Recorro el 2016

Pareciera que cada 365 días (o 366 de vez en vez) me siento frente a la computadora o un cuaderno o simplemente en el carro mientras cruzamos alguna calle transitada en nuestro recorrido a alguna fiesta, cena o discoteca, y reflexiono sobre el año que dejo atrás. Pienso en los libros que leí (este año fueron pocos, confieso), en los restaurantes que visité, en las amistades que gané y aquellas que nutrí -o también dejé morir-, en los regalos que envolví y en aquellos que me sorprendieron. Pienso en los viajes: en amanecer entre copos de nieve y la sensación de la escarcha bajo los esquís; en la sal de Playa del Carmen y las aguas iridiscentes de Bacalar; en el clink clink de los casinos y el baby doll que escogí con mi mamá y mi abuela. Pienso en los paseos por las montañas de California, en tantos vientos acariciados con la ventana del coche abajo, y en el recorrido por Coronado que hice en bicicleta con mi familia después de que desempacara la mitad de mi vida en un clóset insuficiente. Pienso en Cancún: en atravesar un camino de jungla con los pies destrozados de tanto bailar una noche antes y llegar al cuarto de palapa y mosaico donde amaneceríamos y dormiríamos desbordantes de amor. Pienso en Venecia, en la costa italiana, en el castillo que Maximiliano erigió en Trieste y en los templos rotos de Corfu. Pienso en el mar, en el azul mañanero y su profundidad durante las horas de amarnos. Pienso en Dubrovnik, en los techos rojos y la ropa colgada al sol, que junto con cada ladrillo de aquella muralla orgullosa cuidaron de nuestros besos y carreritas. Pienso en aquel ocaso, aquel que sobre los viñedos de La Toscana me ensanchaba el pecho, haciéndole un hueco más grande al corazón que tenía prisa por escapar. Pienso en Cinque Terre y los bolillos con jitomate y jamón que nos comimos mientras admirábamos los reflejos de océano y luz en cada casita de color. También pienso en la carretera que nos llevó a Lago di Como, en la champaña que descorchamos y nos tomamos en el balcón; pienso en Milán y en nuestro paseo en góndola en nuestro último día en los canales del Veneto. Pienso en San Diego, en cargar mi playera de México hasta la punta de Rock House Mountain y agitarla como diciendo “¡aquí sigo y tú en mi corazón!”. Pienso en la playa, en la costa escarpada de La Jolla, en  la extensión gris de Los Ángeles, en los taquitos Providencia que en un regreso volví a comer. Pienso en el sol de Tijuana, en los tacos de langosta de Puerto Nuevo y en la gripa que me quiso dar después. Pienso en mi México: en nuestro regreso a casa porque nos quedamos sin una, en la escapada que nos dimos a Tapalpa y y las vacas y los toros que por un ratito nos compartieron su lugar. Pienso en San Miguel de Allende: en sus tiendas y restaurantes frescos, en la silla de mimbre que en una galería fingí querer comprar; pienso en sus monos de papel maché, en la novia afuera de la iglesia, y en sus callejones y miradores que nos velaron mientras regresábamos borrachos y a carcajadas después de tanto caminar. Pienso en el castillo que volví a visitar pensando en mi abuelo. Pienso en Panamá. En sus rascacielos interminables y la vista que desde el 60 tengo al mar. Pienso en los archipiélagos: en aguas calmas y estrellas de mar que conocí por primera vez con mi mamá, que no entendía por qué los kiwis me costarían 60 pesos de ese momento en adelante. Pienso en Colombia, en descubrir un Medellín verde y amable y en hacer lo posible por acabar con una bandeja paisa que tanto disgusto me terminó por dar. Pienso en trepar y sudar 740 escalones para admirar la tierra partida en islotes, las aguas verdes -espesas desde de lo alto-, las nubes frondosas. Pienso en Cartagena: en el sopor envolviente, en los patios de los restaurantes, en la panga que nos llevó a Rosario, en el aguardiente en garrafa y en el aguardiente en tetrapack. Pienso en los muchachos de los tambores, en los disloques de cadera excitantes en el centro de la plaza. Pienso en caminar por sushi sola una noche y en el bikini y la bolsa que me regalaste. Pienso en regresar. Pienso en Casco Viejo: en la pasta con trufa que disfrutamos y la botella de vino que nos impidió pasar del restaurante al bar; en la boutique de chocolates donde me tomé un café y en la terraza que nos invitó a cenar. Pienso en Bocas del Toro: en convertir mi intuición de que cada playa es un paraíso en certeza mientras te observaba lanzar un palo de un lado a otro del cayo como si fueras un niño que sólo quisiera jugar. Y finalmente pienso en Vallarta -de donde escribo ahorita entre lágrimas y llena de humildad. Mi Vallarta tan azul y hermosa como siempre: en sus playas escondidas y verdes que mi hermana me revela, en sus atardeceres rosas, en las tortugas amorosas, en las caminatas por la arena, en Django revolcado por las olas -pero nunca soltando el frisbee de su boca-, en abrazar a mis papás, y en las ballenas que cada diciembre vienen a bailar, a ayudarme a recordar y revivir el año para que llena de agradecimiento, y siempre con un toque de melancolía, no tenga miedo de soltar.

Brunch en San Diego: mis lugares favoritos

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Tengo muchas ganas de platicarles sobre mi vida en Panamá, pero siento que me he saltado muchas etapas y además todavía no tengo suficientes fotos sobre mi vida en Centroamérica, así que he decidido esperarme un poquito y mejor compartirles sobre uno de mis pasatiempos favoritos en una ciudad que me encanta: ¡San Diego!

Antes de mudarme para acá, tuve la oportunidad de residir en lo que se me antoja como una extensa vacación californiana. Durante tres meses me desperté para trotar en el extenso y hermoso Balboa Park, compré mis tomates -orgánicos- en Trader Joe’s y tomé copas de rosé mientras admiraba puestas de sol espectaculares desde nuestro balcón. ¡Hay tanto que quiero contarles sobre mi estancia en el sur de California! Pero todo a su tiempo…

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Balboa Park

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Rosé en el balcón

¿Total, qué les quiero platicar? Sobre un pedacito del fin de semana que seguro ya saben que disfruto con locura: una actividad exquisita no sólo por los aromas y sabores, sino por la hora del día en que se realiza, sin madrugadas ni prisas ni desvelos: ¡el brunch!

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Admito que soy una persona mañanera. Me gusta levantarme temprano, ver el sol nacer mientras corro, tomarme el primer café a las 8 a.m., bañarme y estar lista para seguir con mi día antes de las 10. Por eso me costó un poco de trabajo encariñarme con el brunch: no me gustaba la sensación de culpa de llegar al restaurante a las 11 del día y probar bocado hasta las 12. Pero una vez que aprendes a levantarte un poquito más tarde, a bañarte con calma y a esperar con una taza de café a que tu esposo salga de la regadera para cambiarse y partir, el brunch se presenta como la comida perfecta del fin de semana.

Y aprovechando que San Diego es una ciudad muy visitada por tapatíos y mexicanos en general, quiero recomendarles tres restaurantes que ofrecen un brunch delicioso.

1. The Cottage en La Jolla Es obligatoria mi parada en The Cottage con cada visita que hago a San Diego. Ya sea sola con René, con mi familia, con visitas o con quien sea que tenga antojo de los mejores huevos benedictinos que he probado en mi vida. Literal. Esa es la especialidad de la casa y los preparan de cinco formas distintas: con lomo canadiense; con polenta y pesto; con pechuga de pavo y aguacate (California Eggs Benedict); con tocino canadiense, espinacas, champiñones y balsámico (Eggs La Jolla); o con cangrejo crocante. Mis favoritos son los California y los Eggs La Jolla y sólo pensar en ellos me pone a soñar que ahorita estoy ahí, saboreándolos todos y dándole sorbitos a un café, un bloody mary o una mimosa.

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En algunas otras ocasiones opto por ordenar el Fried Egg Sandwich, ¡que me encanta! Con pan sourdough doradito, gruyere, tocino crujiente, arúgula, cebolla, alioli de limón amarillo, jitomate y unas gotitas de salsa Cholula, este platillo me parece una transición perfecta entre desayuno y lunch. Claro que hay mil opciones más: huevos al gusto, omelettes, pancakes con limón y ricotta (¡esponjosos y riquísimos!), granola hecha en casa, ensaladas, tuna melts y hasta chilaquiles, yo sólo les hago hincapié en mis favoritos para que se animen a probar.

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Y guardé lo mejor de este lugar para el final. Y es que cada visita mía tiene tres partes: la primera es el café y el pan dulce mientras espero la mesa (¡siempre hay fila así que vayan mentalizados!); la segunda es el abundante desayuno, el jugo de frutas, el café, la mimosa; y el tercero y a veces más difícil de conseguir pues se necesita de la solidaridad de tus acompañantes: ¡el postre! Sí, leyeron bien, hay un platillo que no perdono como postre cada que visito: el Stuffed French Toast con extra topping de fresas, berries y plátanos. Este no es cualquier pan francés, es una delicia de los dioses gastronómicos: tres piezas de pan brioche con mantequilla, rellenas de compota de fresa y queso mascarpone, espolvoreadas de azúcar glass, fruta y miel… ¡Fuera de este mundo de verdad!

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Mis recomendaciones son que cada quien pida su plato principal y al final compartan el pan francés, que vayan con tiempo, con mucha hambre (para mí es el premio perfecto después de una carrera o larga corrida) y que después de todo, disfruten de un hermoso día caminando por La Jolla, por la playa soleada, por la bahía repleta de focas. Tendrán un sábado o domingo para recordar.

2. Snooze En el corazón de Hillcrest (el barrio gay de San Diego) hay un lugar de abundantes desayunos y suma popularidad. En honor a su nombre, este lugar te dará el placer de esos cinco minutitos más de sueño cuando suena tu alarma. Con un café helado recién hecho y una vibra juvenil y alegre, Snooze te espera con su propia interpretación del tradicional desayuno americano.

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¿Qué ordenar? Si son fanáticos del hash brown (papas ralladas y sofritas) les recomiendo el Snooze Spuds Deluxe: una orden de hash brown cubierta con queso cheddar gratinado, cebollines y un par de huevos estrellados. Una mezcla original, calientita y cremosa para empezar el día con el corazón y la barriga contentos. Otra opción sabrosa es un Sammie (sandwich) de corned beef, queso suizo y aderezo mil islas o, uno de mis gustos culposos, un Grilled Cheese con sopa de tomate, ¡deli!

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Sea lo que pidan, aquí también deberán dejar espacio para el postre, porque el OMG! French Toast realmente te dejará sorprendido. Un pan francés con mascarpone, crema de vainilla, caramelo salteado, fresas frescas y coco tostado es el final perfecto para una mañana con amigos.

3. Great Maple Seguramente han escuchado de las donas de maple espolvoreadas de trozos de tocino crujiente, ¡pues en Great Maple las preparan a diario y son espectaculares! Y si esa no es razón suficiente para visitar el restaurante, el resto de su menú creativo y moderno lo será. Prueben los Popovers (unos tipo muffins con un par de huevos poché encima y salsa holandesa) con flores de calabaza fritas rellenas de queso de cabra, con champiñones, tomates rostizados y una vinagreta de fresa. O si prefieren algo dulce, dense un lujo con los pancakes de fruity pebbles o los de peanut butter y plátanos fritos o los de chocolate y tocino, ¡no se arrepentirán!

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La comida es parte esencial de un buen viaje, así que no se olviden de estas tres recomendaciones la próxima vez que estén por San Diego y sus alrededores. Hay muchos otros lugares que deben probar, pero empiecen por estos y verán que quedarán súper satisfechos.

¡10 tips para enamorarte de Cartagena!

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No sé si mi Instagram me habrá delatado, pero me enamoré de Cartagena. Y es que ya había escuchado hablar de ella, pero los relatos, ¡las fotos!, nada le hace justicia. Artemisa, mi gran y talentosa, amiga viajó para Expo Moda en Colombia con el fantástico equipo de Gabriela Sánchez y cuando regresó a Guadalajara parecía que no tenía ojos ni cabeza para ningún otro lugar que Cartagena de Indias y su ciudad amurallada.

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Artemisa feliz en Cartagena

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Así comenzó el cosquilleo, las ganas de verla, de hacer que explotaran todos sus colores. Y cuando decidimos Ren y yo que no mudábamos para Panamá, empezamos a buscar vuelos para algún lugar que ayudara a festejar que por fin volvíamos a tomar un rumbo. Para nuestra sorpresa y fortuna, volar a Medellín sale muy barato, y de Medellín a Cartagena, ¡mucho más! Así que nos fuimos, y a pesar de que nuestro viaje inició en la gran ciudad innovadora, mi amor por Cartagena es tal que he decidido comenzar por aquí.

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Cartagena de Indias se ubica en la costa norte de Colombia, en el Departamento de Bolívar; y, buenas noticias: es zona caribeña. Y aunque es la quinta zona urbana más grande del país, yo voy a concentrarme en el Centro Histórico, la Ciudad Amurallada. Así que sin más, les dejo un listado de mis nueve actividades favoritas (y que obvio recomiendo a cualquier futuro viajero) en este hermosísimo lugar.

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1. Hospédense adentro de la Ciudad Amurallada – Nosotros llegamos de noche y tomamos un taxi para llegar al Hotel Boutique Casa de Los Reyes, en el área de San Diego. Por haber llegado el 26 de septiembre, día de la firma del Plebiscito de Paz con las FARC, el chofer no pudo accesar al Centro Histórico y tuvo que dejarnos medianamente cerca de nuestro destino (aunque debo advertir que en general hay zonas de la Ciudad Amurallada que son de ingreso complicado para los taxistas). Pero no importó, porque con sus paredes de piedra ya iluminadas y sus edificios coloniales esperando llenos de porte, la zona nos dio un recibimiento majestuoso y tibio.

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Ya adentro, nos metimos por un callejón y, poco a poco, el sonido de nuestras maletas en el empedrado fue opacado por unas guitarras, el barullo, y el tintineo de las copas de tanta gente vestida de blanco que brindaba sin penas ni arrepentimientos.

Dentro de la Ciudad Amurallada late el corazón de Cartagena. Hospedarse aquí significa vivir más de cerca sus bares y restaurantes, sus señoras cargando canastas de plátanos y aguacates en la cabeza, su tradición. Y allá afuera, lejos de la muralla, se difumina el brillo de la cultura mulata, de sus iglesias antiguas y sus patios frescos para dar pie a una ciudad como cualquier otra, incluso aunque esté frente al mar.

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2. Descúbrela caminando – Si quieres poder observar todas las fachadas, balcones, macetas; si quieres disfrutar de algún patio arbolado que por alguna ventana se dejó asomar; si quieres descubrir parques sombreados e iglesias pequeñas y probar una arepa con huevo mientras recorres una calle estrecha, no hay mejor transporte que tus propias piernas. Aunque haga calor (¡mucho calor!), aunque esté húmedo (¡muy húmedo) y te encuentres ensopado (y asoleado), ¡camina! ¡No te arrepentirás!

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3. La Cevichería – Seguramente después de caminar tendrán hambre y una insaciable sed de cerveza y, como siempre, ¡les tengo una gran recomendación! En el barrio de San Diego, hay una esquina siempre alegre y rebozante: La Cevichería. Famosa por sus tiraditos estilo peruano, sus chaufas de mariscos y el ambiente relajado, hasta Anthony Bourdain la visitó. Iniciamos con una Miscelánea de Ceviches para refrescarnos y probar un poquito de todo. De pescado, pulpo y camarón, llegaron tres platitos con preparaciones diferentes, ¡delicioso!

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Seguimos con más mariscos: Ren con un ceviche estilo peruano muy bien servido y sabroso, y yo con un platillo ¡es-pec-ta-cu-lar! ¡De verdad exquisito! Un arroz vietnamita que todavía me provoca babeos y antojos implacables. Con calamar, camarón, pulpo y mejillones añadiendo a los sabores del curry de coco, el jengibre, la canela y la menta, este manjar fue sin dudas mi comida favorita del fin de semana.

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4. Recorre la muralla de noche – Cartagena cobra un encanto especial cuando cede el sol y comienza a soplar el viento. Y antes de que anochezca, es preciso salir (ya con la cara lavada o hasta recién bañada) a bordear la ciudad sobre su muralla. Caminen hasta una orilla, suban al muro de piedra y hagan lo propio: ¡descubran! ¡Exploren! ¡Encuentren un nicho donde admirar la puesta de sol y dejen que la música del Barrio de Getsemaní los seduzca a la rumba! Un plan súper romántico, pero placentero para los amigos o toda la familia, es requisito ineludible dejarse sorprender desde lo alto de la ciudad.

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5. Vino y cerveza en Café del Mar – En su recorrido por la muralla se toparán sí o sí con el Café del Mar. Pidan una mesa, siéntense y ordenen unos tragos. Vean el sol caer. Escuchen la música. Brinden. Sientan la brisa. Disfruten. Si van con alguien especial, bésenlo.

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6. Música y bailes típicos en la plazoleta cerca a Catedral – Aprender sobre la cultura de un lugar es parte valiosísima de mis viajes. Y para mí, la música y los bailes típicos de un pueblo siempre han representado una manera de conectarme a sus raíces y emociones. Por eso me encantó toparme, una tarde mientras caminábamos, con un grupo de jóvenes vestidos en trajes típicos que dislocaban sus caderas al ritmo de tambores y dyembés. Y no se preocupen, que si no encuentran esta plazoleta (hay muchas) de la que hablo, los grupos de danzantes van recorriendo las calles de la ciudad en busca de foros y espacios públicos donde puedan presentarse (y recoger en un sombrero una moneda o dos).

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7. Islas del Rosario – Bajo la recomendación de un par de conocidas colombianas, Ren y yo contratamos un tour para ir a las Islas del Rosario. El Panzón y yo no somos mucho de tours, pero dado a que este venía muy recomendado, lo tomamos. Son 30 islas las que comprenden el archipiélago que nada en aguas cristalinas y entre corales. De Cartagena a Playa Blanca hicimos 40 minutos en una van. Y de Playa Blanca al archipiélago, 30 minutos en una panga de alta velocidad. Entre más te adentras al mar, más azules y verdes observas en el agua. Lo único constante es su transparencia. Si eres fanático del mar y sus criaturas, el tour vale mucho la pena. Tienes la opción de bajarte una hora en la pequeña Isla San Martín de Pajarales y conocer su Oceanario (un acuario) o dedicar la misma hora a snorkelear y convivir con las decenas de especies que ahí habitan. Nosotros optamos por observar la vida al natural y lo disfrutamos muchísimo. ¡Sí ves peces, ja! ¡No es una estafa!

Cuando termina la hora los regresan a Playa Blanca, donde les sirven una comida típica de pescado frito y arroz con patacones y donde tienes oportunidad de asolearte y meterte otra vez al mar.

8. Fuerte de San Felipe – Afuera de la Ciudad Amurallada, aunque no lejos, se yergue el Fuerte de San Felipe. Desde su construcción en 1657, durante la colonia española, el castillo jugó un papel fundamental en su defensa contra los ingleses. Mi única recomendación: no vayan a las 12 del mediodía.

9. Shopping, shopping, shopping  Siendo Cartagena un lugar que atrae a tanto turismo nacional e internacional, sus calles están repletas de tiendas y boutiques con lo mejor de la moda y el diseño colombiano. ¡Aprovechen! Aunque no compren nada (casi imposible, je), tómense la oportunidad de descubrir las propuestas de estilo e innovación de un país que ha pasado por dictaduras, guerras, drogas y un merecido proceso de diálogo para la paz. Mis tiendas favoritas: Arte Colombiano y St. Dom. En la primera, una mezcla del arte tradicional del país y diseños modernos. En la segunda, una curaduría de marcas y nuevos diseñadores colombianos que proponen cortes atrevidos en trajes de baño, tejidos coloridos en zapatos, y estampados irreales en vestidos de fiesta.

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La verdad es que no hay mucho pierde con Cartagena: caminen por donde caminen los deslumbrará. Yo les platico mis partes favoritas de nuestro viaje a espera de que tomen inspiración y se animen a recorrer sus calles, restaurantes, bares, hotelitos y nichos; a probar sus ceviches y aguardientes y a disfrutar de un fin de semana sin par.

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Weekend getaway a San Miguel de Allende

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La última vez que visité San Miguel de Allende, Guanajuato, no podía ni entrar a un bar. Sí, los más de diez años sin recorrer sus callecitas empedradas ni chacharear canastas de flores secas en la Plaza Principal, ya reclamaban una visita. Así que le insistí a René que merecíamos un descanso del estrés que los últimos días nos había sofocado, hicimos las maletas y nos fuimos.

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El paseo nos duró cuatro días: de viernes a lunes. Y aunque creíamos que serían suficientes, descubrimos que la propuesta cultural y gastronómica de San Miguel alcanza para mucho más. Como reservamos nuestro hotel de un día para otro, no conseguimos llegar a Casa de Liz. En su lugar escogimos uno más modesto, pero muy limpio llamado Casa de las Conservas. En el Bed & Breakfast producen sus propias salsas, mermeladas y pan, por lo que al llegar a hacer nuestro check in, las ráfagas de mantequilla y canela nos dedicaron un baile de bienvenida.

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Luego de instalarnos en nuestro cuarto, salimos en búsqueda del Tío Lucas, un restaurante que un tío muy querido, que ya lleva años y años viviendo en Celaya, Guanajuato, con mucha emoción nos recomendó. El lugar me sorprendió: la fachada, muy pintoresca, tiene en la parte superior una fila de macetas de diferentes formas y tamaños con sus plantas verdes y rebosantes. Una vez adentro, se revela un patio muy fresco y alegre, con una concha en una esquina donde un trío desafina plácidamente un “Si nos dejan”.

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Para brindar por nuestra escapada romántica, pido un Merlot y Ren una Corona. Al centro, un queso fundido con chorizo. Echamos un vistazo al menú, los precios son un poco altos, pero no exagerados y estamos decididos a disfrutar. El queso, con tortillas recién hechecitas, es vasto y delicioso, así que de plato fuerte me limité a ordenar una sopa de tortilla, ¡de verdad exquisitísima! El Panzón sí pidió su Tampiqueña que, como debe ser, incluye un par de enchiladas, arroz, frijoles y guacamole con totopos. Terminamos realmente satisfechos y con un soponcio que de plano nos mandó a dormir temprano, no sin antes entrar a un par de boutiques a admirar la ropa hecha a mano con bordados indígenas, pero cortes modernos.

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Nos levantamos al día siguiente y desayunamos en el hotel. Los vasos de fruta con yogur y los huevos rancheros nos revivieron los ojos y ánimos para explorar durante todo el día. Nuestra primera parada fue el Centro Cultural Ignacio Ramírez El Nigromante. El recinto es parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y fue construido inicialmente (1755 inició) como un convento. Y después de ser convento, colegio para señoritas, cuartel de la Revolución y escuela de Bellas Artes, terminó en la ruina y fue entregado al INBA. Como centro cultural se inauguró hasta 1962. Tanta historia se filtra de sus arcos, patios y escalinatas; de sus paredes que albergan lo más reconocido de la escena artística de la región; de sus murales de Siqueiros y Pedro Martínez. ¡Vale mucho la pena entrar y además es gratuito!

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Conocimos después la Iglesia de la Purísima Concepción y luego caminamos hasta Jardín Allende (el parque principal), donde sin faltan seguían vendiendo, como desde hace diez años, adornos de flores secas, globos, dulces, helados y frituras.

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En nuestro recorrido por las callecitas de colores encontramos una boutique/galería enfocada a cosas de interiorismo y hogar. Con un patio iluminado y enriquecido por una pared de agua, llamó mi atención y me insistió a ingresar. Ya adentro me enamoré de una silla tejida de mimbre, como una silla Acapulco, aunque con un twist. Obviamente, el precio y nuestro cambiante paradero impedía que hiciera algo más que admirarla, así que después de ilusionarme un rato y jugar a la casita, salimos y mejor nos dirigimos a encontrar otro lugar que curiosear.

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Dimos con Nudo, una galería que exponía grabados de los famosos papalotes de Francisco Toledo; avistamos tienditas con floreros y vajillas enteras con puntos coloreados; consideramos comprar macetas y jarrones en Trinitate; y seguimos a dos muñecotes de papel maché y a un par de novios que salían de la Parroquia de San Miguel Arcángel, antes de concluir que teníamos hambre y que La Parada era la siguiente parada en nuestro itinerario.

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Con la caminata y el calorcito, los ceviches y tiraditos de La Parada (restaurante de cocina peruana) se nos antojaban más que otra cosa. El lugar, como casi todos en este pueblo Patrimonio de la Humanidad, se mantenía fresco, ligero y lleno de buena vibra. Con un pizco sour y una copa de vino blanco bien, elegimos porciones minis de cada ceviche y tiradito para no quedarnos con las ganas. Además, un Arroz Afrodisiaco, con camarones, calamar y otros mariscos completó nuestra comida. Nos habíamos sentado en la barra (¡el lugar estaba atascado!), pero resultó un acierto, pues platicamos con un par de americanos jubilados que nos recomendaron un lugar para que desayunáramos al día siguiente, y además quedamos a la pasada de la gente que entraba y salía, y entre dicho tumulto dimos con JP Partida y Luis Lozano, ¡súper buenos amigos y mejores wedding planners del mundo!

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Tomar un descanso y lavarnos los dientes y la cara requirió que regresáramos al hotel. Pero una vez cambiados y refrescados, salimos directito al rooftop Luna del Rosewood Hotel a tomar unos drinks y encontrarnos nuevamente con Juan Pablo y Luis. ¡La vista es espectacular y los tragos con mezcal pronto comenzaron a hacer su efecto! En lo que menos pensábamos, ya todos nos estábamos moviendo nuevamente por las calles mágicas de San Miguel y hasta El Pescau, donde siguieron fluyendo los tequilas y también (por razones de salud), los tacos.

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Terminamos la noche en La 21Única, una cantina que nos vio cantar rancheras y banda y que además nos mantuvo intactos durante la lluvia que acaecía afuera.

No les voy a mentir y confesaré que amanecía al día siguiente con una de las peores crudas que he tenido la desfortuna de vivir. Como pudimos, logramos arrastrarnos hasta Café MuRO, aquél que nos habían recomendado en La Parada. ¡Fue un éxito! Acompañamos el café calientito con un pan casero, mermelada y una salsita picante y necesaria. Ren pidió unos chilaquiles rojos muy muy muy sabrosos y yo unos huevos divorciados con guarnición de chilaquiles en salsa de chile pasilla. El servicio además fue muy atento y amable y quedamos encantados y dispuestos a volver.

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El resto de nuestro día transcurrió en más galerías y tiendas, en saborear una nieve de garrafa de fresa y dulce de leche, en entrar a la famosísima e igualmente hermosa Parroquia y en callejonear hasta que llegó la hora de cenar. ¡Y guardamos lo mejor para el final!

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En el Hotel Matilda, Enrique Olvera tiene una de sus joyas: Moxi. Ya en sí el hotel es grandioso: moderno, acogedor, de verdad un sello de diseño y vanguardia en San Miguel que vale la pena conocer. El restaurante está en la terraza del hotel, con vista a un mural que arropa la alberca y a los huéspedes que suben relajados después de una aromaterapia en el SPA. ¡La comida fue exquisita! Pedimos de entradas un tamal de frijol con crema de rancho y ceniza de cebolla, y un fetuccini con tomates cherry, aceite de anchoa, chile de árbol y queso parmesano del cual nada más no me podía saciar. De platos fuertes: un lechón confitado, con rábanos y berros y tortillitas recién hechas, y un New York con chichilo y calabacitas orgánicas. ¡Delicioso! Y de postre: un pay de limón con crumble de cacahuate, helado de yogur y merengue de cítricos que de verdad estuvo espectacular. Sin duda Moxi hace honor a su nombre (significa “antojo” en Otomí) y nos deja babeando y alucinando con el día en que regresemos.

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Así terminamos nuestra escapada a San Miguel de Allende, con la barriga feliz y nuestra mente despejada.  O por lo menos eso creíamos. Porque en nuestro regreso a Guadalajara nos encontramos con una sorpresa: cerca de La Piedad, ¡un campo de girasoles a todo florear! ¡Enloquecí! ¡Paramos el carro en el acotamiento de la carretera y corrimos a ellos a admirarlos, olerlos y tomar fotos. Y ese sí fue el verdadero y hermoso final de nuestro recorrido.

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Puerto Clandestino: ostiones, ceviches, aguachiles y cerveza

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El otro día recibí una invitación para comer en Puerto Clandestino. La verdad es que cada vez más recibo invitaciones y propuestas para ir a conocer restaurantes y locales, y con la idea de que no puedo hablar de lo que no conozco y de que siempre es divertido conocer nuevos lugares, siempre acepto las invitaciones. Pero eso sí, sólo escribo de las que realmente me gustan o se me antojan diferentes e innovadoras. Es parte de mi política de credibilidad, sostengo.

Les platico entonces que quedé contenta con Puerto Clandestino. Se me hizo un lugar perfecto para ir a tomarte una cerveza y un aguachile muy sabroso cualquier día de la semana, pero sobre todo en viernes, para que puedas extender la comida sin necesidad de regresar a trabajar. Ubicado en Pedro Moreno 1550, el local es pequeño, como un pasillo envuelto en madera y cachivaches que recuerdan al mar y a sus embarcaciones. Las luces son bajitas, lo que aumenta el ambiente acogedor del restaurante.

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La terraza

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Fui con René y nos sentamos en la terraza. Llovía. Luego luego se acercó un mesero joven a atendernos, pedimos un par de cervezas y nos acercaron el menú. Lo hojeamos y se nos antojaron muchas cosas, ¡además tienen una gran variedad de platillos! Personalmente, me hecho muy fanática de los ostiones, así que en cuanto vi las diferentes preparaciones que ofrecían supe que teníamos que ordenar unos. Así pues, nos sirvieron una docena de ostiones entre frescos y a las brasas. Probamos los Bloody Mary (como el coctel tradicional), los de aderezo de soya y jengibre aridulce, al aire de cilantro y limón (muy frescos y aciditos), chimichurri (muy, pero muy recomendables, quizá los favoritos de la tarde), los rockefeller, y los zarandeados (picositos, y otros de los preferidos del día). Con nuestra cerveza, los ostiones nos abrieron el apetito y la curiosidad por saber qué más probaríamos. Además, la verdad es que pagar entre 120 y 160 pesos -dependiendo de la preparación que elijan- por una docena de ostiones se me hace un precio espectacular.

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Variedad de ostiones

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Antes de que llegara el siguiente tiempo, nos obsequiaron un balazo: un ostión servido en un caballito con clamato, salsas y sal. Continuamos la comida con un par de entradas más. Lo siguiente fue un plato de mejillones al vino blanco. Estaban tan ricos los condenados que René y yo terminamos cuchareando la salsa (muy cremosa y deliciosamente sazonada) y pasando pedacitos de pan por los restos de crema y queso del plato hondo.

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Mejillones al vino blanco

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Tiradito de atún

Seguimos con un tiradito de atún con acentos súper orientales. Las láminas de atún fresco estaban cubiertas en una salsa espesa de soya, pepino y zanahoria en juliana, cebollín, ajonjolí y rodajas de rábano. Si les gustan los sabores agridulces y notas fuertes de sal provenientes de la soya y el pescado, este tiradito es para ustedes. Ren y yo lo disfrutamos, aunque sí tuvimos que ordenar la segunda cerveza para preparar el paladar para el siguiente platillo.

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En Puerto Clandestino puedes elegir de entre cuatro distintos tipos de aguachiles: verde, rojo, mango, oro negro (todos pueden ser de pescado o camarón), o puedes aventurarte y elegir un Aguacachile. El Aguacachile es distinto al aguachile porque la salsa tiene aguacate, por lo que se vuelve más espesa, además de que también le agregan otros chiles y toques orientales, por lo que el resultado es totalmente diferente, ¡y muy enchiloso! Nosotros pedimos el de camarón y la verdad es que quedamos muy sorprendidos. La salsa estaba muy rica, y con rodajas extra de aguacate, láminas de rábano y trocitos de chile verde, no podíamos dejar de comer (ni de limpiarnos el sudor con una servilleta, ¡qué picante!).

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Aguacachile

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Ceviche Trajinera

Seguimos el festín con un ceviche, ¡cómo ir a un lugar de mariscos y no probar el de la casa! Pues la elección estuvo difícil, porque en Puerto Clandestino tienen nueve tradicionales (pescado en trozo, camarón, marlin guisado, pulpo, surimi…) y diez tropicales. ¡Neta son muchísimos de dónde escoger! Los meseros, todos muy amables, nos recomendaron el  Trajinera: pulpo mezclado con chicharrón y carnitas (la orden a $110.00, ¡les digo que está bastante bien de precios!). El ceviche venía con pico de gallo y totopos para comértelo con más gusto. ¡Nos lo comimos de volada!

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Casi para finalizar (claro, pedimos también un par de cervezas más), probamos una de las especialidades: el atún en costra de ajonjolí, que va preparado con crocante de espinacas y fresas salteadas al balsámico. La verdad es que las fresas le dan un toque muy distinto al atún tradicional. El pescado estaba muy fresco y además le pusimos gotitas de las salsitas que te ponen al centro de la mesa -todas muy muy ricas-, lo cual nos dejó un gran sabor de boca.

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Atún encostrado

De postre degustamos una nieve casera de zarzamora, perfecta para cerrar con broche de oro la abundante y rica comilona.

Alargamos lo más que pudimos nuestra partida, yo tenía que entrar a trabajar, pero estábamos tan a gusto que preferí llegar un poco tarde, por quedarme un rato más ahí con René. Además estábamos a un par de días de nuestra boda civil, y con el día lluvioso, como que estábamos reflexivos y más enamorados (si es que eso es posible, je).

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Balazo

Disfruté mucho mi comida en Puerto Clandestino, el trato de su personal, la amabilidad de Sergio, que estuvo muy al pendiente de nosotros todo el tiempo. Se me antoja volver pronto con amigos, además está padre que queda a media cuadra de Chapultepec, porque te toca ver todo el movimiento de la gente sobre el solicitado camellón. Además, tiene televisiones, así que puedes ver cualquier partido de futbol, americano o cualquier deporte o juego que en el momento sea de su interés. Los invito a que vayan a probarlo y también disfruten de un rato agradable.