¡10 tips para enamorarte de Cartagena!

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No sé si mi Instagram me habrá delatado, pero me enamoré de Cartagena. Y es que ya había escuchado hablar de ella, pero los relatos, ¡las fotos!, nada le hace justicia. Artemisa, mi gran y talentosa, amiga viajó para Expo Moda en Colombia con el fantástico equipo de Gabriela Sánchez y cuando regresó a Guadalajara parecía que no tenía ojos ni cabeza para ningún otro lugar que Cartagena de Indias y su ciudad amurallada.

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Artemisa feliz en Cartagena

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Así comenzó el cosquilleo, las ganas de verla, de hacer que explotaran todos sus colores. Y cuando decidimos Ren y yo que no mudábamos para Panamá, empezamos a buscar vuelos para algún lugar que ayudara a festejar que por fin volvíamos a tomar un rumbo. Para nuestra sorpresa y fortuna, volar a Medellín sale muy barato, y de Medellín a Cartagena, ¡mucho más! Así que nos fuimos, y a pesar de que nuestro viaje inició en la gran ciudad innovadora, mi amor por Cartagena es tal que he decidido comenzar por aquí.

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Cartagena de Indias se ubica en la costa norte de Colombia, en el Departamento de Bolívar; y, buenas noticias: es zona caribeña. Y aunque es la quinta zona urbana más grande del país, yo voy a concentrarme en el Centro Histórico, la Ciudad Amurallada. Así que sin más, les dejo un listado de mis nueve actividades favoritas (y que obvio recomiendo a cualquier futuro viajero) en este hermosísimo lugar.

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1. Hospédense adentro de la Ciudad Amurallada – Nosotros llegamos de noche y tomamos un taxi para llegar al Hotel Boutique Casa de Los Reyes, en el área de San Diego. Por haber llegado el 26 de septiembre, día de la firma del Plebiscito de Paz con las FARC, el chofer no pudo accesar al Centro Histórico y tuvo que dejarnos medianamente cerca de nuestro destino (aunque debo advertir que en general hay zonas de la Ciudad Amurallada que son de ingreso complicado para los taxistas). Pero no importó, porque con sus paredes de piedra ya iluminadas y sus edificios coloniales esperando llenos de porte, la zona nos dio un recibimiento majestuoso y tibio.

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Ya adentro, nos metimos por un callejón y, poco a poco, el sonido de nuestras maletas en el empedrado fue opacado por unas guitarras, el barullo, y el tintineo de las copas de tanta gente vestida de blanco que brindaba sin penas ni arrepentimientos.

Dentro de la Ciudad Amurallada late el corazón de Cartagena. Hospedarse aquí significa vivir más de cerca sus bares y restaurantes, sus señoras cargando canastas de plátanos y aguacates en la cabeza, su tradición. Y allá afuera, lejos de la muralla, se difumina el brillo de la cultura mulata, de sus iglesias antiguas y sus patios frescos para dar pie a una ciudad como cualquier otra, incluso aunque esté frente al mar.

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2. Descúbrela caminando – Si quieres poder observar todas las fachadas, balcones, macetas; si quieres disfrutar de algún patio arbolado que por alguna ventana se dejó asomar; si quieres descubrir parques sombreados e iglesias pequeñas y probar una arepa con huevo mientras recorres una calle estrecha, no hay mejor transporte que tus propias piernas. Aunque haga calor (¡mucho calor!), aunque esté húmedo (¡muy húmedo) y te encuentres ensopado (y asoleado), ¡camina! ¡No te arrepentirás!

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3. La Cevichería – Seguramente después de caminar tendrán hambre y una insaciable sed de cerveza y, como siempre, ¡les tengo una gran recomendación! En el barrio de San Diego, hay una esquina siempre alegre y rebozante: La Cevichería. Famosa por sus tiraditos estilo peruano, sus chaufas de mariscos y el ambiente relajado, hasta Anthony Bourdain la visitó. Iniciamos con una Miscelánea de Ceviches para refrescarnos y probar un poquito de todo. De pescado, pulpo y camarón, llegaron tres platitos con preparaciones diferentes, ¡delicioso!

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Seguimos con más mariscos: Ren con un ceviche estilo peruano muy bien servido y sabroso, y yo con un platillo ¡es-pec-ta-cu-lar! ¡De verdad exquisito! Un arroz vietnamita que todavía me provoca babeos y antojos implacables. Con calamar, camarón, pulpo y mejillones añadiendo a los sabores del curry de coco, el jengibre, la canela y la menta, este manjar fue sin dudas mi comida favorita del fin de semana.

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4. Recorre la muralla de noche – Cartagena cobra un encanto especial cuando cede el sol y comienza a soplar el viento. Y antes de que anochezca, es preciso salir (ya con la cara lavada o hasta recién bañada) a bordear la ciudad sobre su muralla. Caminen hasta una orilla, suban al muro de piedra y hagan lo propio: ¡descubran! ¡Exploren! ¡Encuentren un nicho donde admirar la puesta de sol y dejen que la música del Barrio de Getsemaní los seduzca a la rumba! Un plan súper romántico, pero placentero para los amigos o toda la familia, es requisito ineludible dejarse sorprender desde lo alto de la ciudad.

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5. Vino y cerveza en Café del Mar – En su recorrido por la muralla se toparán sí o sí con el Café del Mar. Pidan una mesa, siéntense y ordenen unos tragos. Vean el sol caer. Escuchen la música. Brinden. Sientan la brisa. Disfruten. Si van con alguien especial, bésenlo.

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6. Música y bailes típicos en la plazoleta cerca a Catedral – Aprender sobre la cultura de un lugar es parte valiosísima de mis viajes. Y para mí, la música y los bailes típicos de un pueblo siempre han representado una manera de conectarme a sus raíces y emociones. Por eso me encantó toparme, una tarde mientras caminábamos, con un grupo de jóvenes vestidos en trajes típicos que dislocaban sus caderas al ritmo de tambores y dyembés. Y no se preocupen, que si no encuentran esta plazoleta (hay muchas) de la que hablo, los grupos de danzantes van recorriendo las calles de la ciudad en busca de foros y espacios públicos donde puedan presentarse (y recoger en un sombrero una moneda o dos).

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7. Islas del Rosario – Bajo la recomendación de un par de conocidas colombianas, Ren y yo contratamos un tour para ir a las Islas del Rosario. El Panzón y yo no somos mucho de tours, pero dado a que este venía muy recomendado, lo tomamos. Son 30 islas las que comprenden el archipiélago que nada en aguas cristalinas y entre corales. De Cartagena a Playa Blanca hicimos 40 minutos en una van. Y de Playa Blanca al archipiélago, 30 minutos en una panga de alta velocidad. Entre más te adentras al mar, más azules y verdes observas en el agua. Lo único constante es su transparencia. Si eres fanático del mar y sus criaturas, el tour vale mucho la pena. Tienes la opción de bajarte una hora en la pequeña Isla San Martín de Pajarales y conocer su Oceanario (un acuario) o dedicar la misma hora a snorkelear y convivir con las decenas de especies que ahí habitan. Nosotros optamos por observar la vida al natural y lo disfrutamos muchísimo. ¡Sí ves peces, ja! ¡No es una estafa!

Cuando termina la hora los regresan a Playa Blanca, donde les sirven una comida típica de pescado frito y arroz con patacones y donde tienes oportunidad de asolearte y meterte otra vez al mar.

8. Fuerte de San Felipe – Afuera de la Ciudad Amurallada, aunque no lejos, se yergue el Fuerte de San Felipe. Desde su construcción en 1657, durante la colonia española, el castillo jugó un papel fundamental en su defensa contra los ingleses. Mi única recomendación: no vayan a las 12 del mediodía.

9. Shopping, shopping, shopping  Siendo Cartagena un lugar que atrae a tanto turismo nacional e internacional, sus calles están repletas de tiendas y boutiques con lo mejor de la moda y el diseño colombiano. ¡Aprovechen! Aunque no compren nada (casi imposible, je), tómense la oportunidad de descubrir las propuestas de estilo e innovación de un país que ha pasado por dictaduras, guerras, drogas y un merecido proceso de diálogo para la paz. Mis tiendas favoritas: Arte Colombiano y St. Dom. En la primera, una mezcla del arte tradicional del país y diseños modernos. En la segunda, una curaduría de marcas y nuevos diseñadores colombianos que proponen cortes atrevidos en trajes de baño, tejidos coloridos en zapatos, y estampados irreales en vestidos de fiesta.

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La verdad es que no hay mucho pierde con Cartagena: caminen por donde caminen los deslumbrará. Yo les platico mis partes favoritas de nuestro viaje a espera de que tomen inspiración y se animen a recorrer sus calles, restaurantes, bares, hotelitos y nichos; a probar sus ceviches y aguardientes y a disfrutar de un fin de semana sin par.

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Weekend getaway a San Miguel de Allende

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La última vez que visité San Miguel de Allende, Guanajuato, no podía ni entrar a un bar. Sí, los más de diez años sin recorrer sus callecitas empedradas ni chacharear canastas de flores secas en la Plaza Principal, ya reclamaban una visita. Así que le insistí a René que merecíamos un descanso del estrés que los últimos días nos había sofocado, hicimos las maletas y nos fuimos.

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El paseo nos duró cuatro días: de viernes a lunes. Y aunque creíamos que serían suficientes, descubrimos que la propuesta cultural y gastronómica de San Miguel alcanza para mucho más. Como reservamos nuestro hotel de un día para otro, no conseguimos llegar a Casa de Liz. En su lugar escogimos uno más modesto, pero muy limpio llamado Casa de las Conservas. En el Bed & Breakfast producen sus propias salsas, mermeladas y pan, por lo que al llegar a hacer nuestro check in, las ráfagas de mantequilla y canela nos dedicaron un baile de bienvenida.

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Luego de instalarnos en nuestro cuarto, salimos en búsqueda del Tío Lucas, un restaurante que un tío muy querido, que ya lleva años y años viviendo en Celaya, Guanajuato, con mucha emoción nos recomendó. El lugar me sorprendió: la fachada, muy pintoresca, tiene en la parte superior una fila de macetas de diferentes formas y tamaños con sus plantas verdes y rebosantes. Una vez adentro, se revela un patio muy fresco y alegre, con una concha en una esquina donde un trío desafina plácidamente un “Si nos dejan”.

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Para brindar por nuestra escapada romántica, pido un Merlot y Ren una Corona. Al centro, un queso fundido con chorizo. Echamos un vistazo al menú, los precios son un poco altos, pero no exagerados y estamos decididos a disfrutar. El queso, con tortillas recién hechecitas, es vasto y delicioso, así que de plato fuerte me limité a ordenar una sopa de tortilla, ¡de verdad exquisitísima! El Panzón sí pidió su Tampiqueña que, como debe ser, incluye un par de enchiladas, arroz, frijoles y guacamole con totopos. Terminamos realmente satisfechos y con un soponcio que de plano nos mandó a dormir temprano, no sin antes entrar a un par de boutiques a admirar la ropa hecha a mano con bordados indígenas, pero cortes modernos.

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Nos levantamos al día siguiente y desayunamos en el hotel. Los vasos de fruta con yogur y los huevos rancheros nos revivieron los ojos y ánimos para explorar durante todo el día. Nuestra primera parada fue el Centro Cultural Ignacio Ramírez El Nigromante. El recinto es parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y fue construido inicialmente (1755 inició) como un convento. Y después de ser convento, colegio para señoritas, cuartel de la Revolución y escuela de Bellas Artes, terminó en la ruina y fue entregado al INBA. Como centro cultural se inauguró hasta 1962. Tanta historia se filtra de sus arcos, patios y escalinatas; de sus paredes que albergan lo más reconocido de la escena artística de la región; de sus murales de Siqueiros y Pedro Martínez. ¡Vale mucho la pena entrar y además es gratuito!

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Conocimos después la Iglesia de la Purísima Concepción y luego caminamos hasta Jardín Allende (el parque principal), donde sin faltan seguían vendiendo, como desde hace diez años, adornos de flores secas, globos, dulces, helados y frituras.

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En nuestro recorrido por las callecitas de colores encontramos una boutique/galería enfocada a cosas de interiorismo y hogar. Con un patio iluminado y enriquecido por una pared de agua, llamó mi atención y me insistió a ingresar. Ya adentro me enamoré de una silla tejida de mimbre, como una silla Acapulco, aunque con un twist. Obviamente, el precio y nuestro cambiante paradero impedía que hiciera algo más que admirarla, así que después de ilusionarme un rato y jugar a la casita, salimos y mejor nos dirigimos a encontrar otro lugar que curiosear.

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Dimos con Nudo, una galería que exponía grabados de los famosos papalotes de Francisco Toledo; avistamos tienditas con floreros y vajillas enteras con puntos coloreados; consideramos comprar macetas y jarrones en Trinitate; y seguimos a dos muñecotes de papel maché y a un par de novios que salían de la Parroquia de San Miguel Arcángel, antes de concluir que teníamos hambre y que La Parada era la siguiente parada en nuestro itinerario.

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Con la caminata y el calorcito, los ceviches y tiraditos de La Parada (restaurante de cocina peruana) se nos antojaban más que otra cosa. El lugar, como casi todos en este pueblo Patrimonio de la Humanidad, se mantenía fresco, ligero y lleno de buena vibra. Con un pizco sour y una copa de vino blanco bien, elegimos porciones minis de cada ceviche y tiradito para no quedarnos con las ganas. Además, un Arroz Afrodisiaco, con camarones, calamar y otros mariscos completó nuestra comida. Nos habíamos sentado en la barra (¡el lugar estaba atascado!), pero resultó un acierto, pues platicamos con un par de americanos jubilados que nos recomendaron un lugar para que desayunáramos al día siguiente, y además quedamos a la pasada de la gente que entraba y salía, y entre dicho tumulto dimos con JP Partida y Luis Lozano, ¡súper buenos amigos y mejores wedding planners del mundo!

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Tomar un descanso y lavarnos los dientes y la cara requirió que regresáramos al hotel. Pero una vez cambiados y refrescados, salimos directito al rooftop Luna del Rosewood Hotel a tomar unos drinks y encontrarnos nuevamente con Juan Pablo y Luis. ¡La vista es espectacular y los tragos con mezcal pronto comenzaron a hacer su efecto! En lo que menos pensábamos, ya todos nos estábamos moviendo nuevamente por las calles mágicas de San Miguel y hasta El Pescau, donde siguieron fluyendo los tequilas y también (por razones de salud), los tacos.

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Terminamos la noche en La 21Única, una cantina que nos vio cantar rancheras y banda y que además nos mantuvo intactos durante la lluvia que acaecía afuera.

No les voy a mentir y confesaré que amanecía al día siguiente con una de las peores crudas que he tenido la desfortuna de vivir. Como pudimos, logramos arrastrarnos hasta Café MuRO, aquél que nos habían recomendado en La Parada. ¡Fue un éxito! Acompañamos el café calientito con un pan casero, mermelada y una salsita picante y necesaria. Ren pidió unos chilaquiles rojos muy muy muy sabrosos y yo unos huevos divorciados con guarnición de chilaquiles en salsa de chile pasilla. El servicio además fue muy atento y amable y quedamos encantados y dispuestos a volver.

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El resto de nuestro día transcurrió en más galerías y tiendas, en saborear una nieve de garrafa de fresa y dulce de leche, en entrar a la famosísima e igualmente hermosa Parroquia y en callejonear hasta que llegó la hora de cenar. ¡Y guardamos lo mejor para el final!

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En el Hotel Matilda, Enrique Olvera tiene una de sus joyas: Moxi. Ya en sí el hotel es grandioso: moderno, acogedor, de verdad un sello de diseño y vanguardia en San Miguel que vale la pena conocer. El restaurante está en la terraza del hotel, con vista a un mural que arropa la alberca y a los huéspedes que suben relajados después de una aromaterapia en el SPA. ¡La comida fue exquisita! Pedimos de entradas un tamal de frijol con crema de rancho y ceniza de cebolla, y un fetuccini con tomates cherry, aceite de anchoa, chile de árbol y queso parmesano del cual nada más no me podía saciar. De platos fuertes: un lechón confitado, con rábanos y berros y tortillitas recién hechas, y un New York con chichilo y calabacitas orgánicas. ¡Delicioso! Y de postre: un pay de limón con crumble de cacahuate, helado de yogur y merengue de cítricos que de verdad estuvo espectacular. Sin duda Moxi hace honor a su nombre (significa “antojo” en Otomí) y nos deja babeando y alucinando con el día en que regresemos.

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Así terminamos nuestra escapada a San Miguel de Allende, con la barriga feliz y nuestra mente despejada.  O por lo menos eso creíamos. Porque en nuestro regreso a Guadalajara nos encontramos con una sorpresa: cerca de La Piedad, ¡un campo de girasoles a todo florear! ¡Enloquecí! ¡Paramos el carro en el acotamiento de la carretera y corrimos a ellos a admirarlos, olerlos y tomar fotos. Y ese sí fue el verdadero y hermoso final de nuestro recorrido.

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Dreaming LA – highlights de mi viaje de verano

LA16LA1Como muchos ya sabrán, me tomé unas cortas vacaciones (¡nunca son suficientes!) para pasar tiempo con mi hermana, mi mamá y una amiga y descansar de un año de mucho trabajo y estrés. Así que casi de un día para otro nos alocamos, agarramos nuestras maletas y nos fuimos a Los Ángeles. No es inusual que una vez al año nos escapemos las mujeres de mi casa y nos vayamos de paseo, pero confieso que en esta ocasión le insistimos a mi papá que fuera con nosotras. Sin embargo, él sabía a lo que íbamos, y muy sabiamente respondió: “si van a ir de compras, me da flojera, mejor no”.

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Así que las cuatro mujeres nos trepamos al avión un martes y aterrizamos en Los Ángeles, lugar que nos vería reír, comer y comprar como locas durante ocho días. Y para que ustedes también compartan un poquito de mi experiencia por allá, hoy les dejo una lista de los lugares más memorables de mi viaje.

  1. Fashion District – Reamente el propósito de nuestro viaje eran las compras. Con la lista tan larga de eventos que tenemos por delante, nos parecía una gran oportunidad para comprar todos los vestiditos y outfits necesarios para cada ocasión. ¡Yo compré mi vestido para la boda civil! Y aunque hay muchísimos centros comerciales y zonas padrísimas para ir de shopping en LA, yo quedé impresionada con el Fashion District, un área llena de locales a donde muchas tiendas van a surtirse de ropa para luego sólo estamparles su etiqueta. Eso sí, tienes que ir con disposición de buscar y con paciencia para encontrar algo que te guste, ¡es tan grande que hay para todos los gustos y preferencias.

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  2. Beverly Hills – Si más que zonas con tiendas tipo bodegas, tienen ganas de ir a comprar marcas high end o simplemente pasear por un lugar trendy, lleno de restaurantes y cafecitos coquetos, recomiendo que vayan a Beverly Hills. Las calles llenas de palmeras conducen a exclusivos callejones con casas grandiosas, jardines pulidos, automóviles de lujo y tiendas con aparadores padrísimos. ¡Vale la pena caminar por ahí! Sobre todo después de un día maratónico de tiendas, para darse un respiro y disfrutar.
  3. LA22LA23Wally’s at Beverly Hills – Y para continuar en la zona, les platico que una tarde, caminando por Beverly Hills, buscábamos un lugar donde sentarnos a tomar un vino y platicar. Muchos lugares estaban o atascados y llenos de gente o tan vacíos que tampoco eran apetecibles. Al final nos convenció Wally’s, un lugar que por fuera parecía una terraza sencilla, pero que al ingresar, ¡wow, descubrimos que no era menos que una biblioteca de vinos y quesos! No es broma, estanterías llenas de botellas y etiquetas clasificadas con un sistema sofisticado, mesas imperiales para compartir con otros grupos de comensales, un pequeño mercado de carnes frías, quesos, mermeladas y otros productos delicatessen, luces bajas, y una cocina que rumiaba y chisporroteaba con aceites y especias a la vista del cliente.Para no perdernos de toda la experiencia, nosotras pedimos un vino californiano muy recomendable (Maier Family Meritage 2007, Sonoma), una ensalada de berros, betabeles curtidos y huevitos de codorniz y una pizzeta de buffala mozzarela y aceite de trufa exquisita. Además, como que le caímos bien al chef (o mejor digo que como que le hacía ojitos a mi mamá) porque nos mandó cuatro helados de postre como cortesía.

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  4. Huckleberry’s – Para continuar con el recorrido gastronómico, les cuento que nuestro desayuno en Huckleberry’s también estuvo delicioso. Dimos con el lugar por recomendación de Juan, un amigo que disfruta de comer y fotografiar como yo. ¡Gracias, Juan! Del lugar pequeñito desborda vida y alegría. Las paredes altas son utilizadas como pizarrón para apuntar el menú y los especiales del día, y en la barra donde te atienden tienen desplegados todos los panes dulces y ensaladas para que vayas observando qué quieres degustar. Sí, la dinámica es un tanto diferente en Huckleberry’s: llegas, haces fila, te toman la orden y ya después te ayudan a encontrar un lugar donde sentarte a desayunar. Todo en Huckleberry’s es orgánico (es Los Ángeles, en algún punto tenía que entrar a algún lugar así) y fresco. Yo ordené un Fried Egg Sandwich, altamente recomendable; Gaby pidió Green Eggs and Ham, de verdad muy sabrosos; mi hermana un Grilled Cheese Sandwich,y mi mamá Proscuitto Hash con arúgula y un huevo estrellado. Además saboreamos un Blueberry Ciabatta,un croissant de almendra y nuestros respectivos cafés. Como extra, nos encontramos a Arnold Schwarzenegger desayunando en la mesa de atrás, ¡ja!
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  5. Santa Monica Pier – Después de desayunar nos dirigimos al muelle de Santa Mónica, definitivamente uno de mis lugares favoritos durante el viaje. Lleno de juegos mecánicos, una rueda de la fortuna, helados, música, niños corriendo, bañistas y sol, Santa Mónica contagia su espíritu alegre y festivo a quien sea que la visite. Además, a un par de cuadras del muelle hay un montón de tiendas, así que pueden hacerle como nosotras e irse de shopping cuando el sol esté en todo su esplendor y luego irse al muelle a disfrutar de una nieve y a subirse a los juegos y ganar peluches en la feria.

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  6. Camarillo Outlets – A una hora de Los Ángeles, los outlets en Camarillo no sólo están enormes, sino que están súper bien surtidos. Además, como están un poco más retirados que los demás, no hay tanta gente y puedes comprar las mejores rebajas sin atarantarte. Están como para pasarte todo el día: tempranito desde que llegas y hasta tipo las 18 horas, cuando ya puedes salirte a buscar un lugar rico para cenar.

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  7. Urth Café – Después de darle con todo a las tiendas en Camarillo, volvimos a Beverly Hills porque yo quería ir a una tienda donde presentía estaría mi vestido para mi boda civil (¡y sí lo encontré ahí!). De camino a dicha tienda, me topé con Urth Café, un lugar que mi amiga Odette Cressler (fanática de la comida sana y deliciosa y en vías de ayudar a un montón de gente con sus programas de ejercicio, síganla aquí) me recomendó muchísimo. Así que decidí aprovechar la casualidad para pedir el Matcha Latté que me sugirió. ¡Estaba delicioso! La fila y la espera valieron la pena al darle el primer traguito de ese té verde espeso y calientito. Perfecto para continuar con la caminata antes de irnos a cenar.

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  8. Il Pastaio in Beverly Hills – Y cuando me terminé mi matcha latté y compré mi vestido, continuamos con la búsqueda de un lugar delicioso para cenar y brindar por el viaje tan bonito que estábamos viviendo. Y justo recordamos que un par de días antes se nos había antojado un restaurante italiano ahí mismo en Beverly Hills, pero estaba tan lleno de gente y teníamos tanta hambre que optamos por dejarlo para otro día. Para nuestra suerte el lunes que fuimos encontramos una mesa desocupada y pudimos gozar de una cena súper rica, acompañada de un vino también muy sabroso. Yo ordené un rigattoni con salsa de tomate y chiles, berenjenas, alcachofas y queso parmesano; mi mamá una ensalada muy fresca; Gaby un risotto con betabel y queso de cabra, y Marifer unos ravioles al dente. El mesero se portó muy amable con nosotros y todas la pasamos tan bien que hasta derramamos unas lágrimas de felicidad.

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  9. Newport Beach – Nuestro último día en Los Ángeles estábamos en una disyuntiva: ir a Disney (porque Disney es lo máximo del mundo) o terminar de comprar las cositas que nos hacían falta y dar una vuelta por otro lugar. Y aunque sí se nos hacía agua la boca con Disney, decidimos que todavía teníamos algunos pendientes en las tiendas, por lo que optamos por irnos a Newport, donde confiábamos habría tiendas, además de un lugar hermoso que conocer (mi mamá repetía que era bellísimo). ¡Y la verdad que fue una decisión súper acertada! A diferencia de Venice Beach, lugar al que íbamos con altas expectativas, pero que no terminó enamorándonos, Newport resultó ser un pueblo pintoresco, a la orilla de la playa, con un boardwalk lleno de jóvenes patinando, niños en bicicleta y familias alistando sus sombrillas para meterse al mar. Nosotros rentamos unas de esas bicis/carros para cuatro personas y dimos la vuelta hasta que el sol nos agotó y el cuerpo nos pedía una cerveza helada. ¡Vale muchísimo la pena ir a conocer! Y aunque ya no fuimos de compras ahí, regresamos a la ciudad justo a tiempo para terminar todos nuestros pendientes.

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  10. Downtown Glendale/La Americana – Nuestro hotel estaba ubicado en Glendale. Una zona súper bonita al norte de Los Ángeles, llena de tiendas, restaurantes, cafeterías y un centro comercial enorme, además de que estaba súper bien ubicada y a cortas distancias de todas las atracciones de la ciudad. Así que ahí teníamos todo a la mano: desde Bloomingdales y Nordstrom, hasta un Marshalls; desde un Porto’s Bakery y un Cheesecake Factory, hasta los afamados Sprinkles Cupcakes (yo me comí uno sabor Chocolate Marshmallow); Urban Outfitters, Madewell, Free People, Sephora, Victoria Secret, en fin, todo a un par de cuadras caminando del hotel. Y no es que sólo sean las tiendas las que nos llamen la atención, sino que el lugar te invita a pasear: una fuente que baila, sombrillas, perros paseando, jardines verdes. No pudimos quedarnos en un mejor lugar.

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¿Cómo ven? ¡Nos la sabemos pasar padrísimo! Durante la semana comimos delicioso, tomamos vino, compramos y compramos y conocimos lugares a los que sin duda quiero regresar. Lo bueno es que el próximo año tendré una corta vida en California, por lo que aprovecharé para visitar estos lugares y un par que todavía están en mi lista, como el Griffith Observatory, el LACMA y claro, Disney.

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La Jardinera, ¡un proyecto que tienen que conocer!

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¡Bonita semana a todos! Hoy estoy muy contenta porque les voy a compartir un proyecto que por su diseño y su naturaleza sustentable ha llamado mucho mi atención. Se trata de La Jardinera – Colectivo Artesanal, una tienda online que ofrece productos mexicanos de diseño muy original que además son amigables y sustentables para el medio ambiente. Esto significa que todos los productos y accesorios que venden están hechos a mano, con materiales reciclados o de reuso, para que así su fabricación tenga menos impacto ecológico.

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El papel del diseño juega un rol importantísimo en el colectivo, como en la mayoría de los negocios. Lo que hace especial a La Jardinera es que los productos que venden promueven la creación de espacios verdes; las macetas, por ejemplo: a lo mejor nunca habías pensado en tener plantas en tu escritorio, en tu cuarto, en tu oficina, pero te cruzas con una maceta con una frase divertida o un diseño coqueto y dices, ¿por que´no? Así que te animas, compras la maceta sustentable y no te queda más que plantar un arbolito, o unas flores o, como es mi caso, una suculenta. Si me siguen en Instagram ya se habrán dado cuenta de que tengo una maceta con suculentas y que se comienzan a reproducir, “mis bebés”, les digo yo. Desde que me percaté de lo bonita y fácil que es cuidar esta variedad de planta, comenzaron mis ganas de tener mi propio jardincito, ¡así que me cayó del cielo cuando La Jardinera me contactó para que conociera su proyecto!

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La familia

Una vez que entendí los valores y el objetivo del proyecto, me metí a la tienda en http://lajardinera.mx y me puse a curiosear. ¿Y qué creen? ¡Encontré una maceta que me enamoró!

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Sin embargo, no sólo venden macetas, venden tazas, fundas y cases para celulares, bolsas, estuches, dulceros, cestas para la basura, entre otros accesorios que les recomiendo revisar. Además, te dan la oportunidad de personalizar lo que compres. Yo escogí, la maceta “I will survive” y la taza “Love” porque tiene una máquina de escribir y se me hizo padrísima y ¡los chavos del colectivo me la entregaron con mi nombre y con la página de mi blog! Así que ya tengo una taza perfecta para tomar mi café cada vez que me siento a platicar con ustedes.

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Vale la pena conocer la propuesta de La Jardinera, y justo es un buen momento para hacerlo, porque ya viene Navidad y siempre necesitamos comprar detallitos para las posadas, los amigos, la familia, y ¡qué mejor que regalar productos originales, creativos y que sean amistosos con el medio ambiente! Al ser una tienda online, La Jardinera tiene envíos a toda la República; las compras son seguras y los paquetes no tardan en llegar.

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Otro detalle que me encantó del proyecto es que tienen un programa de responsabilidad social, Plantando Conciencia, donde te invitan a que te suscribas a su newsletter para que recibas información sobre las ventajas de tener plantas en tu escritorio, de comprar productos artesanales, de llevar una vida ecofriendly en general; lo bonito del programa es que por cada 20 registros que obtengan, ellos se comprometen a sembrar un árbol. Los invito, entonces, a que se suscriban, a ustedes no les cuesta nada y todos recibimos un beneficio. ¿Qué cool, no?

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¡Les recomiendo checar el proyecto y los animo a que se compren una macetita como la mía! Y no sólo por apoyar la causa, sino por iniciar algo nuevo. Yo he descubierto que las plantas me generan felicidad. Me emociona ver que brotan nuevas suculentas, y que las que tengo cada vez están más grandes; me inspiran a ir al vivero y comprar un par más y luego otro par más para luego armar mi propio jardincito: me siento en contacto con mi parte más natural, me tranquiliza y, de cierta manera, siento que estoy haciendo un bien a mi casa y a mi comunidad.

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Espero haberlos contagiado un poquito y alentado a que se metan a conocer La Jardinera, o por lo menos a que compren el primer arbusto de su jardín.

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