar la tierra partida en islotes, las aguas verdes -espesas desde de lo alto-, las nubes frondosas. Pienso en Cartagena: en el sopor envolviente, en los patios de los restaurantes, en la panga que nos llevó a Rosario, en el aguardiente en garrafa y en el aguardiente en tetrapack. Pienso en los muchachos de los tambores, en los disloques de cadera excitantes en el centro de la plaza. Pienso en caminar por sushi sola una noche y en el bikini y la bolsa que me regalaste. Pienso en regresar. Pienso en Casco Viejo: en la pasta con trufa que disfrutamos y la botella de vino que nos impidió pasar del restaurante al bar; en la boutique de chocolates donde me tomé un café y en la terraza que nos invitó a cenar. Pienso en Bocas del Toro: en convertir mi intuición de que cada playa es un paraíso en certeza mientras te observaba lanzar un palo de un lado a otro del cayo como si fueras un niño que sólo quisiera jugar. Y finalmente pienso en Vallarta -de donde escribo ahorita entre lágrimas y llena de humildad. Mi Vallarta tan azul y hermosa como siempre: en sus playas escondidas y verdes que mi hermana me revela, en sus atardeceres rosas, en las tortugas amorosas, en las caminatas por la arena, en Django revolcado por las olas -pero nunca soltando el frisbee de su boca-, en abrazar a mis papás, y en las ballenas que cada diciembre vienen a bailar, a ayudarme a recordar y revivir el año para que llena de agradecimiento, y siempre con un toque de melancolía, no tenga miedo de soltar.

Fiestas y altares por el Día de Muertos

IMG_8998

IMG_5645

A pesar de lo que diga mi feed en Instagram, octubre no significa, para mí, miles de árboles de colores ocres y amarillos decorando mi ciudad, ni pilas de hojas crujientes en el suelo, ni las primeras oportunidades para usar bufandas y botas de la temporada. No. En Guadalajara, octubre significa que tus feeds de Instagram y Facebook se llenan de las fotos de tu amigos en fiestas de disfraces o conciertos de Juan Ga en el Palenque, que ya puedes ir a Starbucks a comprarte un pumpkin chai latté, que, si tienes un poquito de suerte, comenzarás a sacar tus suéteres ligeros del clóset; y lo que a mí me emociona más, que llegan los guiños del Día de Muertos a la ciudad.

IMG_8997

IMG_9005

Por más emocionante que sea buscar un disfraz para la fiesta del viernes, que todos los supermercados te tienten con calabazas de plástico gigantes, que las tiendas las decoren con telarañas falsas y que no puedas cruzar la calle sin que la risa de una bruja mecánica te persiga, no creo que haya una celebración que durante este época anticipe más un mexicano que la de sentarse a la mesa con la familia y los amigos a compartir un pan de muerto calientito con chocolate caliente. ¡Vamos, esperamos todo un año para que podamos saborear este manjar!

IMG_9016

IMG_9000

Que los mexicanos tenemos una relación especial con la muerte, es un hecho conocido alrededor del mundo. Comer calacas hechas de azúcar, comprar jueguetes de doctores y abogados hechos esqueletos, y lo más bonito: armar altares para honrar a nuestros muertos con ofrendas, papel picado, flores de cempazuchitl, y objetos que recuerdan a sus pasatiempos, platillos y vicios favoritos, suele parecer extraño para todos aquellos que no crecieron en nuestro país. México es surrealista por excelencia. Ya lo decía Dalí, tras su visita a nuestras tierras, que no quería volver jamás a un lugar que era más surrealista que sus pinturas, ¡ja!

IMG_9051

IMG_5647

Mi hermana y yo tuvimos la fortuna de conocer y convivir con nuestros abuelos, abuelas y dos bisabuelas. Sin embargo, desafortunadamente, en los últimos cinco años hemos sufrido la pérdida de más de la mitad. No quiero sonar burda, ni faltar al respeto a ninguno, pero pareciera que se pusieron de acuerdo. A diferencia de muchos de mis amigos, a mí no me sacaron del salón en la primaria para avisarme que mi abuelita había muerto. No, Marifer y yo la libramos hasta hace cinco años, cuando mi Tito Poncho dijo adiós; hasta hace 18 meses, cuando mi Tito Pepe dijo adiós; hasta hace cuatro meses, que mi Tita Chata dijo adiós. Así que nos hemos visto sacudiendo la mano más de lo que nos gustaría, pero en el fondo tenemos el corazón contento, seguro de que nuestros muertos están, por estar muertos, más tranquilos.

IMG_8995

IMG_9056

Marifer tiene un corazón gigante y por segundo año consecutivo decidió que debíamos sumarnos a la tradición mexicana por excelencia e instalar un altar en la casa. Y, para armar el altar, no hay mejor lugar para surtirse que en la tradicional Feria del Cartón del Parque Morelos. ¿Lo han visitado? Ubicada en el Centro Histórico de Guadalajara (Calzada Independencia esquina con Juan Manuel), la Feria cuenta con más de 150 puestos de pan de muerto, calaveritas de azúcar, juguetes, artesanías y papel picado, y se puede visitar a partir del segundo fin de semana de octubre desde las 10 de la mañana.

IMG_9007

IMG_5644

IMG_9022

¡Es una experiencia ir a la feria! Revives tu infancia, tienes un reencuentro con tu mexicaneidad. Además, no todos los puestos son de artesanía, algunos venden garnachas, pizzas, gorditas de nata recién hechas, dulces y cajetas… Yo recomiendo ir por la tarde cuando comienza a bajar el sol (y el calor) para añadir misticismo a la experiencia y para tener la nariz y la barriga ya dispuestas a provocar el antojo.

IMG_9011

IMG_9057

IMG_9030

Cabe mencionar que la Feria del Cartón, como todo lo demás en el país, se ha visto afectada por consecuencias de la globalización. Vaya, algunos vendedores han cambiado las muñecas de cartón por máscaras de Freddy Krueger, y los platitos y comiditas de barro, por arañas y murciélagos de plásticos fluorescentes. Pero al fin, los mexicanos ya no sólo usamos huaraches y sería injusto pedirles a los vendedores que sólo vendieran figurines que cada vez se ausentan más, que no creemos poder usar como disfraz.

IMG_9049

IMG_9037

IMG_9027

Realmente les recomiendo que visiten la feria, que revivan un poco la tradición mexicana, que se coman una gordita de nata calientita, que celebren con cariño y flores a sus muertos, que armen un altar. Yo tengo muchas ganas de visitar los recorridos que ofrece el Panteón de Mezquitán o el Panteón de Belén por las noches, ¿han ido? ¿Cuál me sugieren? Creo que sí estrechamos un vínculo con aquellos que nos han dejado cuando celebramos que vivieron, cuando los ofrendamos, cuando dejamos en el altar naranjitos, tequila y dominó para que bajen y por un rato convivan y jueguen en nuestras casas, tomen vino de nuestros vasos, se calienten los huesos con nuestras velas. Que la verdad, ahora que reflexiono, pienso que si celebramos tanto su muerte, si nos reímos de ella, si le hacemos fiesta, algo de festividad debe existir por allá también. Quizá mis titos no están tranquilos por allá, donde sea que sea ese lugar; quizá están juntos, echándose unas cubas, comiéndose unos taquitos de chicharrón prensado a media partida de dominó, riéndose de nuestra cara de solemnidad cuando vemos su fotografía sobre el último peldaño del altar, compartiendo por unos días su fiesta y alegría con nosotros.

IMG_4129

IMG_9067